Había mucho trabajo y muy pocos empleados. La empresa no estaba siendo muy justa con ellos y ya comenzaba a avizorarse a la nueva generación que marcaría, hoy en día, un antes y un después en los equipos de trabajo. Si, si, de ellos hablo, de los “Millennials”.

¿Sus características? Muy simple, no tenían mucho apego ni identidad corporativa, ni compromiso alguno, menos conformistas, por lo que la rotación de gente era realmente muy alta para esa época y, RRHH estaba muy desesperado buscando cubrir los puestos que día a día iban quedando vacantes. Esto significaba que cualquiera era candidato para ocupar la silla vacía, sin importar el trabajo adicional que íbamos a tener, como líderes de grupo, para entrenarlos en el menor tiempo posible.

A los ya elegidos los veíamos ingresar al piso y con mi asistente rogábamos que nos asignaran personas que nos llevara el menor tiempo ponerlos en órbita y capacitarlos.

El momento llegó, Huguito, mi mano derecha, estaba al fondo del pasillo esperando la lista de los futuros integrantes de nuestro grupo, desde lejos, le levanté mis párpados superiores indicándole mi interés por saber quienes era. Él me respondió con el mismo gesto de siempre, con sus dos manos ligeramente mostrándome las palmas advirtiéndome que tuviera calma.

Cuando observé la entrega de la lista con los respectivos curriculums a mi asistente, veo a la distancia como cierra sus ojos por un par de segundos… ¡ya estaba todo decidido! Me desplomé en mi silla y esperé resignada a que él viniera.

Marian! Una de las personas que nos han asignado es una señora de unos 40 años aproximadamente que recién se incorpora en el mercado laboral, nunca trabajó en una empresa y… ¡ni siquiera sabe lo que son los mails!

En ese mismo momento bajé la cabeza y me di cuenta de que estaba en problemas, que no iba a poder cumplir con el objetivo del grupo y que ya no iba a poder mantener mi primer puesto en productividad, e inclusive hasta podía estar en riesgo mi puesto y mi trabajo. ¡Todo para mí era una gran nube negra que me acompañaba adonde iba!

Me centré unos minutos, tomé varias respiraciones profundas, de esas que te alivian hasta el alma, y pude lograr la serenidad para que mis pensamientos fluyeran y poder

generaren una lluvia de ideas internas y así obtener la o las estrategias como para salir airosa de la situación.

Lo que restaba del día lo tomé para observarla, con delicadeza claro está, de modo tal que no se diera cuenta y poder en ella misma encontrar la mejor alternativa… ¡si la había!

Al día siguiente, muy temprano a la mañana le solicité que asistiera a la sala de reuniones.

Yo la estaba esperando, expectante para ver que tenía para ofrecerme. Como es lógico, entró muy asustada, ¡lo noté en su mirada! La recibí de pie, en la puerta, la llamé por su nombre, la miré fijamente a los ojos y con una sonrisa le extendí mi mano para saludarla, a la vez que con la otra toque muy sumamente su antebrazo como para no incomodarla ni invadir su espacio, pero sí, demostrarle con calidez que era bienvenida.

Así logré que se relajara, ¡lo último que necesitaba era que se me desmayara!

Eso me permitió que pudiera sentirse cómoda, hablarme de sus cosas y qué esperaba del trabajo. Al escucharla activamente, no sólo prestando atención a su tono de voz, sus micro expresiones sino también al contenido de su mensaje, noté, sin vacilar, una gran y poderosa actitud frente a esa situación que, para ella, sería muy difícil y, sin duda… ¡para mi también!

Había estado toda su vida ocupándose de la crianza de sus cuatro hijos. No se había capacitado más allá de la educación obligatoria y estaba oxidada en cuanto a relaciones laborales y sociales. Y, automáticamente pensé: ¡salió de su zona de confort! ¡Estaba tomando el control de su vida! Eso, ya para mí era una luz en el camino.

Sabía, después de esa charla y habiéndola escuchado atentamente, que ambas nos podíamos ayudar.

Créanme, no sabía nada de nada, nunca había trabajado en una empresa, tampoco sabía comunicarse correctamente, no por falta de educación, sino por la escasez de roce que la actividad doméstica, a tiempo completo, no permite que se desarrolle.

Después de 30 minutos de escucharla e interactuar me di cuenta de que su actitud y voluntad por querer trabajar fue lo suficientemente convincente como para que le diera una oportunidad.

Creí en ella, trabajamos juntas, intuí su gran potencial que tenía que aflorar, su mirada franca, su sonrisa auténtica de todas las mañanas, sus gestos ilustradores, su escucha activa y su constante esmero en el día a día por mejorar, eran motivadores constantes de que no me había equivocado.

¿El final? La premiaron al finalizar ese año por ser la mejor empleada y… ¿yo? conseguí mi objetivo: mantenerme en el primer puesto que tanto trabajo me había costado alcanzar, pero lo más importante aun fue acompañar a Mabel en su proceso de transformación, no sólo en el trabajo sino también en su vida personal y la devolución de afecto y gratitud por parte de ella hacia mi persona por haberle dado una oportunidad que ella supo aprovechar.

Historia real, marzo 2009.

Mariana Ferrero