Los seis niños lloraban, con los cuchillos en sus gargantas.

Sometidos por los crueles mercenarios, cada uno de ellos sentía el filo de una muerte segura. Se encontraban en la planicie justo al frente del castillo conocido como la Roca de Ravaldino. Un hombre se acercó al puente levadizo, y gritó:

–¡Se nos acabó la paciencia, meretriz! ¡O se entregan, o mataremos a todos tus hijos aquí mismo!

Luego de larguísimos minutos entre ahogados sollozos, una figura se asomó en lo alto de la muralla.

La mujer veía a aquellos asesinos con profundo desprecio y altivez. Sus hijos, agotados de tanto llorar y forcejear contra ellos, les rogaban que no les mataran.

El provocador volvió a amenazarla.

–¿Entonces, abrirás la puerta? –su voz trataba de sonar recia, pero más bien parecía un desahogo.

La mujer ni se molestó en asegurarse de que le escucharan.

–No lo haré.

–¿Qué? ¿Qué has dicho?

Esta vez, la voz en lo alto rasgó el valle como un puñal caliente.

–¡Que no van a entrar! ¡No penetrarán aquí, eso te lo juro!

Los que tenían sujetos a los niños se miraron las caras. Era la última reacción que se hubiesen esperado. El de la vanguardia se dio la vuelta y en su rostro, la sopresa y la indignación se mezclaban torpemente.

Se aclaró la garganta.

–¿Pero qué dices…? ¡Insensata! ¡Vamos a matarlos ahora mismo y a darlos de comer a los perros!

Todos los que estaban allí sintieron que los ojos inyectados en furia de la mujer rociaban ácido ardiente.

–¡Entonces sean hombres, estúpidos, y háganlo ahora! ¡De todas maneras estoy embarazada del Conde Riario y puedo tener más hijos si me da la gana!

Dicho esto, se levantó desafiante el vestido, como para hacer énfasis en lo que acababa de decir.

Los hombres se quedaron paralizados sin saber qué hacer. Dudaban.

Cada uno de ellos buscaba los ojos de los otros. Buscaban una señal.

Esperaban la orden de Ludovico Orsi, quien había organizado la conspiración.

Menos de un minuto después, bajaron los cuchillos y volvieron a llevarse a los niños.

Ella se quedó en el sitio, desafiante.

Luego se dio la vuelta, bajó un par de escalones y cuando supo que ya ninguno de ellos la veía, no aguantó más; se le saltaron las lágrimas y se desmayó en el acto.

Dos semanas antes, Caterina cenaba con sus seis hijos en una de las salas del palacio cuando escuchó gritos y un gran alboroto. No entendió lo que decían, pero sabía perfectamente de qué se trataba. Trató de no alarmar a los niños mientras les decía que se fueran todos a una habitación secreta no lejos de allí.

Sus sospechas eran correctas: Varios hombres habían entrado a matar a su marido, el Conde Girolamo Riario; fue apuñalado y lanzado por la ventana hacia el patio central.

Desde la estrecha ventana de la habitación secreta, Caterina logró comunicarse con los guardias cercanos, indicándoles que les notificaran a sus aliados para que enviasen refuerzos.

Escasos segundos después, irrumpieron en la habitación.

Ella y sus seis hijos fueron apresados.

Los conspiradores Ludovico Orsi y Giacomo del Ronche, llevaron a Caterina hasta el inmenso puente levadizo que guardaba las entrañas de aquella fortaleza.

En lo alto, se erigía el comandante a cargo; Tommaso Feo, cuya reputación hablaba por él. Sabían que no entregaría el fuerte así nada más, y por eso llevaban a Caterina con un puñal apoyado en su pecho.

–¡Abre el puente, o la mataremos! –El grito de Ronche vibró en los muros iluminados por el atardecer.

–¡Jamás! –La respuesta del comandante fue seca. Ronche se volvió hacia Caterina y le hizo señas a ella para que hablara.

Primero, ella le ordenó a Feo que abriera las puertas. Él se negó. Ella se indignó y comenzó a gritarle, histérica. Él dijo que bien podía morirse ella y toda su estirpe; que su misión era proteger el fuerte y eso haría hasta el final. Ella pasó a la súplica, derramando lágrimas que nunca nadie había visto.

Ludovico estaba nervioso. Parecía que no estaban llegando a ningún lado con eso. Sin embargo, Ronche tenía la sensación de que Caterina y Feo estaban hablando en algún tipo de clave. Ciego de rabia, le apretó aún más la daga en el pecho a ella.

–¡Nada de trucos! ¿Acaso no temes por tu vida?

Ella cambió súbitamente su expresión de víctima a una de profundo desprecio con una mirada demoníaca. Se acercó a él, y el filo le laceró la piel dejando rodar una línea de sangre que se escurrió entre su corpiño. Sin mostrar dolor alguno, le habló en un tono que le estremeció:

–Giacomo del Ronche, no te atrevas a amenazarme… puedes hacerme daño, pero no asustarme. Soy hija de un hombre que no conoció miedo alguno. Has matado a mi señor, ciertamente puedes matarme y ya. ¡Después de todo, soy solo una mujer!

Ronche y Orsi se vieron las caras.

No creían que esto funcionaría.

Días después, el comandante del castillo se comunicó con ellos a través de un mensajero. Estaba dispuesto a entregarles el fuerte si obligaban a Caterina a pagarle todo el salario que le debía, y firmaba una amnistía que le absolvía de esa traición.

Los conspiradores vieron en ese momento una oportunidad y decidieron aprovecharla.

A la mañana siguiente, volvieron a llevar a Catalina ante el puente levadizo. Negoció con Feo durante horas, y al final llegaron a un acuerdo; ella firmaría el documento pedido. Pero el comandante no se fiaba de los mercenarios, así que ordenó que ella entrase sola.

El puente bajó.

Justo cuando Catalina ingresó a la fortaleza y el acceso comenzaba a cerrarse, se volvió a los mercenarios. Tenía una mirada burlona en su rostro, y les hizo el equivalente italiano de mostrarles el dedo del medio.

Ella y el comandante les habían engañado, y ahora ella estaba dentro de la fortaleza.

Estaban furiosos, así que decidieron tomar medidas desesperadas.

De inmediato ordenaron traer a sus hijos hasta ese mismo lugar, y la amenazarían con matarles a menos que ella se rindiese incondicionalmente.

Parecía un plan infalible.

O al menos, eso pensaban.

Confundidos y alterados por la actitud de Caterina para con sus hijos, los mercenarios no sabían que hacer.

¿Cómo podía ser una mujer tan desalmada con su propia sangre?

Así pasaron dos días, mientras los atacantes trataban de ponerse de acuerdo sobre qué hacer a continuación.

En esas cavilaciones, llegaron los aliados del palacio; un ejército procedente de Milán que en cuestión de horas borró a los mercenarios del mapa.

Después de semanas de terror, Catalina volvía a abrazar a sus hijos.

Por supuesto, les debía una muy buena explicación.

Caterina Sforza fue un personaje cuya vida no puede resumirse en unas cuantas líneas; suficiente tenemos por el momento con saber que gozó de una educación privilegiada tanto en humanidades, como en política y artes militares.

Ella bien sabía que el despotismo de su marido le había ganado enemigos durante los últimos meses y era cuestión de tiempo para que sucediera lo inevitable. Previendo esto, nombró a Tommaso Feo, un oficial de confianza, para que fuese el comandante del fuerte y bajo ninguna circunstancia lo entregara.

Incluso se puso de acuerdo con él para acordar frases que se podrían pronunciar públicamente y aunque ella le suplicara que se rindiese, en realidad le estaría reafirmando su labor de defender el palacio. Hasta la demanda de Feo, sobre los papeles que Caterina debía firmar, era una farsa que emplearían en caso de emergencia.

Pero la prueba máxima para ella fue el momento en el que vio a sus seis hijos suplicar por su vida a manos de los mercenarios. En ese momento, recurrió a lo que hoy conocemos como Teoría de Juegos; un sistema racional para tomar decisiones difíciles.

Por ejemplo, si se hubiese rendido en ese momento, igual los habrían apresado a ella y a sus hijos dentro del castillo, y muy probablemente les habrían envenenado para simular una muerte fortuita.

Por otra parte, los mercenarios se notaban dispersos y desorganizados; si no la mataron a ella y a sus hijos el mismo día de la revuelta, mucho menos lo harían ahora a sangre fría.

Ella estaba segura de que ellos estaban conscientes de que si mataban a sus hijos, toda la casta Sforza caería sobre ellos; estarían muertos en cuestión de semanas.

Así que la única salida posible era realizar esa suprema actuación ante ellos, haciéndoles creer que no había nada con lo que la podían coaccionar.

Todo, para ganar tiempo hasta que llegasen sus fuerzas aliadas.

Tomar decisiones nunca es tarea fácil.

(Mucho menos, cuando tienes a tus seis hijos con cuchillos en sus cuellos)

Avinash Dixit, uno de los autores del libro “El Arte de la Estrategia” lo resume muy bien: todos somos estrategas en nuestro diario vivir, y en todas nuestras decisiones tenemos que tomar en cuenta las intenciones de los demás.

Por ejemplo, Caterina logró descifrar las intenciones y actitudes de sus captores; así logró llegar a una solución que parecía insensata.

¿Sabes qué es lo más insólito? que hoy en día tenemos acceso a todo lo que aprendió Caterina para tomar ese tipo de decisiones y más… pero no las aplicamos. Usualmente nuestras decisiones son precipitadas y reactivas; no pensamos a largo plazo. Por eso, nos terminan costando preciado tiempo y energía.

¿Cuándo fue la última vez que te paralizaste o sentiste un profundo estrés al no saber cuál era  la mejor opción al tomar una decisión?

Seguramente solo usaste la parte emocional; lo que te decían tus tripas. Es importante escucharlas, pero es el cerebro el que debe evaluar la situación a la luz de la razón.

(Pero eso es harto difícil cuando estamos bajo presión)

La Teoría de Juegos en la toma de decisiones es una de las habilidades blandas que me he propuesto desarrollar en 2019; y la mejor forma en la que tú puedes unirte a nuestro círculo de iniciados en estas artes, es a través de nuestro programa online ‘Lenguaje Corporal en 40 Días’.

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