Todos se quedaron viendo a Natalie largos segundos.

Cien pares de ojos, clavados en ella.

Sintió que su esófago se enrollaba sobre su corazón; estaba paralizada. Sentía la presión sanguínea golpeándola como un martillo detrás de los ojos, a punto de saltársele las lágrimas.

La mandíbula le tembló un par de segundos más cuando el profesor interrumpió el leve murmullo de todos. – Bueno, ¿Alguien más quiere darnos su opinión?

Varios estudiantes sentados hacia el frente de la inmensa clase levantaron la mano.

Ella intentó tragar. Le dolió en el alma al hacerlo. Físicamente estaba bien, pero en ese momento se sentía como si tuviese novecientos kilos presionándole el pecho.

Y la mitad de la clase aún la veía.

Y murmuraban entre sí.

Ahogaban sonrisas sarcásticas. Uno que otro agitaba la cabeza.

Y ella sabía exactamente por qué.

No pudo llegar hasta el final de la clase. Como pudo, recogió sus cosas y se dirigió dando tumbos al baño. Apenas veía.

Sacudió la puerta al entrar. No había nadie. Caminó hasta el apartado más lejano, escondido, reservado y comenzó a tener uso de razón cuando cerró la puerta con llave tras de sí.

Intentó vomitar, sin éxito. La cabeza le iba a estallar.

De pronto, explotó en lágrimas.

Y el nudo en el pecho la apretó con aún más fuerza.

Sudaba frío. Las manos, blancas como la cera, apenas alcanzaron a colgar su bolso en el gancho detrás de la puerta.

Nunca había sentido esto antes.

Se enfrentaba a su primer ataque de pánico. Se sentó, doblada sobre sus piernas y con las manos en la nuca.

Mientras tanto, su mente le ametrallaba la conciencia:

‘En cualquier momento se darán cuenta que soy un fraude. No. Ya se han dado cuenta. ¿Qué hace alguien como yo en Harvard? ¿Y ésta, de dónde saca que pertenece aquí? Por eso todos me ven. Todo el tiempo, dentro y fuera del campus. Todos me conocen pero nadie sabe quién soy. ¿Lo sé yo realmente? Fraude. Fraude. Fraude.’

‘Fraude’, se repetía en silencio.

Ni siquiera tenía la certeza de saber si había sido aceptada en la universidad más exigente del mundo por sus propios méritos, o por…

Alguien entró al baño.

Se quedó inmóvil, aguantando la respiración mientras las líneas de sus lágrimas goteaban en sus jeans.

No supo cuánto tiempo pasó allí.

Habían pasado dos meses desde que pisó por primera vez el campus, y sus crisis estaban comenzando a espaciarse.

Ya no le prestaban tanta atención.

O si lo hacían, ya no parecían murmurar tanto.

¿Se habrían acostumbrado a su presencia allí?

¿La aceptarían tal y como es?

Estas dudas le asaltaban noche y día, y se convertían en un especial martirio cada vez que abría la boca para intervenir, para aportar, para realizar los tests, trabajos y exposiciones.

Irónicamente, sabía representar muy bien las emociones pero no sabía cómo manejar las suyas.

Y esa sensación extrema de que en cualquier momento, iban a descubrir que ella era un engaño. No apta ni digna de esa Alma Mater.

Entonces llegó Halloween, a finales de octubre.

Allí fue cuando todo empeoró.

La aparente adaptación a su vida universitaria solo estaba tomándose un descanso para arremeter de nuevo contra ella, en esa noche en la que todos se disfrazaban para evadirse, por unas horas, de su verdadera personalidad.

Ella no se disfrazó. La evasión que ella quería era permanente. Evadirse de ese conflicto que la embargaba. De ese sentir que no pertenecía allí.

Aún encerrándose en su dormitorio no fue difícil verse a sí misma repetida en un sinfín de disfraces de todo el mundo. En un sinfín de temas recurrentes donde ella era la protagonista. Eso era ella, el centro de un baile de máscaras, de disfraces, de engaños.

