La noche había avanzando mucho más allá de las once.

Lejos de ser silenciosa, se coloreaba estridente entre las luces del club nocturno de Sydney del que nacía una larguísima fila, tan popular era; un lugar común para ver a celebridades de todos los rincones del planeta.

Precisamente en ese instante, una limosina se detuvo justo al frente. Dos fornidos guardaespaldas se movieron con agilidad para abrir las puertas enfrentadas del vehículo, del cual emergió una figura espigada.

Bastaron tres pasos de aquel ser andrógino, con su corte de pelo en eléctrico mohicano, la piel negrísima que contrastaba con los ojos de pantera y un atuendo masculino descotado para que todos supieran de quién se trataba:

Grace Jones.

Aplausos. Besos al aire. Silbidos. Los pasos de la amazona jamaiquina eran seguidos a coro por todos los presentes. Ella, mostrando los blanquísimos dientes para demostrar su estatus alfa.

En eso, captó algo con el rabillo del ojo.

Un hombre.

Uno de los ‘gorilas’ que guardaba las puertas de aquel recinto; casi dos metros, una mandíbula digna de una estatua griega y ojos escandinavos.

Desde ese momento y durante los seis segundos que le tomó entrar al recinto, Grace no le quitó la mirada de encima. Hasta le telegrafió una breve sonrisa mientras pasaba justo a su lado. Él le devolvió otra; tímida, milimétrica, parcialmente oculta bajo el deber profesional.

Ya adentro, la actriz fue recibida por el dueño del local. Inmediatamente después del fugaz beso, la pregunta obligada:

—¿Quién es ese que tienes allí afuera?

Él no lo sabía pero tenía un coeficiente intelectual de 160, similar al de Albert Einstein.

A pesar de tener un padre extremadamente estricto que le golpeaba y le decía ‘perdedor’ con frecuencia, tuvo el temple de finalizar la secundaria en Suecia con calificaciones máximas; eso le dio la oportunidad de obtener una beca para estudiar ingeniería química en Estados Unidos.

Mientras tanto, desarrollaba su otra pasión: el karate. Se coronó campeón europeo en 1980 y 1981, justo antes de partir a Sydney para cursar una maestría allí. Para mantenerse, trabajaba como portero en un club nocturno donde Grace Jones le puso el ojo. No solo se convirtió en su guardaespaldas, sino en su amante… muy a lo Whitney Houston con Kevin Costner.

Parecía insólito que en un mismo hombre pudiesen coexistir dos cualidades tan extremas; científico brillante y artista marcial de categoría mundial. Pero siendo la propia Jones multifacética, lo invitaría a probar una tercera vía: La actuación. Convenció a los productores de la película de James Bond ‘A View to a Kill’ para que hiciera un papel mínimo, de menos de treinta segundos.

Pero para eso, tendría que renunciar a la beca Fulbright que le habían otorgado para continuar sus estudios nada menos que en el Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Le había dedicado más de un lustro a la química; pero la fuerza de atracción del mundo del espectáculo lo llamaba con un magnetismo imposible de ignorar.

Fue una decisión difícil.

Su padre se puso más furioso que nunca; la mayoría de sus allegados le decían que estaba loco. Tenía una prometedora carrera como académico, con un futuro asegurado en una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos.

¿Cómo podía poner a un lado todo eso?

No podía dejar de darle vueltas al asunto, y solo lograba evadirse del tema cuando Grace se lo llevaba de fiesta mientras vivían en Nueva York.

Quizá su epifanía ocurriría en el legendario Studio 54; estando distraído, sentado en uno de los rincones del icónico local, sintió que alguien se le acercaba de lado. Era un hombre con una cámara fotográfica; el pelo amarillo le caía como una cascada alrededor de la cabeza y tenía unos lentes de montura transparente. Después de accionar el disparador un par de veces, le preguntó:

—¿Y tú eres famoso de…?

—Eh… no, yo vengo con Grace. Con Grace Jones.

—Ah… vale. Sería interesante hacer una sesión con ambos. —dijo, ajustándose los lentes.

El fotógrafo era Andy Warhol, y la pregunta que le hizo en ese momento fue una chispa que le hizo reflexionar.

No tardaría en tener la respuesta que buscaba.

El 21 de noviembre de 1985, llegaba junto a Grace a un cine en Westwood; era el estreno de una película en la que logró un papel estelar como villano, para el que tuvo que superar a 5.000 candidatos y luego entrenarse físicamente hasta el límite durante seis meses.

Entró como el novio de Grace Jones y literalmente salió como una celebridad. Lo más insólito es que en toda la película pronunció menos de 50 palabras.

A partir de ese instante, tendría que acostumbrarse a que todo el planeta lo reconociera y se aprendiera su nombre:

“Iván Drago”.

(Aunque muy poca gente recordase que en realidad se llamaba Dolph Lundgren).

Todos tenemos más de un potencial; esto por una parte nos da cierta flexibilidad, pero también es posible que en ocasiones no estemos seguros de cuál es el camino que debemos tomar. Cuál de nuestras habilidades explotar, o cuál de nuestras debilidades mejorar. Principalmente, porque nuestro tiempo es limitado.

¿Cuántas veces hemos sentido que deseamos y anhelamos cosas que en realidad, no son lo que nosotros mismos queremos?

Constantemente vemos el éxito de los demás y nos fijamos lo mismo para nosotros, sin tomar en cuenta que en la mayoría de los casos, el camino que ellos han tomado fue una mezcla única de retos, circunstancias, fortalezas y deficiencias superadas.

Un diálogo hipotético:

—Oye, ¿Supiste que Fulano ha viajado a la India? ¡Qué gusto se ha dado!

—Bueno, ¿Y por qué nunca me habías dicho que querías ir?

—¿Qué dices? ¡Si ese país no me llama la atención para nada!

Esta conversación imaginaria puede ocurrir con muchos matices; por ejemplo, anhelar el éxito de un deportista (Cuando lo que verdaderamente te atrae es la ciencia), o mantener tu mente enfocada en el éxito de empresarios (Cuando en realidad lo que quieres es dar clases en la universidad).

Es comprensible que queramos seguir los pasos de otros, pues creemos que eso será más ‘seguro’. Pero el camino que debemos recorrer es lo suficientemente duro como para además, tratar de perseguir algo que no es lo nuestro.

(Tampoco estoy diciendo que perseguir lo ‘nuestro’ va a ser cosa fácil)

La parte más difícil es lograr definir qué es el éxito para nosotros mismos.

¿Lo tienes claro tú, o es parte de influencias externas?

Por eso es tan necesaria una sincera, sincera introspección.

A veces, leer este tipo de historias nos hace reflexionar.

¿Qué te parece tener una colección de historias a las que pudieses recurrir en caso de ‘emergencia’?

De eso se trata ‘El Salero de Churchill’, mi libro recopilatorio que acaba de salir en su segunda edición, con más anécdotas recargadas para que descubras tu propósito.

También son excelentes si quieres abrir un discurso o conferencia con una anécdota real.

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Léelo, y me cuentas.

¡Mucho éxito!

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute