El policía se acercó al callejón con cautela.

El sol del mediodía le había permitido ver con el rabillo del ojo, desde la patrulla, lo que ahora confirmaba como un cuerpo desnudo tirado entre bolsas de basura.

Al parecer, estaba vivo.

—Eh, usted, despierte —lo llamó varias veces, agitándole por el hombro, hasta que obtuvo una respuesta.

Los ojos del hombre se abrieron.

Rojos, vidriosos, las pupilas cerrándose ante la línea de luz que le cegaba.

Solo al entrar a la comisaría envuelto en una manta, fue cuando tuvo consciencia de su realidad.

***

No pasó mucho tiempo hasta que volvió a meterse en problemas.

Precisamente el abuso de sustancias que le había hecho pagar más de 100 días en la cárcel, le traía de vuelta a otro centro penitenciario.

Esta vez fue casi un año tras las rejas, en condiciones aún peores. De hecho, uno de los inquilinos de aquella cárcel era Charles Manson.

Literalmente, todos los días fue blanco de amenazas, ataques y agresiones.

El resentimiento de todos hacia él se multiplicaba por su estatus de celebridad; más de una vez recobró la consciencia tirado en un charco de su propia sangre.

Pero hasta los peores episodios no duran para siempre, y llegó el día en el que salió libre.

Desde ese momento, decidió rehacer su vida…

…y volver, a las pocas semanas, a recaer en el abuso de sustancias otra vez.

***

Apenas recuerda un episodio en el que su amigo Sean conducía hacia una clínica de rehabilitación mientras él estaba tirado en el asiento del copiloto con la mirada ida.

Igual, Sean le habló con toda la claridad que pudo.

—Mira Rob, estás hecho mierda. Y no quiero verte así. Te estoy llevando a la clínica para que te arreglen, pero nada cambiará a menos que entiendas una cosa.

No tuvo respuesta.

—Lo que quiero que entiendas Rob, es que tú tienes dos reputaciones. Dos. Una, espectacular, brillante, un potencial extraordinario. Joder, ¡Todo el mundo te quiere y te adora, hijoputa! Pero la segunda… la segunda es la que te tiene así. Esas adicciones que te tienen hecho mierda. Así que tienes que tomar una decisión entre las dos… porque si no, la segunda va a terminar destruyendo la primera, así de simple, y a ti mismo. ¿Entiendes?

A pesar de su estado, Robert escuchó cada palabra de su amigo.

Lamentablemente, no sirvió de mucho.

***

Robert Downey Jr. luchó contra sus adicciones durante más de 30 años. Efectivamente, se había ganado la reputación de ser un actor brillante, incluso nominado al Óscar por su interpretación de Chaplin, y querido por prácticamente todo el que lo conocía.

El problema es que sus adicciones eran producto de algo más profundo; una rabia que sentía por dentro, un resentimiento hacia sí mismo que hacía su vida miserable.

Hasta que no se dio cuenta de esa realidad (Y gracias a la insistencia de amigos como Sean Penn), no logró superar su círculo autodestructivo.

Susan Levin, su actual esposa, le dio el ultimátum que necesitaba:

O se mantenía limpio de una vez y para siempre, o no se casaría con él.

(Porque a veces lo que necesitamos es una buena amenaza, después de todo).

***

El ejemplo de Downey Jr. es vital para entender el por qué nos encontramos con personas que son brillantes tanto en lo que hacen, como con su personalidad, pero pareciera que están empeñadas en sabotearse a sí mismas.

Hay todo un abanico de intensidades al respecto: desde no creer que eres lo suficientemente bueno, hasta el punto de tener que drogarte para poder callar la rabia que te consume por dentro.

La pregunta, como te he comentado otras veces, es crítica:

¿Por qué me siento así?

Es una pregunta que no nos hacemos con la frecuencia que necesitamos.

En realidad, deberíamos hacérnosla todos los días.

Sin embargo, no siempre logramos detectar nuestras emociones a tiempo. Pero una clave que puedes usar, es estar atento a tu propia expresión corporal.

Porque por más que intentes disimular lo que expresas con palabras, tu cuerpo siempre revela lo que ocurre dentro de ti.

Lo curioso es que muchas veces los demás notan tus emociones antes que tú.

Especialmente, esas personas que son increíblemente sensibles y te pueden decir, en dos platos, por lo que estás pasando.

Eso que sientes y te empeñas en negarlo.

¿No sería mejor que tú tomases las riendas?

Solo tienes que prestar atención. Tomar conciencia de tu cuerpo.

Así, no solo aprenderás a identificar tus emociones, sino también las de los demás; y no solo rabia, sino el caleidoscopio completo.

Si quieres saber qué ‘manual’ te sirve para interpretar tu propia expresión corporal… suscríbete a mis lecciones diarias.

Queda de tu parte tomar la decisión de comenzar hoy.

Yo estaré esperándote para comenzar.

Te deseo mucho éxito en lo que te propongas,

Jesús Enrique Rosas

Puedo escribir toda una historia cuando leo tu lenguaje corporal.

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