Si no tienes la experiencia, más te vale tener convicción:

El silencio era el único acompañante de Robert Stigwood aquella noche.

Se encontraba solo en su oficina, revisando algunos documentos de la productora que dirigía cuando el cortante sonido del teléfono lo sacó de sus pensamientos.

Le dio dos fuertes aspiradas al cigarrillo, lo tiró en el cenicero y cogió el auricular.

“Stigwood, diga.” Su voz era seca y neutra como su semblante; un fuerte contraste con la voz aguda y nerviosa del otro lado de la línea.

– “Robert, esto es una porquería. Acaban de mostrarme la escena del baile. Es una porquería, se lo dije a Badham, y te lo digo a ti: Si va a ser de esta manera, no cuentes conmigo para la película.” La voz se quebraba entre furia y sollozos.

Los ojos del productor empezaron a moverse rápidamente mientras ataba cabos. Cogió de nuevo el cigarrillo descartado y le dio una aspirada aún más intensa que las anteriores, mientras se daba tiempo para responder.

– “Johnny, Johnny… cálmate chico, ¿Sí? ¿Puedes explicarme qué ocurre?”

– “Ocurre que llevo meses practicando esta coreografía. Sé exactamente cómo debe salir y cómo debe verse en pantalla, y este director tuyo no sabe cómo hacer los encuadres para que se vea bien”.

Stigwood se estrujó la cara mientras hacía otra pausa. Estaba acostumbrado a trabajar con toda clase de sujetos a los que los humos de la fama se les habían subido a la cabeza, y sabía que tenía que mantener la calma.

– “Hijo… quien te dirige tiene casi diez años de experiencia como director y productor. Tú tienes veintitantos años. ¿Qué harías tú en mi lugar?”.

– “Dejarme a mí hacer la edición de la escena, eso es lo que haría”, dijo la voz, esta vez más serena y segura.

La pausa fue aún más larga. El empresario se había jugado demasiado hasta ese momento como para además, enfrentar al director con la estrella.

Necesitaba a ambos.

– “De acuerdo. Voy a girar instrucciones para que te permitan editar una versión de la escena. Pero te advierto que luego vamos a compararla con la de Badham.”

– “Gracias”.

Colgaron el teléfono casi al unísono.

El joven logró hacer su versión de la escena, tal y como la había imaginado durante meses.

Y todos, incluso el director, estaban de acuerdo en que era la mejor versión.

El joven era John Travolta, en 1977.

La producción era “Fiebre del Sábado por la noche”, y la escena era el icónico baile en la discoteca.

Travolta había diseñado, practicado y perfeccionado cada instante de esa coreografía durante nueve meses. La había imaginado tantas veces que estalló en indignación al ver que el director había usado exclusivamente tomas que no permitían apreciar sus pasos.

Así que lo primero que hizo fue levantar el teléfono y descargar su frustración en Stigwood.

Travolta logró persuadirle porque sabía exactamente lo que quería.

Eso le dio convicción, y por eso su mensaje estaba impregnado con ella.

¿Moraleja? Es inútil que trates de aprender cualquier cantidad de estrategias para persuadir, si primero no defines exactamente qué es lo que quieres.

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2018-05-17T14:39:24+00:00