Fue una tarea sobrehumana no haber abandonado todo ese día.

Y no sería su última prueba, ni mucho menos.

Venían los meses de invierno, que le sumirían en un profundo estado depresivo.

¿Algo más?

Sí.

En junio del año siguiente, comenzaría la filmación de Star Wars – El Ataque de los Clones.

Tendría que volver a asumir el rol de la Reina Amidala.

Nuevamente, Natalie Portman llamaría la atención de medio planeta.

Y tendría que tener una fuerza interior grandísima para continuar.

En 2015, doce años después de alcanzar su grado de Psicología en Harvard, Natalie ofreció el discurso de graduación.

El tema central fue su cruel lucha con el síndrome del impostor durante sus años universitarios; sentir que en todo momento tenía que probar que era digna de estar allí.

Que no era una ‘actriz tonta’ más.

El empeño de estudiar en la universidad a pesar de tener una prometedora carrera en Hollywood, fue por una parte seguir el ejemplo de sus padres, quienes eran académicos; la otra mitad, era presión interna de hacer algo ‘serio’.

(Ella consideraba que actuar era una tontería, y se avergonzaba de su estatus de celebridad).

Imagina ese primer halloween en Harvard. ‘La Amenaza Fantasma’ se había estrenado escasos cinco meses antes.

Fueron cuatro años psicológicamente destructivos.

Finalmente, en el momento en el que recibió su diploma, Natalie se dio cuenta.

Había sacado la carrera solo por hacer algo ‘serio’; no porque realmente lo quisiera.

Pero lo hizo, y en ese momento tuvo la certeza de que lo que realmente quería hacer, era actuar.

Tuvo que ‘sacarse esa espina’ para descubrir su propósito.

¿Podría haber llegado a la misma conclusión sin tener que haber sufrido cuatro años?

Invita a reflexionar.

Años después, y durante el casting de ‘Cisne Negro’, buscaban a una actriz que tuviese amplia experiencia como bailarina.

Natalie convenció a Darren Aronofsky de que tenía trayectoria de sobra para el papel.

No fue sino hasta bien entrada la producción de la película, que se dio cuenta que había pecado por demasiada confianza en sus propias habilidades.

Pero perseveró.

(Tuvo que entrenar ocho horas al día, seis días a la semana, entre natación, ballet y pesas).

Sin embargo, terminó ganando el Oscar a mejor actriz por su interpretación.

Después recordaría: ‘Si hubiese sido totalmente honesta sobre mis habilidades… ni loca acepto el papel’.

Una importante lección allí.

Gracias a Natalie, tenemos las dos caras de la moneda: Un escenario en el que se sentía totalmente fuera de lugar… y otro en el que se sintió excesivamente confiada.

En ambos, alcanzó lo que se propuso.

El factor común fue la perseverancia.

Puede parecer arriesgado que aceptemos retos que estén más allá de nuestras habilidades. pero ¿Cómo podemos crecer si no lo hacemos?

Creo que una actitud crítica que debemos desarrollar, es ser honestos con nosotros mismos: preguntarnos si hacemos algo “porque es algo serio, porque es lo que la mayoría hace, porque es lo seguro”…

…o si podemos sentir nuestro corazón latiendo con más fuerza cuando lo hacemos.

Otro que tuvo grandes problemas con el síndrome del impostor, fue Stan Lee. “Me sentía culpable… existían médicos salvando vidas, ingenieros construyendo puentes y yo estaba encerrando en un cuarto, haciendo dibujos de personajes disfrazados”.

En ese momento, ni se imaginaba cuánto nos inspirarían sus historias.

Mantener el equilibrio es durísimo.

Una frase:

‘Nunca veas las cosas mejores de lo que son… pero tampoco peores de lo que son’.

Se dice fácil, ¿Verdad?

Dedícale un tiempo a este pensamiento, y me comentas.

Gracias por leerme; mucho éxito,

Jesús Enrique Rosas
http://lenguajecorporal40dias.com

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