¿Quién diría que alguien tan supersticioso, podría renacer?

Eugene estaba listo para hacer el ridículo otra vez.

No solo era un poco más bajo que el resto de sus compañeros; acostumbraba mantener el pecho hundido, pararse ligeramente jorobado y viendo de reojo a los demás.

Por dentro, deseaba que nadie notara su presencia.

Ni sus tics faciales. Ni los ruidos que hacía su garganta cuando tragaba saliva, por mucho que tratara de ocultarlos.

Ese día tocaba educación física; otra ocasión perfecta para no destacar en lo más mínimo. La poca vena de atleta que tenía la reservaba para los días en que su cama amanecía empapada de orina después de tener terrores nocturnos.

Kathleen, su madre, tenía la costumbre de poner a secar las sábanas en el frente de su casa. Teniendo solo una hermana mayor y con el profundo temor de que descubrieran que aún tenía esos accidentes por las noches, salía corriendo como alma que lleva el diablo apenas terminaba el colegio, para llegar a su casa y quitar del tendedero la exhibición infame.

Su madre acostumbraba hacer este tipo de cosas.

Y algunas peores, como simular constantemente intentos de suicidio.

O sorprenderlo cuando estaba reunido con sus amigos, llegando en taxi y dándole golpes en la cabeza con una percha.

Incluso una vez intentó ahogarse en la playa, mientras estaban de vacaciones.

Eugene logró rescatarla, y apenas tocaron la arena, ella actuó como si nada hubiese pasado.

Él vomitó poco después.

Décadas más tarde, recordaría ese episodio como el peor de su vida.

El empujón de uno de los estudiantes lo devolvió al momento. Casi tocaba su turno; ese día probaban con el lanzamiento de jabalina.

En su mente, estaba muy ocupado visualizando el futuro. Un futuro muy cercano, a solo minutos. Las risas de sus compañeros después de hacer una muy probable chapuza.

Le harían un favor si alguno de ellos se la clavaba en el pecho allí mismo.

“¡Orowitz, tu turno!”.

Ya. Qué mas dá, acabemos con esto, pensó.

El muchacho que había lanzado antes que él, venía corriendo con el proyectil.

Espero que tropiece y me atraviese.

Pero justo cuando se la iba a entregar, la soltó y dejó caer al suelo, a propósito.

“¡Ups! ¡Se me zafó!”, dijo con una sonrisa falsa, mostrando los dientes.

Todo el grupo se rió.

“Vamos, Orowitz, recógela, no tenemos todo el día”. El Coach se miraba el dedo del cual acababa de arrancarse media uña.

Eugene se dobló para alcanzar la jabalina,

y al cerrar su puño sobre ella algo cambió.

Era un trozo de metal, algo oxidada en ciertas partes que habrían estado expuestas a los elementos. La empuñadura estaba cubierta de un cuero realmente agrietado; pero lo que le sorprendió es que la creía mucho más pesada de lo que realmente era.

Por un instante, olvidó a sus compañeros.

No los escuchaba.

Solo sentía a la jabalina y extrañamente se identificó con ella. El también había estado sometido a los elementos, a la intemperie, a la desidia.

Ambos estuvieron solos, hasta que se encontraron ese día.

No tuvo que pensar el lanzamiento.

Solo corrió, con la jabalina en alto. Llegado el momento crítico, el cuerpo antes desgarbado y encogido se estiró en una torsión extraordinaria, milésimas antes de reventar en un látigo que disparó la lanza entre el horizonte y el cielo.

Ninguno de los presentes, ni siquiera él, entendió cómo pudo cubrir diez metros más distancia que cualquiera de ellos.

El entrenador solo se limitó a decir: “¡Vaya!”.

Eugene pidió permiso para llevarse la jabalina a casa durante ese verano.

Practicó durante horas, todos los días.

La lanzaba, hacía sprints hasta donde había caído. La lanzaba de nuevo, repetía.

Aún exhausto sin poder dar un paso más, lo intentaba una y otra vez.

Para eso había nacido.

A su regreso el año siguiente, Eugene era otro hombre. No solo su cuerpo y postura habían cambiado; ya no sufría de tics faciales y miraba a los demás directamente a los ojos.

Había encontrado su propósito.

Además, había empezado a dejarse crecer el pelo. Se afirmaba a sí mismo, “El ratón se ha convertido en león”, por lo que necesitaría la melena como refuerzo.

Quizá todo fue producto de ver la película “Sansón y Dalila” cuando tenía 13 años. Víctor Mature y Hedy Lamarr en los roles protagónicos habían dado vida a la historia del hombre cuya cabellera era la fuente de su fuerza.

Por sus lanzamientos excepcionales, fue becado para la Universidad de Carolina del Sur.

Allí, todo cambiaría de un día para otro.

Si recuerdas ‘Volver al futuro’, recordarás que la mayoría de los muchachos norteamericanos en 1955 tenían el cabello corto, o cortísimo.

Ahora, imagina a Eugene paseándose por el campus universitario emulando a José Luis Rodríguez en su buena época.

Ese porte, actitud y aplomo con la abundante melena solo podía despertar la envidia de los demás. Un muy mal día, un grupo de atletas universitarios le cayó encima y lo sometieron entre todos.

Con total saña le cortaron la cabellera casi al rape.

Ese día, su fuerza literalmente desapareció.

