La lección más grande de Liderazgo (Es una de Supervivencia):

El invierno comenzaba a cerrarse sobre ellos.

Las corrientes comenzaban a hacerse más feroces, con la posibilidad de enviar a la deriva el témpano de hielo donde habían emplazado el campamento.

Se avecinaban días sin luz.

Las provisiones se agotaban progresivamente.

No tenían ningún tipo de contacto por radio.

Estaban en medio de la nada, sin medios para desplazarse.

Estaban solos, y nadie sabía dónde estaban.

Pero a pesar de todos los peligros que le imponían las circunstancias, el capitán se dio cuenta de que había uno más grande al cual se enfrentaba:

La moral de sus hombres.

Cualquier resquebrajamiento por resentimiento y negatividad, haría que perdieran el empuje por sobrevivir.

Eso sería una muerte segura para todos.

Así que lo único que se le ocurrió fue prestarles atención a ellos, aún más de cerca que al inclemente clima.

Sir Ernest Shackleton, capitán de la nave Endurance, había ordenado el desembarco de sus 27 hombres al haber encallado intentando cruzar Antártida; el navío había quedado inservible.

Lo primero que tenía que hacer, era ‘infectarlos’ con la actitud correcta; él mismo se encontraba temeroso, pero se esforzó como pudo para esconder todos sus miedos y dudas.

La primera mañana al despertar en el témpano, se levantó primero que todos y preparó una cantidad extra de té caliente. Mientras les servía, notó que ellos le observaban detenidamente, como buscando una pista sobre cómo reaccionar o actuar ante las circunstancias.

Lo que vieron fue a un capitán animoso, seguro, haciendo chistes sobre el témpano y sobre la oscuridad a la que se enfrentarían los próximos días.

Nunca salió de su boca ningún comentario optimista, pero dejó que su lenguaje corporal hablara por él.

No era el momento para discutir las ideas que tenía para salir de allí; era demasiado pronto para quienes apenas estaban comenzando a comprender la gravedad de la situación.

Todos estaban claros: tendrían que pasar el invierno allí.

5 meses.

Para mantener los ánimos de su tripulación, Shackleton organizaba todos los días tareas sencillas, en las que los hombres podían turnarse.

Algunos cazaban focas o pingüinos.

Otros recuperaban más provisiones de la nave encallada,

Algunos más reforzaban el campamento.

Al final de cada día, todos se reunían alrededor de la fogata sintiendo que habían sido útiles para algo. El capitán no se quedaba quieto, sino que se acercaba a todos y cada uno de ellos, iniciando una breve conversación.

En ese intercambio, prestaba especial atención a los ojos, la voz, los gestos y la actitud de cada uno de sus hombres.

Les habló en sus propios ‘idiomas’: hablaba de ciencia con los científicos, y a los interesados en las artes les comentaba sobre algún soneto que evocara la situación en la que se encontraban.

Eso le permitió hacer ajustes en sus labores, como con el físico de a bordo que cada dia parecía más y más deprimido, agobiado con el trabajo manual; Shackleton se aseguró de aliviarle la carga discretamente, asignándole tareas no tan agotadoras pero igual de importantes.

En un par de semanas, ya había reconocido a los eslabones más débiles de la cadena.

Hurley, el Fotógrafo, era diligente en sus tareas pero tenía cierto grado de soberbia; para mantenerlo en sintonía con los demás, el capitán se sentaba con él para pedirle su opinión. Luego le agradecía su colaboración; esto lo hacía sentirse importante y le servía de válvula de escape a su personalidad.

El Navegante era especialmente terco, por lo que Shackleton pasaba más tiempo hablando con él que con los otros. Así, iba identificando cada una de las personalidades, reconfigurando los grupos de trabajo y descanso para asegurarse de mantener alejados aquellos que pudiesen entrar en conflicto.

Pero el invierno proseguía sin pedir permiso.

El ánimo de los hombres se reflejaba en sus cada vez más escasas conversaciones.

Shackleton tuvo que ir más allá: en los ratos libres organizaba competencias deportivas en el hielo, improvisados conciertos musicales, concursos de cuentos. Los días festivos eran religiosamente celebrados con festines dentro de sus posibilidades.

Increíblemente, a pesar de la desesperanzadora situación, los hombres parecían estar disfrutando los retos de vivir en medio del hielo solitario.

Pero el témpano donde se encontraban se había hecho peligrosamente pequeño, así que debían hacer algo al respecto.

Shackleton organizó a todos sus hombres en los tres botes salvavidas que habían recuperado de la Endurance; tenían que llegar a tierra firme a como diera lugar.

Sorteando las implacables aguas, lograron llegar a la Isla Elefante.

Las condiciones allí eran mucho peores que las del témpano; estaban mucho más expuestos a las inclemencias del mar y escaseaban los animales para proveerse de comida.

