Una operación encubierta que no salió como esperaban:

París, 1935.

Los dos hombres se encontraban en la cafetería Angelina, en el ala norte de los Jardines Luxemburgo. Hablaban más cerca y más bajo que el resto de los presentes.

Uno de los dos trataba de aguantar la risa. El otro era un atajo de nervios. Éste último, dio un silencioso puñetazo sobre la mesa:

“¡Jean-Édouard! ¡Ya deja de reírte! esto… esto es algo serio. ¡Me vas a matar de los nervios!”

El otro, tapándose la boca, soltó media carcajada por la nariz; luego trató de hablar tan serio como podía.

“Sabes que estás loco. Sabes que voy a ayudarte en esto solo por diversión. Pero si te agarran, será tu única responsabilidad”

“Lo sé, lo sé… Mira, me da mucha pena haberte metido en esto. Te agradezco el gesto de ayudarme. Pero ya es casi la una y viene el cambio de guardia, así que vamos”.

Jean-Édouard buscó en sus bolsillos, sacó un par de monedas y las dejó sobre la mesa.

Los dos salieron del local. Entre ambos sumaban casi ciento cuarenta años; quien les viera caminar juntos, y a pesar de las actitudes tan distintas de cada uno en ese momento, diría que eran los mejores amigos del mundo.

Y es que lo eran.

Se detuvieron pocos metros más allá, justo a la entrada del Museo Luxemburgo. En la puerta, un póster le daba la bienvenida a los visitantes:

“Segunda época de Cezanne. Exhibiión itinerante de Pierre Bonnard. Retrospectiva de Henri Matisse”

Los dos hombres compartieron una última mirada cómplice antes de separarse.

Uno de ellos comenzó a caminar hacia el puesto de seguridad del museo.

Los guardias encargados de la seguridad del recinto solo vieron a un señor de unos setenta años acercárseles, balbucear algo ininteligible mientras se llevaba la mano al corazón, y caer al piso en una especie de ataque epiléptico.

“¡Monsieur! ¡Monsieur!” le gritaba uno de ellos. El guardia en la caseta levantaba el teléfono y hablaba atropelladamente.

No repararon que otro hombre entraba al museo a paso ligero, ni mucho menos que con esos pasos apresurados el corazón estaba a punto de salírsele por la boca.

Una vez adentro, no perdió tiempo y fue directamente a la última galería, la más lejana de todas.

La de Pierre Bonnard.

La sala estaba casi vacía; solo había una pareja detallando una de las obras. Dándoles la espalda, se abrió la gruesa gabardina y reveló dentro de ella las armas que había escogido para perpetrar el ataque que se había propuesto.

La pareja salió de la sala.

El pulso le temblaba. De la gabardina sacó un pequeño frasco de trementina que se puso en la boca, dos pinceles y una pequeña paleta donde estaban mezclados cuidadosamente varios tonos de color piel.

Sentía palpitaciones en las sienes.

Volvió a meterse el frasco de trementina en la solapa e intentó como pudo secarse las manos del sudor frío. Tomando uno de los pinceles, lo impregnó con uno de los matices de la paleta y se acercó al cuadro que tenía directamente enfrente.

Se aseguró de que no había nadie justo antes de que la brocha tocara el lienzo.

Las pinceladas iban y venían rápida y frenéticamente. El sudor le corría por la frente con el mismo fervor que sus trazos. Su consciencia le gritaba que debía estar atento por si venía alguien, pero no escuchaba. No sentía nada, más que su brazo modificando la obra.

La paleta comenzó a agotarse. Un insulto sordo sonó a medias en la sala mientras buscaba en la otra solapa. Dos tubos de óleo cayeron al piso. Otra grosería, esta vez totalmente audible. A sus casi setenta años, doblarse para recoger algo significaba un esfuerzo consciente.

Se arrodilló, o al menos tuvo la intención de hacerlo, mientras estiraba el brazo todo lo que podía para recuperar los tubos. De las puntas de los dedos goteaba sudor en el piso.

Se escucharon pasos. Botas, de alguien acercándose rápidamente.

Su cuerpo y su mente se paralizaron.

Al final del pasillo, un guardia de seguridad pasó como una exhalación y ni siguiera reparó en él, absurdamente doblado como una pinza con el brazo estirado. Los pasos se alejaron rápidamente.

Logró alcanzar los tubos y se reincorporó como pudo. Abrirlos. Mezclar frenéticamente. Cargar el pincel, reanudar los golpes de óleo sobre el lienzo; esta vez todo lo hacía sin pensar, sin detenerse, sin…

“¡Monsieur! ¿¡Monsieur, qué hace!?”

El mismo guardia que había pasado un minuto antes, le gritaba mientras caminaba hacia él.

¿Cómo no lo había escuchado venir?

El perpetrador soltó todos los implementos inmediatamente y trató de correr en la dirección opuesta, pero un traspié le provocó una aparatosa caída.

Horas más tarde, en la estación de policía, lo procesaban por atentar contra un patrimonio cultural.

Cuando el gendarme le preguntó su nombre, respondió:

“Bonnard. Pierre Bonnard.”

El oficial exhaló con cierto fastidio. “No, monsieur. No me refiero al pintor de la exhibición. Me refiero a usted, su nombre.”

“Yo soy. Yo soy Pierre Bonnard.”

Gracias a su amigo, el también pintor Jean-Édouard Vuillard, Bonnard no pasó mucho tiempo en la cárcel.

Vuillard les explicó como pudo a los guardias y a la policía que Pierre era un loco perfeccionista a quien le parecía insoportable que un cuadro mediocre estuviese fuese exhibido públicamente.

De allí que había conspirado con Vuillard para que éste distrajera a los guardias mientras él le hacía unos cuantos ‘ajustes’ a una de sus obras.

Sus acciones ese día trascendieron el tiempo por una buena razón: todos sabemos lo que se siente cuando algo que hicimos, un proyecto que emprendimos, una tarea que desarrollamos, no salió como queríamos.

Y el primer impulso es lamentarnos de no haberlo dado todo en ese momento. El segundo impulso es arreglarlo, si es posible.

El tercero no es un impulso, pero sí el proceder correcto: Aprender de la experiencia e iniciar un nuevo proyecto, una nueva tarea, una nueva acción alineada con nuestro propósito, y donde podamos aplicar lo aprendido de esos resultados fallidos, incompletos o insatisfactorios.

Todos pasamos por distintas etapas, y nuestras habilidades en cada una han sido distintas; por lo tanto, criticarnos a nosotros mismos por lo que hicimos hace cinco, diez años es infantil.

Si es por eso, por excelentes que seamos en este instante, nuestro ‘yo’ dentro de diez años podría criticarnos todo lo que quisiera.

Pero nunca llegaremos a convertirnos en ese ‘yo’ futuro si permanentemente criticamos lo que hicimos en el pasado.

Derrocharíamos nuestra energía presente.

A Bonnard le hubiese ido muchísimo mejor, actuando en función a su propósito.

Porque nuestro propósito siempre nos impulsa hacia adelante.

¿Tienes tu propósito claro?

¿Sientes esa fuerza que te impulsa a levantarte todas las mañanas con una proactividad casi eufórica?

Si es así, Excelente. Ése es nuestro estado ideal.

Si no es así, no te preocupes. Puedo ayudarte a conseguirlo. Quiero que tengas éxito.

Solo escríbeme y hablemos.

Espero tu mensaje – info@knesix.com

Jesús.

2018-06-30T09:10:25+00:00