Se había ido.

Aunque era racionalmente imposible, sus lanzamientos de jabalina eran poco menos que mediocres.

Se dijo a sí mismo que era absurdo. El cabello no tendría nada que ver.

¡Es una estupidez!

Así que se dedicó a practicar el triple de lo que se esforzó en ese primer verano, con tan mala suerte que se desgarró un ligamento del codo.

La recuperación lo sacaría de las competencias el resto del año.

Era oficial: le habían quitado todo lo que tenía.

Derrotado física y psicológicamente, abandonó la universidad.

Fueron meses oscuros.

Eugene iba de trabajo en trabajo, sin rumbo.

Cargando cajas en un almacén, uno de sus compañeros le pidió que fuera con él a una audición que estaba haciendo para un pequeño papel.

La experiencia de visitar un estudio de cine, inmediatamente despertó en el una nueva inquietud: ser actor.

Pero ni sabía actuar, ni conocía a absolutamente a nadie en la industria.

Así que puso en práctica la única idea que se le ocurrió: pedir trabajo en la gasolinera que estaba justo afuera de los estudios Warner.

Un día, mientras llenaba tanques de gasolina, fue descubierto por un cazatalentos.

¿Crees que todo fue color de rosa después?

No. Ni por asomo.

El estudio solo lo invitó a tomar clases de actuación, sin tener que pagarlas.

Mientras, tomó otro trabajo como vendedor de sábanas de puerta en puerta.

Así pasó casi un año, que fue su período de aprendizaje más fuerte. No solo desarrolló sus habilidades actorales; también aprendió a relacionarse con cualquier tipo de personas.

La constancia comenzó a rendir frutos en pequeños papeles secundarios.

Con mucha constancia y paciencia, aceptaba cualquier cosa que le sugirieran.

Pero el nombre ‘Eugene Orowitz’ no era precisamente digno de Hollywood; así que tendría que hacer algo al respecto.

Y pronto.

Presionado por su agente y sin saber qué nombre artístico ponerse, un día abrió la agenda telefónica al azar y puso a ciegas el dedo en la página.

Abrió los ojos.

“Michael Lane”.

Genial, ¡Michael Lane! ¡Suena muy bien, varonil, corto, directo!”. Casi lo podía imaginar en una inmensa marquesina durante el estreno de una superproducción.

Emocionado, llamó de inmediato a su agente; la respuesta fue un poco desalentadora.

“Eugene, Michael Lane ya es un actor registrado. Busca otro.”

Casi deja salir una grosería.

“Espera un momento”. Tomó la guía de nuevo, e hizo exactamente lo mismo que antes.

El dedo marcaba: “Alf Landon”.

Hizo una pausa.

Michael… Landon.

Recordó exactamente el instante en el que había tomado la jabalina por primera vez.

Se quedó sin palabras varios segundos.

“¿Eugene? ¿Sigues allí?”

“Sí. Pero llámame Michael… Michael Landon.”

“¡Oye, me gusta! Michael Landon, ¡Súper!”

Hablaron un rato más, sobre unas audiciones en los próximos días.

Había renacido una estrella.

Michael Landon logró encontrar su propósito como actor, productor y director en series como “Bonanza” y “La Casa de la Pradera”.

Esta última basada en los libros de Laura Ingalls Wilder, Landon interpretaba al papá Charles Ingalls; papel que fue especialmente gratificante para él por los valores familiares que expresaba en cada episodio.

Podríamos decir que Landon logró adaptarse a las circunstancias.

Más que cambiar, fue su constancia lo que le permitió identificar otro talento; pero el éxito no fue instantáneo, pues tuvo que trabajarlo con tanto o más ahínco que el deporte que le había transformado.

Hay una palabra con la que nunca he podido comulgar totalmente: Cambio.

Que si la resistencia al cambio esto, que si la aptitud para cambiar aquello…

Nos cuesta muchísimo cambiar, pero solo porque creo que la palabra no es la correcta.

Como dijo Ludwig Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

‘Cambiar’ parece implicar dar un giro de 180 grados, o uno de 90. Como quieras.

Como quien se cambia de camisa; en un momento tienes una, y breves segundos después tienes otra.

“Cambiar” en nuestra vida no quiere decir dejar atrás lo que hemos hecho hasta ese momento; más bien deberíamos actuar en función a una construcción permanente de nosotros mismos.

Así que no lo llamemos ‘Cambio’.

Llamémoslo ‘Evolución’.

Sí, Michael Landon descubrió que su verdadera pasión no era el lanzamiento de la jabalina (aunque se le diera muy bien).

Ironías del destino, fue una fuerte superstición le desestabilizó lo suficiente como para obligarle a tomar la dirección correcta.

Por supuesto también tuvo que matarse para desarrollar ese nuevo talento, siendo un factor crítico el aprender a relacionarse con los demás.

Aprender a identificar sus intenciones.

Y a leer su lenguaje corporal.

¿Todavía piensas que puedes continuar sin desarrollar esta habilidad?

No, no es posible.

Todos los días recibes señales. Miradas, gestos, entonaciones que te hablan mucho más allá de las palabras.

Puede parecerte solo ruido, ahora.

Como que te hablen en un idioma que desconoces; ¿Cuánta información estás perdiendo?

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Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

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2018-10-05T11:13:48+00:00