El capitán tomó una decisión rápida a solo horas de haber llegado.

Saldría con uno de los botes y un puñado de hombres a la Isla de South Georgia, el lugar habitado más cercano a su posición.

Estaba a 1300 kilómetros.

17 días de navegación imposible, en un bote de remos.

El líder tuvo que escoger cuidadosamente a los cinco hombres que le acompañarían en tal hazaña; uno de los que escogió fue una opción bastante peculiar. McNeish, el carpintero de a bordo era el más viejo de todos. Tenía 57 años y su temperamento era el más difícil de toda la tripulación.

El capitán decidió que viniese, solo porque sabía que si se quedaba en la Isla Elefante haría trizas la moral del grupo que permanecería allí.

Zarparon.

Asombrosamente, 17 días después, veían la silueta de la Isla South Georgia.

A las puertas de lograr su hazaña, fueron arrastrados por una corriente cuando estaban a punto de llegar.

Hasta ese momento, Shackleton había permanecido impasible; primero durante los 10 meses de viaje en la Endurance, y los otros 5 meses que habían permanecido varados en el hielo.

Tan cerca estaban de lograrlo que un ave revoloteaba sobre la barca. El capitán perdió toda compostura y se levantó, gritando groserías y tratando de pegarle con el remo.

Quince segundos duró su rabieta.

Súbitamente, cerró los ojos, se mordió la lengua y se quedó en silencio. De pie, su silueta agresivamente recortada sobre el angustioso océano.

No había mantenido la moral de sus hombres durante 15 meses para venir a perder la compostura aquí.

Así que volvió a sentarse, y siguió remando con los demás. Incluso hizo un chiste sobre su exabrupto.

Silenciosamente, se juró a sí mismo no volver a perder la calma, sin importar lo que pasara.

Finalmente, desembarcaron en South Georgia.

Surgió otro problema; la estación de caza de ballenas a la que tenían que llegar, estaba al otro lado de la isla.

35 kilómetros a pie, por montañas y glaciares que nadie había cruzado jamás.

Shackleton emprendió el trayecto de inmediato. Al final, llegaron a la estación él y dos de sus hombres; hambrientos, destruidos por el inclemente frío, vestidos con harapos.

Eran sombras humanas.

Pero estaban vivos.

Los hombres que se quedaron en la Isla Elefante tuvieron que esperar cuatro meses más hasta ser rescatados.

La travesía completa, duró 21 meses.

Asombrosamente y contra todo pronóstico, los 28 tripulantes de la Endurance regresaron sanos y salvos.

No pasó mucho tiempo para que se corriera la voz sobre el impresionante liderazgo de Shackleton; gracias a su temple y responsabilidad, salvo su vida y la de sus hombres.

¿Cómo lo hizo?

Al encontrarse en tales circunstancias, no tardó en comprender que la diferencia entre la vida y la muerte dependía de una sola cosa:

La actitud de sus hombres.

Cualquier pérdida de la esperanza, grieta en su moral o rotura de la unidad, habría hecho imposible el poder tomar las decisiones correctas bajo tales circunstancias.

Shackleton se enfrentó a la condición más primitiva del ser humano:

Un grupo en peligro; cada uno dependiente de los otros para sobrevivir.

Solo escuchando y ‘leyendo’ detenidamente a cada uno, fue posible moldear la moral del grupo para adaptarla según la psicología y el comportamiento de cada quien.

Imagina hacer eso, mientras guardas total y absoluta compostura, durante meses y meses al borde de la muerte.

Fue de esa necesidad de supervivencia que nuestros ancestros desarrollaron las habilidades sociales para captar las emociones de los demás; para sintonizarse con sus sentimientos y lograr que cooperasen.

Era la única alternativa.

Shackleton experimentó el súbito despertar de estas facultades encontrándose en una situación límite.

¿Necesitarías tú de una situación así para desarrollarlas?

Espero que no sea necesario.

Mientras tanto, saber interpretar el Lenguaje Corporal de los demás, poder controlar el tuyo, el crear empatía con tus colaboradores, saber descifrar sus personalidades y tomar decisiones en función a todos estos factores, son necesarios hoy más que nunca para todo líder.

En la actualidad se pone demasiado énfasis en ‘gerenciar’ y poco en ‘liderar’.

Una gran diferencia, tanto en la ejecución como en los resultados.

Sería un gran error tener todas estas destrezas a tu alcance, y no comenzar a desarrollarlas hoy mismo.

Lo necesitas para ti y para tu empresa, así que comienza por escribirnos para descubrir lo que podemos hacer para entrenarles en Lenguaje Corporal, Inteligencia Emocional y Persuasión.

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Mucho éxito,

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

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2018-11-05T08:39:51+00:00