Lo hacemos naturalmente desde que nacemos y sin embargo, con el paso del tiempo, lo olvidamos. El ejercicio se vuelve cada vez más superficial y con ello convivimos. Pero en algún momento leemos, escuchamos o nos hacen notar que no lo estamos haciendo del todo bien. Y como somos perezosos, y nuestra mente por un proceso de homeostasis tiende a buscar el máximo beneficio al menor costo se plantea: ¿además de todas las cosas a las que le tengo que prestar atención ahora tengo que hacer consciente un proceso que en su momento ni siquiera tuve que aprender?, entonces de la misma manera que lo tomamos lo soltamos…

Hace unos años tuve la suerte de viajar a Perú y sin querer, o sin querer queriendo, me encontré con la posibilidad de realizar una experiencia nueva. Única. En Taray, un pueblito cerca de Cusco, se llevaban a cabo ceremonias con ayahuasca, esta planta medicinal, considerada sagrada y utilizada desde hace miles de años por los pueblos de la Amazonia. Allí, dentro de un espacio circular en forma de cono, nos reunimos alrededor de una quincena de personas de diferentes nacionalidades a ser parte de este ritual. Describir con palabras esta experiencia, de alrededor unas 5 horas de duración, que trasciende nuestro entendimiento y nuestros sentidos, el tiempo y el espacio, no es fácil. Pero sí puedo decir, mientras se corría el velo de la realidad y veía como mi cuerpo se descomponía en partículas, átomos y moléculas y se mezclaba con el todo, que experimenté, aprendí, me bajó la información que la clave estaba en la respiración. Que a través de ella tenía el control, que podía manejar los estados, lo solido, lo líquido, el frio, el calor, irme y volver a lo que ahí estaba sucediendo, metiéndome en las melodías de esas voces que recitaban los cantos ancestrales y en los instrumentos que sonaban en el recinto. La respiración consciente era la llave. Y eso no lo leí, no lo escuche ni me lo contaron. Lo sé. Lo sentí. Lo viví.

Lejos de los oráculos y los chamanes, en la actualidad nos resulta difícil creer en todo aquello que no está validado por la ciencia, aunque a falta de respuestas ante los males que nos aquejan en estos tiempos modernos, esa misma ciencia empieza a mirar de reojo otros saberes. Algo que tiempo atrás le hubiera resultado casi inimaginable…

Saberes ancestrales, que antes que la división del trabajo encontrara para cada síntoma una especialización, ya conciben al ser en su totalidad, de manera holística. Como el yoga, en todas las variables que se practican hoy en día, la meditación, o su actualización a través del mindfulness, que se centran, ponen el foco ni más ni menos que en la respiración. Pero no en cualquier respiración, sino en aquella que perdimos, que abandonamos con nuestra niñez al mismo tiempo que crecían nuestras responsabilidades, al ritmo de la inmediatez…

Como meros autómatas de un sistema del que somos parte de su engranaje, respirar pasó a ser algo secundario, antes tenemos que producir y consumir. Y como muchos de nuestros vínculos, de nuestras actividades, respirar se torna en algo superficial. Respiramos como vivimos.

Por eso es importante volver a las fuentes, salir de lo mecánico y recuperar esa información que traemos dentro. Respirar conscientemente. De manera completa, profunda, en la que el diafragma, de ahí que se hable también de respiración diafragmática o abdominal, se contrae para darle lugar a la expansión de los pulmones. Y con su práctica los beneficios son cuantiosos.

¿A quién no le sucedió ante una situación no esperada o no deseada, que se le aceleraran los latidos del corazón, la respiración o se le entrecortase la voz? Seguramente, en algún momento de nuestras vidas, a todos nos pasó y nos podemos sentir identificados en mayor o menor medida con esta imagen. La responsable es una alarma interna, la amígdala, que reacciona ante un peligro concreto o producto de nuestra mente, que asocia una experiencia pasada con algo que nos podría llegar a ocurrir y muchas veces nunca llega a pasar. Para entender esto pensemos que la mente inconsciente no diferencia lo real de lo imaginario. Entonces nos prepara para defendernos, bombeando más sangre, recibiendo más oxigeno, generando tensión, ansiedad y sostenido en el tiempo, stress.

Y la respiración consciente, abdominal o diafragmática se convierte en el mejor antídoto. Nos permite una adecuada gestión emocional, nos calma y mediante una práctica continuada, ya que como dice el dicho es mejor prevenir que curar, nos posibilita accionar antes que reaccionar. Además nos conecta con nosotros y con nuestro cuerpo, brindándonos un mejor aporte de oxigeno a nuestros órganos vitales, entre ellos el cerebro, lo que permite una mejor gestión emocional, mejorando la atención y la concentración…

Esto la hace una herramienta fundamental, no solo a la hora de comunicarnos, de conectar con nosotros mismos, sino con los demás y para estar en consonancia con lo que sucede más allá de nuestra cabeza, con el entorno…

Y cuando hablamos de comunicación nos referimos a una integral, que no se centra solo en lo discursivo, en lo verbal, aunque la mayoría de nuestra atención se focalice en lo que decimos, en lo que nos dicen y en lo que vamos a decir. La importancia de poder leer más allá de las palabras y dar cuenta de esa información subyacente, ese conjunto de gestos, posturas, miradas, distancias, entonaciones y emociones, es vital a la hora de intentar entender, empatizar, convencer o hacerle ver mi punto de vista al otro…

Por eso creo, sin dudas, que uno de los primeros pasos que debemos dar en este fascinante camino de la comunicación es a través de la respiración consciente. Ya que como dice la escritora y analista junguiana Clarissa Pinkola Estés: “Si vivimos como respiramos, tomando y soltando no podremos equivocarnos.”

Hernán Cacace