Steve estaba sentado en una de las sillas de la lavandería industrial.

El recinto estaba irregularmente iluminado, y en ese rincón tenía el privilegio de cierta media luz que le permitía dormitar unos minutos.

La universidad había estado especialmente pesada hoy; varios exámenes pendientes de corregir, una gripe incipiente por el incierto clima y el estrés de haber tenido que mudarse de la casa a un trailer.

Apenas tenían con qué vivir.

En ese momento, llegó el camión. Traía cientos de manteles de decenas de restaurantes de la ciudad; la tarea, aparentemente sencilla, era tomar los manteles y meterlos dentro de las gigantescas lavadoras.

Ahora, imagina los que venían de locales cuya especialidad eran mariscos, y habían pasado varios días antes de ser llevados allí. Literalmente, el olor era insoportable y era común que estuviesen llenos de larvas.

Igual, le tocaba hasta medianoche.

Una tarde, llegó a su casa. Su esposa había salido un rato a caminar, y se encontraba solo tratando de no pensar en el futuro.

Vio la máquina de escribir sobre la lavadora, la que era oficialmente su escritorio (Cuando no estaban lavando, claro está).

Se preguntó en ese momento si valdría la pena todo el tiempo que le había dedicado a escribir.

Aunque estaba absolutamente seguro de que quería vivir de la literatura, los planes no habían salido como pensaba.

Suspiró.

En ese momento, sonó el teléfono.

Con solo 26 años, igual le dolía el cuerpo por sus tres trabajos: la universidad, la lavandería y escribir al menos dos horas al día. Le crujió la espalda al levantarse.

Era uno de sus contactos en las editoriales.

“Steve, ¿Cómo estás? ¿Estás sentado?”.

“Sí, claro… dime, qué pasó”.

En realidad estaba de pie en la cocina, pero no estaba de humor para dar explicaciones.

“¿Recuerdas que nos enviaste el manuscrito de una tal Carrie?”

Claro que recordaba Carrie. La habían rechazado 30 veces. De hecho, la primera persona que la había rechazado era él mismo, que la había tirado en el bote de la basura estando a medio hacer. Su esposa se dio cuenta, la sacó, la leyó y le insistió en que la terminara.

“Claro, por supuesto. Carrie. ¿Qué pasó?”.

“Signet Books quiere comprártela por cuatrocientos mil”.

Steve pensó que era cosa del cansancio. El otro debió equivocarse. Seguro eran cuarenta mil, ¡Dios!, eso sería una bendición pues no tenían ni cien en el banco.

“¿Cuarenta mil dólares? ¿Es en serio?” El joven escritor sonaba emocionado y escéptico a la vez.

“No, no. Cuatrocientos. Cuatrocientos mil. Un cuatro seguido de cinco ceros. ¿Me escuchas bien?”.

Se le bajó la tensión.

“¿Cuatrocientos? ¿Qué dices?”

“Cuatrocientos”.

Tuvo que acercar una silla. Sintió una sensación muy rara en el estómago. No recuerda el resto de la conversación; solo sabe que al colgar, salió de inmediato a comprar una botella para celebrar con su esposa cuando regresara.

Después de cientos de miles de páginas escritas prácticamente desde que tenía uso de razón, el mundo conocería a Stephen King con la novela que él menos se esperaba.

Puede que en algún momento te asalten dudas sobre lo que quieres.

Que te enfrentes al dilema de preguntarte, una y otra vez:

¿Qué es exactamente lo que quiero?

Al mismo tiempo, te sientes en una encrucijada insoportable: el trabajo, tu carrera, la escuela, la paternidad, negocios, relaciones, intereses, inquietudes…

Lo único que logras cada día es reaccionar ante las situaciones diarias.

No logras pensar más allá de esta semana, y la mayor parte del tiempo no le encuentras sentido a las cosas que te ocurren.

“No sé lo que quiero hacer”.

“No sé si ésta es la carrera correcta”.

“No sé si quiero a esta persona”.

“No sé lo que quiero”.

Éstas son afirmaciones muy comunes que nos hacemos todos los días.

(Y te paralizan).

Cuando tienes un mar infinito de decisiones, suceden algunas cosas. Te sientes ansioso, sin rumbo y tienes una sensación abrumadora de agitación e inquietud.

¿Por qué?

Porque tienes tantas opciones y decisiones que tomar, que te congelas.

