Samantha le estaba poniendo la comida a Princesa cuando sonó el timbre.

Su esposo había salido brevísimos minutos antes al trabajo, así que pensó que habría olvidado algo. De inmediato, se preguntó por qué no abriría él mismo con su llave.

Puso la caja de comida para perros en la mesa de la cocina, sin guardarla. Princesa, por más hambrienta que estaba, también estaba extrañada por el sonido del timbre a destiempo. Se puso nerviosa, ladró dos veces y siguió de cerca a Samantha mientras se dirigía a la puerta.

De inmediato sonó el timbre otra vez.

Tenía que ser John. Seguro olvidó las llaves también.

«¡Voy, ya voy!»

Samantha abrió la puerta.

No era John.

El resplandor del sol de febrero la deslumbró momentáneamente, pero a medida que sus ojos se acostumbraban al contraste, vio dos figuras.

Dos hombres que parecían torres.

Hasta Princesa, que estaba junto a ella, se quedó congelada sin ladrar, tan inmensos eran.

Un chorro de adrenalina la estremeció antes de poder reaccionar. Recordó que hace unos días había visto el reporte de una violación, no lejos de donde ella vivía.

En realidad era bastante lejos de su domicilio. Bastante lejos de su vecindario. Bastante lejos de su ciudad; pero en ese momento no pudo evitar relacionar que…

«Buenos días ‘Señorra’, somos los albañiles. Venimos a ‘rrevisar’ su chimenea».

La voz sonaba amistosa.

Solo en ese momento pudo detallar sus facciones.

El que había hablado medía casi 1.90. Tenía un corte de pelo ligeramente largo, con unos ojos de amigo de toda la vida y los incisivos superiores visiblemente separados dentro de la amplísima sonrisa. Cada uno de sus bíceps era casi del grueso del tronco de ella.

El otro, no superaba los 1.70, pero lo que le faltaba en estatura le sobraba en mandíbula y músculos. El semblante era totalmente neutral, casi serio. Le daba la impresión que entre ambos podrían detener un tractor, si quisieran.

Solo entonces recordó que su amiga Karen le había recomendado a estos albañiles para reparar la chimenea, que había sufrido daños días antes debido al fuerte temblor que superó con creces a los muchos que azoraban a Los Ángeles todos los meses.

«Son increíblemente amables y dejaron nuestra chimenea como nueva», le dijo por teléfono.

Lo que no le mencionó fue el tamaño, tanto a lo alto como lo ancho.

Samantha por fin habló, aunque su boca estaba abierta desde hace varios segundos.

«¿A-Albañiles… ? ¿Sí, claro, caballeros, gracias… gracias por venir. Pueden pasar, la chimenea está en aquél rincón, y hay una escalera en el patio».

Cuando Samantha se giró para señalar, vio que Princesa estaba escondida, apenas asomada detrás de un sofá. Enseguida desapareció.

«Con perrmiso, señorra.»

Karen le había mencionado que estos albañiles eran especiales pues eran ‘Albañiles Europeos’. No sabía qué tenía que ver, pero sonaba a artesanos dedicados a su oficio; nada que ver con los fríos y pragmáticos obreros americanos.

Definitivamente eran especiales, pero no los imaginaba… así.

Los dos hombres inspeccionaron la chimenea por dentro y por fuera. Estando en el techo, le pidieron que se asomara al patio.

«Señorra Samantha, la chimenea está muy dañada en esta árrea y en ésta. Es necesarrio rreconstruirrla totalmente, pues está muy debilitada».

Dicho esto, le hizo una seña al bajito con la cabeza. Éste le dio un pequeño empujón a la chimenea, que se estremeció como si estuviese a punto de caerse a pedazos.

Samantha dio un paso hacia atrás. «Oh… ya veo.»

Finalmente, el alto y sonriente se bajó del techo y se acercó a ella.

«El prresupuesto es de trreinta y cinco mil dólarres, señorra.», dijo sin soltar la sonrisa.

Samantha se sorprendió. «Vaya… Karen me dijo que ustedes no eran baratos… pero no me imaginaba que fuese tanto así… ¿Hay posibilidad de una rebaja?».

El otro entornó los ojos.

«Perrmítame hablar con mi compañerro, verré qué puedo hacerr.»

Comenzaron a hablar en un idioma que ella no reconocía de nada.

– Jetzt beginnen Sie Ihren Kopf von Seite zu Seite zu schütteln.

El otro sacudió la cabeza.

– Jetzt fange an, mit mir zu streiten! Ah!

El bajito sacudía la cabeza y ambas manos, negando. Alzó la voz.

– Ich weiß nicht, warum du das tust. Woher weißt du, dass sie kein Deutsch kann?

Ya la cosa había escalado a una discusión. Aunque Samantha seguía sin entender nada.

– Sie tun es nie!

Así discutieron un par de minutos más. Finalmente, el alto se dirigió a Samantha:

«Podemos hacerrlo por trreinta mil, señorra».

«¡Oh, gracias… de acuerdo!».

«Empezarremos hoy en la tarrde, a las 2… ¿Es bien parra usted?»

«Sí… sí, de acuerdo». A Samantha todo aquello le parecía un poco bizarro.

Pero parecían buenas personas.

A las dos de la tarde, volvió a sonar el timbre.

Samantha fue a abrir la puerta.

Princesa volvió a esconderse.

Allí estaban las dos torres de nuevo, pero no estaban solos. Tras ellos estaban cinco hombres, igual o más musculosos, unos más escasos de ropa que otros.

