El sonido de la motocicleta llenaba con estridencia la calma de esa noche.

Bajo una luna llena a finales de los 80, la carretera Topanga en las colinas de Los Ángeles parecía una serpiente que se desplegaba serena, alejada de la urbe que la rodeaba. El moderno jinete se desplazaba cuesta arriba, a la velocidad del pensamiento mientras sorteaba una a una las curvas que surgían de la oscuridad.

Luego, un trecho largo, casi recto. El relámpago de la motocicleta sonó aún más fuerte.

En ese momento, la única luz que iluminaba la carretera se apagó. Había sido a propósito; ahora, solo un leve resplandor dibujaba los contornos de la ruta mientras seguía sorteando el camino con la misma soltura, los ojos acostumbrándose poco a poco a la oscuridad.

Sumido en las sombras.

Quería apartarse así, del mundo.

En esa penumbra que surcaba como un ángel de la noche, sus pensamientos lo atraparon mientras perdía la noción de lo que había a su alrededor. Pensaba en sí mismo. Pensaba en sus seres queridos. Pensaba en el futuro. Un puñado de dudas forcejeaban por apoderarse de su mente; demasiada incertidumbre comprimida en escasos veinticuatro años.

Demasiado el peso de un futuro incierto.

Demasiado tarde, cuando se dio cuenta que estaba a punto de estrellarse.

No pudo evitarlo; la curva era demasiado cerrada y se estrelló contra la inmensa roca que guardaba la vía justo  a su derecha.

Fueron los dos segundos más largos de su vida.

Sintió su cuerpo totalmente ausente de la tierra, sin peso; catapultado por el choque inicial, el metal estrellándose con total escándalo mientras esperaba la caída que no llegaba.

El suelo le golpeó mucho más fuerte que la montaña. Sintió su cuerpo comprimirse en un ángulo absurdo mientras escuchaba a sus costillas romperse por el impacto.

Se quedó inmóvil; la luna lo veía, triste.

No sabe si rodó al caer. No Sabía si habría perdido el conocimiento, o si estaría inconsciente y soñando. Si alguien estaría al tanto de…

«Ya viene ayuda, aguante»

Pensó que deliraba. ¿Realmente alguien le habría hablado? Esperaba que dijeran otra cosa, lo que fuese, para saber que no estaba entrando en shock.

Pero no pronunciaron ni una palabra más, y nunca supo quién le habló.

«Ya está. Voy a morirme»

Ésa fue su propia voz que le hablaba silenciosa mientras intentaba aguantar el dolor. Sentía que algo se había roto dentro de él. Lamentaba no poder despedirse de su hermana. Lamentaba no haber conocido ese futuro incierto.

Aún tirado en el piso, se le hacía casi imposible respirar. El casco le ahogaba, así que con las últimas fuerzas que le quedaban, lo sujetó con ambas manos y se lo quitó.

Rodó toscamente a escasos metros del cuerpo inerte.

Aún vivía, porque lloraba de dolor; pero no el dolor físico. Era otro, más profundo.

Escuchaba una ola. Una grande, que quizá sería la última. La que le llevaría a…

El crujir de su casco estallando en mil pedazos, le devolvió al momento. Un camión acababa de pasar justo a su lado y lo había aplastado como si fuese un melón. El espantoso ruido le devolvió como un martillazo la conciencia. Solo entonces pudo ver y oír a una ambulancia que subía por la sinuosa carretera.

Quizás estaría a tiempo.

Quizás.

En el año de 1988 y prácticamente cuando nadie le conocía aún, un joven Keanu Reeves salió a pasear de noche con su motocicleta para aclarar su mente.

Sometido a una encrucijada de frustraciones personales, hizo lo que más de una vez hacía para evadirse: la llamada ‘Demon Ride’, o cabalgata a la luz de la luna: apagar las luces de la motocicleta sumiéndose en la más completa oscuridad.

Años después, reflexionaría al respecto de esa muy mala costumbre: «Quizá en algún momento te llame la atención hacer una locura así… pero si tu intención es no matarte, es mejor que no lo hagas».

En esa afirmación, Keanu de alguna forma reconoció que en ese momento sucumbió a una actitud autodestructiva.

Esos momentos en los que quieres evadirte, pueden convertirse en episodios peligrosos.

Puede pasar cuando estás consciente de que debes hacer algo – lo que sea – e ir ‘hacia adelante’, pero no tienes ningún rumbo establecido.

O puede ser que te preguntes; ¿A dónde voy a partir de aquí?

Más de una persona se estará preguntado en este momento si la vida realmente tiene sentido para ellos; es perfectamente posible olvidarlo, y más aún si vivimos de forma reactiva: reaccionando a lo que nos ocurre, en vez de tomar las riendas. Asumir la responsabilidad.

Sí, es difícil; y por mucho que sepas lo que tienes que hacer, la inercia toma el control. En ese momento te preguntas: ¿Por qué no puedo actuar, si sé qué es lo que tengo que hacer?

Esa noche, Keanu hizo algo que no solo iba en contra de sus mejores intereses, sino también en contra de su integridad física. Hasta ese punto puede llevarte la frustración; disfrazando un supuesto ‘tiempo fuera’, incluso haciéndote olvidar a las personas que amas y que te están pensando en este preciso momento.

Piénsalo la próxima vez que asumas una actitud de ‘Merezco evadirme de esta manera’.

¿Estás seguro de que lo que piensas hacer es lo que realmente te mereces?

A veces, hasta para reflexionar debes actuar con responsabilidad.

Puedes compartir lo que quieras conmigo.

Yo estaré aquí.

Te deseo paz,

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

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