Te estresas por tomar la mejor decisión.

Intentas pensar en todos los resultados posibles.

Pasas semanas, meses, años pensando en la elección correcta.

Sólo para no tomar una decisión y posponer tus acciones un poco más.

Porque ¡Joder!, Dios te libre de tomar una decisión ‘equivocada’.

Te dicen hasta el cansancio que ‘debes fracasar’.

Lo has escuchado una y otra vez.

Pero quienes lo afirman, se les olvida advertirte de un ingrediente que es crítico.

Tienes que saber qué quieres.

Porque si no sabes lo que quieres, no vas a aprender absolutamente nada de tus fracasos.

Así que antes de comenzar una cadena de ‘fracasos exitosos’ como los de Thomas Edison, tienes que precisar qué es lo que quieres.

‘Sigo sin saberlo’, puede que respondas.

Por eso quiero que te hagas una pregunta sencilla (E independientemente si sabes lo que quieres o no).

La pregunta que debes hacerte es: “¿De qué estoy absolutamente seguro?”

No te concentres en lo que no sabes o en lo que desconoces.

Enfócate en lo que estás absolutamente seguro.

(Esto no quiere decir que no puedas aprender cosas nuevas; pero primero, debes saber a qué roca aferrarte en caso de que la incertidumbre vuelva a seducirte).

Así que saca un lápiz y un papel (Son unos utensilios que la gente usaba para escribir en la antigüedad), y escribe una lista que comience con la pregunta:

¿De qué estoy absolutamente seguro?

Algunos ejemplos de cómo puede verse tu lista…

Estoy absolutamente seguro de que quiero viajar a varios países
Estoy absolutamente seguro de que quiero empezar un negocio
Estoy absolutamente seguro de que no veo un futuro con mi pareja
Estoy absolutamente seguro de que este trabajo me está matando
Estoy absolutamente seguro de… 

No importa lo insignificante que pueda parecer lo que te viene a la mente. Si estás absolutamente seguro de que detestas el helado de pistacho, escríbelo.

No abrevies la primera parte de las frases, aunque sea la misma; escríbela una y otra vez, con calma y a conciencia.

Deja, por unos minutos, el frenesí del mundo exterior.

Dato importante: Cuando sientas que se te están acabando las opciones, para. Por ejemplo, cuando tengas que pensar más de treinta segundos en el próximo ítem.

Detente y guarda la lista.

Déjala reposar uno o dos días.

Cuando la vuelvas a sacar, toma UNO SOLO de los ítems y haz una lista basándote solo con él.

Por ejemplo, si escoges ‘Estoy seguro de que quiero empezar un negocio’, podrías crear ramas tales como…

Estoy absolutamente seguro de que no quiero que sea de comida
Estoy absolutamente seguro de que tiene que ver con software
Estoy absolutamente seguro de que…

Una aclaratoria importante.

No sé qué día leas esto; no importa.

Pero el día de hoy, en este momento, tú eres una ‘instantánea’ de tu vida.

Un pestañeo en el tiempo.

Tienes ciertas características, cierta experiencia, ciertos anhelos y miedos.

¿Son los mismos de hace diez años? para nada.

Tampoco serán los mismos de aquí a un año.

¿Cuál es la idea? lo importante es que desde el primer día, vivas en función a eso de lo que estás absolutamente seguro HOY.

Que comiences la empresa que tenga que ver con software. No lo dejes para mañana; quizá te des cuenta a los seis meses que tienes que cambiar el enfoque.

Pero mientras más rápido comiences, antes sabrás cómo ajustar el curso.

¿Sabes qué es lo más divertido?

Que de lo único que deberías estar absolutamente seguro es que tu lista va a cambiar a lo largo del tiempo.

Tu tarea es lograr que la lista evolucione lo suficientemente rápido; tan rápido o más, de lo que cambia el mundo a tu alrededor.

Empieza por concentrarte en lo que sabes con certeza.

Me cuentas.

Mucho éxito,

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

P.D. De lo que yo sí estoy absolutamente seguro es que ‘Lenguaje Corporal en 40 Días’ transformará tu manera de verte a ti mismo, a comprender a los demás y desarrollar tu inteligencia emocional a límites que ni siquiera conoces. Tanto es así, que tienes un año completo garantizado. Averigua más enhttp://lenguajecorporal40dias.com