«Buenas tarrdes señorra Samantha. Comenzarremos de inmediato».

Ella asintió, algo confundida.

De inmediato todos se pusieron a trabajar en la chimenea.

Samantha iba a hacer algo dentro de la casa, pero al ver todos esos músculos trabajando al unísono desde el patio, tuvo una amnesia repentina.

De vez en cuando, el alto y sonriente la veía y la saludaba.

Luego de finalizar el trabajo y marcharse, Samantha no volvió a verle por más de una década.

Una tarde de 1982, fue al cine con su esposo; él era fanático de las fantasías épicas y la había convencido a ella para ir a ver una que pintaba muy bien.

Comienza la película, y aparece un guerrero que asemejaba una torre. Largos cabellos, ojos pequeños y un tremendo espacio entre los incisivos superiores.

Ella tardó unos minutos, pero al final lo reconoció: era el albañil europeo de hace unos años. Se inclinó hacia su marido y le susurró:

«¿Cómo me dijiste que se llamaba la película?»

«Conan el Bárbaro, amor».

Samantha no hizo mucho con esa información. Mucho menos cuando trató de recordar el apellido del albañil: Algo impronunciable. Schwarzalgo. Schwarzenner.

Algo así.

Arnold Schwarzenegger fue millonario mucho antes de convertirse en una estrella de cine.

Él y su amigo Franco Columbu, otra leyenda del culturismo, iniciaron un negocio de albañiles allá por 1968 para poder financiar su vida de culturistas competitivos. Franco tenía toda la experiencia necesaria pues había aprendido con maestros artesanos en Italia y Alemania.

La primera estrategia fue: «Vamos a cobrar menos que nadie, así no dudarán en contratarnos».

Pero la competencia era agresiva; y tratar de destacar por el precio los desmoralizaba cada vez más. No solo era igual de difícil conseguir clientes; las ganancias eran mínimas.

Había que idear otra cosa.

Arnold se dio cuenta de que en aquella época había toda una moda de cosas europeas, como el café italiano y los masajes suecos. Así que propuso renombrar el negocio a «Albañiles Especialistas Europeos», y cobrar diez veces más que cualquier otro albañil de Los Ángeles.

«Estás loco», fue lo único que le dijo Franco.

Pero el negocio iba tan mal que no perdían nada con intentarlo.

Consiguieron una reseña en los medios locales, argumentando que recién habían llegado de Europa.

Eso despertó el interés en ellos, automáticamente.

Eso, y el ‘guión’ que Arnold había preparado.

Albañil bueno, albañil malo.

Aparte, nunca estaba de más que Arnold se quitara la camiseta cuando iba a inspeccionar las chimeneas; La reacción de las mujeres de todo Los Ángeles no se hizo esperar.

¿Los otros culturistas que les acompañaban? amigos del gimnasio que estaban felices de poder tener un trabajo divertido con una buena paga.

Con la locura de los «Albañiles Especialistas Europeos», Schwarzenegger logró ahorrar un millón de dólares a lo largo de dos años de trabajo sin descanso.

Usó esos ahorros para estudiar negocios; también comenzó a comprar y vender bienes raíces, lo que le reportó muchos millones más.

Todo eso, antes de convertirse en Terminator.

Decisiones como la de Schwarzenegger y ese primer negocio, dan miedo. Terror.

¿Cómo darle la vuelta a lo que estamos haciendo, y hacer algo totalmente distinto a todos los demás?

En realidad, en su caso no fue algo ‘totalmente distinto’. Seguían siendo albañiles que reparaban chimeneas.

El «Cómo», fue el enfoque novedoso, aprovechando la percepción del mercado y por supuesto, unos inmensos bíceps.

Sin embargo y que quede claro, Franco Columbu contaba con conocimientos y experiencia de sobra. ¿Por qué no iban a cobrar en función a ese valor?.

Exactamente pasa contigo: Tú eres único.

Tu mezcla de habilidades y destrezas es única e irrepetible.

¿Por qué valoras tu servicio como una competencia de precios?

Obviamente, no puedes esperar ajustar tu valor de mercado si sigues ofreciéndote exactamente igual como lo hacen todos los demás.

Schwarzenegger se hizo la pregunta: ¿Qué quiere el mercado que nadie más ofrezca, y yo pueda brindarle?

Ése es el primer paso: hacer las preguntas correctas.

El segundo paso, es estar atento al lenguaje corporal.

¿Cómo es recibida tu propuesta?

Arnold se habría dado cuenta de que sus músculos le robaban la tranquilidad a más de una señora.

Finalmente, ¿Cuál mensaje escoges para persuadir?

¿Eres capaz de plantearlo en forma de historia?

Los «Albañiles Europeos» usaron el storytelling para narrar sus experiencias en los medios, desde su entrenamiento en quién sabe qué monasterio artesano de los Pirineos hasta su afortunada llegada a California.

Eso es el método Knesix: Lenguaje Corporal y Storytelling.

Ya ves que no es nada nuevo; ha sido usado durante siglos para convencer.

Y ahora tú tienes la oportunidad de desarrollar esta habilidad.

Toda la información está aquí: http://knesix.institute/convencer-metodo-knesix/

Toma en cuenta que debido al nivel de personalización de este programa, los cupos son extremadamente limitados.

Al igual que extremadamente limitadas son las posibilidades de obtener resultados distintos si sigues haciendo lo mismo.

Éste es el paso que debes dar.

Te espero en el campus virtual,

Jesús Enrique Rosas

Director – Knesix Institute

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