“…Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven…”

Extracto de “Ensayo sobre la ceguera”-José Saramago.


No fue hasta hace muy poco que empecé a hacer realidad la percepción de un sinnúmero de gestos hasta ese momento ocultos. Siempre supe que el ser humano, dependiendo de su cultura, utiliza las manos como un elemento auxiliar en su comunicación. Pero nunca me detuve a analizar que hay detrás de ellos.

Habiéndome dedicado gran parte de mi vida a las ciencias biológicas, el adentrarme en los últimos años en el arte de las ciencias blandas, me produjo una sensación de plenitud abriéndome a un mundo nuevo, a un mundo henchido de nuevas posibilidades. Nada más parecido a la sensación de estar viviendo una realidad paralela, ver el acto detrás del escenario.  

Empecé a distinguir cotidianamente como el ser humano, aún las personas más férreas, aquellas con una personalidad inquebrantable, empezaban a dejar huellas de debilidad. Signos sutiles de vulnerabilidad. Algo tan simple y mínimo como aferrarse a la silla, acomodarse la camisa, frotarse el cuello, acomodarse el cabello o llevarse la birome a la boca; serían el indicio más sublime, aquella punta del iceberg de un gran estado emocional turbado. Son los manipuladores, gloriosos gestos con que la naturaleza nos dotó para demostrar que no somos omnipotentes, que tenemos falencias, dudas, que podemos equivocarnos, la fragilidad  de nuestro estado emocional, gestos que nos hacen más humanos.

¿Qué hacía toda esta gente con sus manos mientras hablaba, para dónde apuntaba la mano, qué hacían con sus dedos, con qué velocidad lo hacían, que fuerza les imprimían?, eh aquí a los ilustradores. Algunos muy similares otros tan distintos, mismo movimientos pero con tiempos y potencias diferentes…la conclusión: dos situaciones distintas. No era tanto el qué, sino el cómo.

Como quien practica el arte de la adivinación, me sentí en parte un extispice al desentrañar cada uno de esos movimientos. Cada día que pasaba, me azoraba de la cantidad de información nueva que absorbía de cada una de las personas con las que contactaba. Y al cabo de un tiempo, llegué a la conclusión que no importa la edad, la raza, la condición económica o cultural, todos estamos sujetos a esta programación genética con la que fuimos dotados, todos tenemos algo en común y que nos hace universales, e independientemente de la dicción, esa singularidad que nos hace parecidos es la capacidad de transmitir información por canales no verbales, poco convencionales hasta hace algún tiempo para mí.

Siempre han estado ahí y nunca los vi, los vi pero no los miré y si los miré no los entendí. Siempre fueron parte acompañante de nuestro argot. Y ahora, tiempo después ya con una mirada distinta de la realidad me pregunto si soy quién para extraer conclusiones de algo tan íntimo y personal de cada uno como es la libertad de expresión de cada ser humano. Una vez que se decide avanzar por el camino del conocimiento, no hay retorno, lo aprendido ahí está, disponible y sujeto a mi mirada escrutiñadora. También entendí que si bien son destellos de su verdadero sentir y pensar, son elementos que inconscientemente se nos brindan para entender y poder desarrollar la tan preciada empatía con nuestros interlocutores.

Hoy ya puedo verlos, están ahí al alcance de nuestra mirada. Veo a diario personas que en silencio piden a gritos expresarse, demostrar sus pesares, los veo y no los ignoro. Enriquecen la percepción y brindan todo aquello que en algún momento ansiamos poseer, la capacidad de leer a los demás.

Veo un mundo de tecnología conspicua pero de comunicación exigua. Veo gente ciega que ve pero no mira. Creo que es hora de recuperar nuestro milenario acervo cultural, la comunicación no verbal.

Por: Ignacio Pérez Fernández

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