Uno de los dos estaba en problemas:

Jim Brown era una leyenda viviente.

Considerado sin lugar a dudas el jugador de fútbol americano más grande de todos los tiempos, a sus 43 años disfrutaba de su retiro deportivo como actor de cine.

A finales de los 70 frecuentaba cierto club de tenis en Las Vegas, donde no solo practicaba y se distraía; también acostumbraba jugar apostando fuertes sumas de dinero. Y por supuesto, apostaba a ganar.

Un día había quedado con un jugador local para una apuesta como muchas otras. Cuando le notificaron que éste no se presentaría, expresó su molestia al Sr. Fong, director del club.

“¿Qué se cree éste, de quedar para una apuesta y no presentarse?” Con el tamaño y la musculatura de Brown, cualquier indignación era como para retroceder lentamente varios pasos. Sin embargo, el director le conocía bien así que ni se inmutó.

“Jim, cálmate. No vas a ganar nada con eso. Ya tocará en otra oportunidad, ¿De acuerdo?”

En eso, se les acerca un hombre, algo nervioso.

Saluda al director con un movimiento de la cabeza y dice:

“Disculpen ustedes, caballeros. No pude evitar escuchar su conversación. Sr. Brown, ¿Dice usted que venía dispuesto a apostar en un partido? perfectamente podemos organizar uno con mi hijo.”

A Brown se le iluminaron los ojos. “Bueno, bueno… ¿Y qué vamos a apostar?”

“Puedo apostar mi casa”, dijo el hombre sin pestañear.

“No, hombre. ¿Qué voy a hacer yo con una casa? si tengo demasiadas. Efectivo, eso es lo que quiero. ¿Qué le parecen 10.000 dólares?”

“Hecho. Pero no los tengo aquí. Déjeme ir a mi casa para buscarlos. Si quiere, puede hablar con mi hijo mientras tanto, ya va a salir de la práctica”.

El hombre ni siquiera esperó a que Brown contestara. El atleta se volvió hacia el director, quien tenía los labios apretados y muy sutilmente negaba con la cabeza.

“¿Qué? ¿Acaso no es una buena noticia?”

“Allí viene tu oponente”, fue la respuesta que obtuvo.

La leyenda del fútbol se dio la vuelta y solo vio a unos niños saliendo de las canchas al fondo. Uno de ellos, más pequeño que los demás y con un gracioso corte de pelo redondo, se le acercó con toda seriedad.

Brown no entendía nada. Miró a Fong y éste solo asintió.

“¿Qué…? no voy a jugar contra un crío de ocho años. ¿Qué tontería es ésta?”

“Nueve”, fue la única respuesta del niño, sin mostrar ningún tipo de duda.

El director interrumpió la conversación. “Jim, ¿Puedo hablar contigo un momento?”

Los dos hombres caminaron algunos metros. El director sonó grave.

“Es una mala idea”

“Pues claro que es una mala idea. ¿Cómo va ese hombre a poner ese crío a jugar conmigo? está loco”

“No. Es una mala idea porque no quiero que te desplumen 10.000”

“¿Qué?”

“Mira, Jim. Voy a ser brutalmente honesto contigo. Parte de la fama de mi club es que tú juegas aquí. Si dejo que aceptes esta apuesta y el niño se queda con tu pasta, no querrás volver a poner un pie aquí y eso será malo para mí. ¿Entiendes?”

“Pero, ¿De qué me estás hablando? Es solo un niño”

“No es un niño cualquiera”.

Brown se le quedó viendo unos segundos. Luego, volvió su vista al chico, que pateaba una piedra en el piso. No parecía nada espectacular. Aún así, dejó a Fong con la palabra en la boca y se le acercó. Tuvo que agacharse para poder hablarle mejor.

“Eh, hijo. Me está diciendo el director que no juegue contigo porque vas a desplumarme. ¿Qué tan bueno eres?”

El niño lo miró directamente a los ojos y le dijo: “Nunca pierdo”.

En ese momento, Brown notó algo. No sabía lo que era. No sabía si habían sido sus palabras, o su mirada. O la forma de decirlo.

“Uh, ya veo. ¿Entrenas duro?”

“Más duro que nadie”.

Brown volvió a sentirlo. Aún más fuerte que antes.

Por un momento, estaba confundido. ¿Cómo podría estar dudando con toda su experiencia, su entrenamiento y su condición física? era absurdo. Se volvió hacia el director y éste se encogió de hombros.

Minutos después llegó el papá del niño. “Listo. 10.000. ¿Empezamos?”

Brown titubeó. Luego de varios segundos, respondió. “Hagamos algo. Vamos a jugar los dos primeros sets. Luego decidiremos en el tercero cuánto apostamos”.

“De acuerdo”, respondió el padre con una sonrisa.

Una pequeña muchedumbre se había reunido para ver el partido.

Luego del primer set, estaban extasiados pues el niño había ganado 6-3.

Brown estaba fuera de sí. No entendía nada. No era un viejo ni mucho menos, pero no se imaginaba a un niño pegándole a la pelota de esa manera.

El próximo set sería implacable.

Pero el niño volvió a ganar.

6-3.

El atleta estaba tratando de recuperar el aliento. El padre se le acercó corriendo.

“¿Entonces? ¿apostamos los 10.000?”

Brown solo le dijo: “¿Por qué no 500, mejor?”

“Hecho”. El otro volvió a las gradas con la misma velocidad.

El último set terminó 6-2, a favor del niño.

Brown se metió las manos en el bolsillo y sacó cinco billetes, entregándolos. Luego le dio la mano al pequeño atleta.

“Excelente juego, muchacho. ¿Cuáles son tus sueños?”

Estuvo a punto de responderle, cuando su padre lo interrumpió: “Va a ser el número 1 del mundo.”

“Nunca apostaría en su contra”, fue la única respuesta de Brown.

Verdaderamente, nadie apostaría en contra de Andre Agassi, ni siquiera cuando apenas tenía 9 años.

No se trataba de ‘talento natural’, sino de los duros entrenamientos a los que lo sometió su padre desde que tenía 7 años, con una máquina especial que disparaba pelotas a 160 kilómetros por hora.

Al momento de enfrentarse con Jim Brown, ya había devuelto casi dos millones y medio de esos proyectiles que espantarían a un adulto.

Tampoco era el amor o la pasión por el tenis, pues Agassi ha dejado perfectamente en claro que toda su vida detestó ese deporte.

Así que fue su preparación y constancia.

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2018-07-05T18:24:18+00:00

About the autor:

Jesús Enrique Rosas
Director del Knesix Institute. Consultor en Negociación y Lenguaje Corporal. Para conferencias y consultas, contactar a través de Linkedin.