Todos creían que era capaz de hacerlo, menos él:

“No puedo hacerlo. Sencillamente, es demasiado. Es imposible”.

Así respondió Judd Reid cuando su familia y amigos lo alentaron a participar en posiblemente la prueba física más dura de toda la historia de la humanidad: El kumite de 100 hombres.

Se trata de enfrentarse a 100 cintas negras en karate, dos minutos con cada uno, con treinta segundos de descanso entre cada enfrentamiento, sin parar.

Imagina que has peleado contra 75 hombres, y viene el 76, más joven, más ágil y más fresco que tú a seguir la cadena. Solo imagínalo.

Dura aproximadamente tres horas y media. Es como un partido de tenis o un maratón, pero recibiendo una lluvia de patadas.

Miles de personas han alcanzado la cima del Everest.

Miles de personas completan el Triatlón Ironman al año.

Pero desde su creación en el siglo pasado, solo 28 personas han sido capaces de completar esta prueba.

Solo puedes acceder por estricta invitación; y esa invitación, de por sí, es muy raro que ocurra.

Pero Judd no era un atleta cualquiera; a los 19 años, fue invitado por el legendario Mas Oyama, precisamente quien ideó el kumite de 100 hombres, a entrenar con él en Japón.

Era el primer occidental que se ganaba el honor de entrar a ese círculo; 1000 días después del entrenamiento más intenso que puedas imaginar, de tener las piernas negras durante semanas por los golpes, de perder la cuenta de las veces que se rompió la piel de los nudillos y de desayunar exactamente lo mismo todos los días (lo que luego confesaría que fue a lo que más le costó acostumbrarse), Judd emergió transformado.

Al terminar esa experiencia, su maestro solo le dijo:

“Un verdadero maestro del karate, se mide por dos cosas: Ser campeón mundial, y terminar el kumite de 100 hombres”.

El mismo Mas Oyama lo había terminado tres veces, en tres días seguidos.

Claro, él era una leyenda viviente.

Judd decidió concentrarse en el campeonato mundial; todos los años continuó entrenando y participando una y otra vez. Y cada año, terminaba en segundo o tercer lugar.

Año tras año, una y otra vez, durante 15 años.

Acercándose ya a los 40, se daba cuenta que ya no estaba en su mejor forma. Tenía que hacer algo pues literalmente, el karate era su vida.

Allí decidió entrenar más duro que nunca en Tailandia, previo al campeonato de ese año.

Por fin, a los 39 años, se coronó campeón del mundo.

Ahora solo quedaba el kumite de 100 hombres.

Pero Judd se negaba; decía que era imposible. Conocía a Akira Masuda, quien lo había completado en 1991. El mismo Judd fue parte de los 100 que se le enfrentaron; el espectáculo de ver a Masuda prácticamente fuera de sí, totalmente agotado, totalmente destruido… cuando aún le faltaban 30 peleas, le daba escalofríos.

Pero recordaba las palabras de su maestro.

Y escuchaba las de su familia, y sus amigos.

“¿Qué pasará si te invitan? ¡Tienes que aceptar!”

Y recordaba a Oyama, quien lo había entrenado como si fuese un hijo.

Así llegó el día; a los 41 años, Judd Reid fue invitado a participar en el kumite de 100 hombres.

La fecha, el 22 de octubre de 2011.

En un sótano privado, amplio y bien iluminado, acompañado de su familia y su mejor amigo, quien en ese momento luchada ferozmente contra el cáncer; ésa fue la gota que derramó su decisión.

Judd Reid era una mole; de una patada sola podía resquebrajar un árbol de 30 centímetros de grueso. Previo al kumite, había llevado su mente y su cuerpo a límites que nunca había imaginado, dejándose golpear por varios atacantes durante casi una hora, para endurecerse.

Pero la leyenda del kumite de 100 hombres no es en vano.

Los primeros 40 fueron fáciles. Rápidos.

Pero cuando llegó al 62, comenzó a sentirse raro. Sentía las piernas pesadas. Sobre los hombros, un peso enorme; la fuerza le estaba abandonando. Sabía que la pelea 70 era el punto crítico pero a él le estaba afectando mucho antes.

Pero no era el momento de titubear.

No era el momento de dudar.

Era el momento de mantener el equilibrio, a pesar de todas las patadas y golpes que estaba recibiendo.

Era el momento de recordar a su padre alcohólico. A los acosadores de la escuela. A su maestro. A su esposa y a su amigo.

Y era el momento de recordar a todas las personas en las que había influido positivamente.

Llegó al 78.

Se sentía desfallecer. No veía. Se le escapaba la conciencia por ratos.

Solo podía concentrarse en su equilibrio.

86.

Ya no estaba allí.

Estaba en Japón, entrenando.

Estaba en Thailandia, siendo el mejor cada día.

98.

99.

Y finalmente,

Lo logró. 100.

Ese día, Reid se convirtió en el atleta número 20 en terminar el kumite de 100 hombres.

Y al día siguiente, cuando cualquier otro ser humano estaría tirado en la cama todo el día, estaba compartiendo con niños firmándoles autógrafos a pesar de que le dolía hasta el alma.

Lo hizo a pesar de creer que no era posible.

Porque sabía todo el apoyo que tenía.

A veces, eso es lo que necesitamos; saber qué depende de nosotros.

Por eso te escribo estas historias todos los días.

Porque creo en ti, y tengo la absoluta certeza de que puedes lograr lo que te propones.

Quizá no sepas qué es lo que quieres hacer, pero para eso también estoy; para orientarte y descubrir qué es.

Eso sí; mi especialidad no es romper cosas con la mano. Ni encerar y pulir (aunque podría intentarlo)

Es generar y potenciar negocios.

Es permitirte desarrollar el tuyo, en el que has estado tratando de hacer despegar desde hace tiempo.

¿Qué esperas para escribirme?

Hablemos,

Jesús.

2018-06-11T17:25:52+00:00

About the autor:

Psicólogo, especialista en comunicación corporativa. Consultor Académico de lenguajecorporal.org. Tutor en nuestro Campus Virtual. Escríbele a bonnemaison@lenguajecorporal.org