La tarde comenzaba a refrescar el barrio Montmartre. Las lilas en los balcones se mecían hipnóticamente, emulando el ritmo de quienes caminaban por sus callejones.

En un café cercano, el poeta Guillaume Apollinari presentaba a dos buenos amigos, quienes hasta ese momento solo se habían oído nombrar ocasionalmente.

Era difícil encontrar dos personalidades más distintas: Uno eléctrico y frenético, otro sosegado y tranquilo. El padre de uno daba clases de pintura en la escuela de bellas artes; el del otro pintaba casas. Uno era alto, flemático y muy reservado. El otro era bajito, hablaba de más y su temperamento era impredecible.

Los unían dos cosas: La pasión por la pintura, y la admiración por Paul Cézanne. Esa primera conversación giró en torno al maestro francés, que para ese momento comenzaba a experimentar ‘torciendo’ la realidad en sus cuadros.

Ambos habían avanzado, a su propio ritmo, bajo la estela que dejaba Cézanne tras de sí.

Cuando llegó la hora de despedirse, el bajito y frenético tuvo una idea:

– Bueno, se ha hecho tarde, pero… me gustaría enseñarte una pieza que acabo de terminar. Quiero saber qué opinas.

El alto asintió con una sonrisa serena. Minutos después, se encontraban en el atelier.

Entre lienzos apilados, pinturas por todos lados y un par de caballetes en desuso, un cuadrado de más de dos metros se levantaba como un trono en el centro de aquel desorden. A medida que su autor encendía las luces, el otro veía progresivamente las partes que lo componían.

Era la representación de cinco mujeres, pero en un estilo indescriptible que no había visto antes.

El artífice del cuadro lo veía sonriente.

– ¿Y bien? ¿Qué te parece?

– Las formas… la figura y fondo planos, separados por el color… Es… ¡Fascinante!

A pesar de su habitual sosiego, el alto se mostró visiblemente sobrecogido por aquella obra. Era, realmente, un paso más allá del maestro Cézanne.

Esto era el futuro.

Se despidieron, acordando un nuevo encuentro.

Cuando llegó a su casa, no pudo dormir. Tenía la inspiración a mil; dibujó, esbozó, manchó y trazó lo poco que quedaba de noche.

Pocos días después y mucho antes de lo esperado, ambos volvieron a encontrarse.

Esta vez, la sorpresa se reflejó en la cara del bajito cuando el otro le mostró sus ideas.

Ambos trabajaron furiosamente durante años.

Su relación fue total: eran amigos, competidores, colaboradores, rivales. Al mismo tiempo se criticaban y se admiraban. No pasaba un día que uno no visitara el atelier del otro.

Esa relación se describiría años más tarde como ‘dos alpinistas unidos por una cuerda, alternándose en el ascenso’.

Aunque sus obras eran prácticamente iguales, sus objetivos eran totalmente distintos: uno buscaba mantener el equilibrio y la armonía en sus pinturas, mientras que el otro estaba decidido a destruirlas por completo.

Esa colaboración entre ambos es considerada insólita tanto por su intensidad, como por su duración, como el riesgo que tomaron ambos de adentrarse en lo desconocido.

Pero sería ‘desconocido’ por muy poco tiempo.

Cuatro años más tarde, Guillaume visitaba una exposición conjunta de sus dos amigos. Los cuadros eran, a todas luces, revolucionarios; ya no existían representaciones fáciles, figurativas o directas; eran descomposiciones geométricas con un inusitado dinamismo, pero no eran fáciles de digerir.

Mientras se encontraba en una de las salas, tratando de adivinar si la obra que veía era de uno u otro pintor, escuchó a un reconocido crítico de París expresar con evidente desdén:

«Pues todas estas piezas parecieran hechas con un montón de cubos».

El poeta, que bien conocía el capricho de las musas, se quedó perplejo un par de segundos antes de sacar una libreta de su bolsillo y garabatear algunas ideas.

Al final de ese mismo día y bien entrada la noche, se encontraba reunido con los artífices de esta nueva tendencia pictórica, aún sin nombre.

– ¡Oh, casi lo olvido…! esta tarde, escuchando a un amistoso crítico que ustedes bien conocen, se me ha ocurrido esto…

Sacó la libreta, pasó un par de páginas y la volvió hacia ellos.

En medio de la página, una sola palabra:

«Cubismo».

Los tres se quedaron en silencio.

Guillaume sonreía. Delante de él, Pablo Picasso y Georges Braque acababan de ponerle nombre al ‘hijo’ que gestarían durante tres años más… y sería un salto cuántico para el arte moderno.

Generalmente, consideramos a los artistas como seres solitarios.

El proceso creativo, guardido con recelo de los ojos de los demás; el terror perpetuo al plagio y la copia.

Es una sensación de querer ver el trabajo de los demás (para saber en qué están), y no verlo (para no compararlo con el propio).

El proceso mismo de la creación usualmente se pinta apartes iguales con soledad y ansiedad.

Pero he aquí a dos seres que desde el principio se dieron cuenta lo que tenían entre manos, y no serían capaces de hacerlo cada uno por su cuenta.

¿Cuáles eran las posibilidades de que dos artistas estuviesen tan sincronizados en el tiempo, espacio, tendencia artística y propósito?

(Porque en absolutamente todo lo demás eran como agua y aceite).

El Cubismo originado por ambos es considerado por muchos, el germen del arte moderno. Aunque Picasso tuvo más fama y renombre, no lo habría podido conseguir sin la ayuda de Braque.

El Cubismo, aún antes de nacer, tenía que ser compartido.

Así como ellos se dedicaron a cultivar el futuro, lo mismo está ocurriendo hoy en otro campo: el del desarrollo humano.

Usualmente, nos describimos a nosotros mismos por lo que hacemos.

Por nuestra profesión, por eso a lo que nos dedicamos, por nuestra carrera o experiencia.

Es pequeño el espacio para exponerlo, pero solo recuerda la usual respuesta que la mayoría de las personas dan a la pregunta:

«Háblame de ti».

¿No hablamos de lo que hacemos?

En la mayoría de las labores de la actualidad, las máquinas se están haciendo cargo de la parte técnica.

Nosotros, seguimos pioneros en las tareas eminentemente humanas: Pensamiento crítico, resolución de problemas, negociaciones, comunicación interpersonal.

Irónicamente, las mismas máquinas que nos alivian un montón de tareas, nos distraen cuando tratamos de desarrollar nuestras habilidades.

Corrijo: no son las máquinas que nos interrumpen; somos nosotros mismos, sometidos a nuestra hiperconexión.

Estar online y disponibles 18 horas al día.

Mientras tanto, las máquinas siguen encargándose de más y más cosas.

Puede parecer preocupante, pero al menos en el futuro cercano aún no dominarán una cosa:

El pensamiento creativo.

Así que mientras nos mantengamos generando nuevas ideas y reinventándonos… estaremos un paso adelante.

Igual que la creatividad, otra habilidad esencial ya bien la conoces: el Lenguaje Corporal.

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Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

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