La sed de venganza le convirtió en una leyenda:

  • Demostenes - Historia

Las ganas de llorar eran demasiado fuertes.

El pecho le dolía de lo hundido que lo tenía, más hundido que de costumbre debido a su débil complexión; todos los muchachos se reían de él, por su incompetencia y torpeza en la clase de atletismo; una de las disciplinas más valoradas en la Atenas del siglo IV Antes de Cristo.

Enjuto y con la cabeza baja, el huérfano salió corriendo de allí; su velocidad solo superada por su frustración.

Cuando se encontró solo, rompió a llorar; drenaba su rabia a gritos.

Gritos que marcaban el dolor de haber perdido a su padre a los siete años. La injusticia de haberle sido robada toda su herencia por parte de sus tutores. La impotencia de haber nacido enfermizo, débil y tartamudo.

Y el dolor de sentirse solo.

No tenía a nadie, ni nada; solo a sí mismo.

Su única posesión era una pesadísima sed de vengarse de quienes le habían robado lo que le pertenecía por derecho.

Pero para recuperarlo, tendría que llevar el caso a un juicio.

Era el único propósito que podía ocurrírsele en ese momento, cuando ni siquiera había alcanzado la pubertad.

Presentaría él mismo su caso.

Pero para eso, tendría que prepararse primero.

Encerrado en el refugio subterráneo que había creado para entrenarse a sí mismo sin ser visto para no ser objeto de burlas, pasaba cada día. Para asegurarse de no distraerse saliendo al exterior, se rapó la mitad de la cabeza; si salía se ganaría aún más burlas.

Se llenaba la boca con guijarros, obligándose a hablar pronunciando perfectamente para poder hacerse entender. Controlaba conscientemente cada una de las sílabas que salían de su boca, para vencer la tartamudez que le agobiaba.

Logró hacerse con un espejo de cuerpo entero, para practicar su expresión corporal; una y otra vez, repasando cada gesto, cada postura, cada pausa.

Para vencer las limitaciones de su defecto respiratorio, recitaba la mayor cantidad de versos posibles en una sola bocanada de aire, hasta quedar blanco como la cal. Recuperaba el aliento, y se obligaba a hacerlo otra vez.

Y otra.

Y otra más, hasta que el cuerpo le dolía durante días por el esfuerzo.

Cuando su capacidad pulmonar ya había alcanzado el nivel de un muchacho normal, comenzó a practicar sus discursos mientras corría, colina arriba, forzándose a mantener el volumen, la dicción y el aliento.

Una vez arriba, apuntaba tan lejos como podía y proyectaba su voz con toda la fuerza de su espíritu, con cada hebra de voluntad, con la última brizna de oxígeno, hasta que la garganta no le daba más.

Así pasó casi diez años.

Todos los días, semanas, meses.

Solo.

Llegó la oportunidad de demostrar cuánto le había servido los años de arduo entrenamiento.

Su primera aparición en público, defendiendo su caso ante el juzgado. Iba a demostrar que había sido despojado injustamente de su herencia.

Su momento para brillar: su renacimiento.

¿Cómo fue esa primera experiencia?

Catastrófica.

Se rieron de él. Lo abuchearon. Le gritaron que no servía para hablar; sus tutores, una vez más, se burlaron de él.

Por supuesto, se sintió en ese momento de la mierda; no hay otra palabra.

Pero la aflicción le duró solo dos días.

Entonces, analizó racionalmente lo que había ocurrido: no solo era necesario hablar con propiedad y potencia- también el contenido tenía que ser imponente.

Así que comenzó a escribir discursos; al principio, patéticos como su propia estampa.

Pero acometió la práctica de la escritura con tanto o más ahínco que su capacidad vocal.

Meses después, de nuevo expuso su caso en público; adivina que pasó.

Perdió el caso de nuevo.

Otra vez, lo tildaron de payaso, de patético fraude.

Más días oscuros.

Más lágrimas, más amargura.

Tocó fondo: supo que sus tutores se habían gastado prácticamente toda la fortuna de su padre; aunque ganara el caso, ya no tendría su dinero, de todas formas.

¿Eso te habría desanimado, o te habría motivado aún más?

En su caso, su sangre hirvió al punto de casi explotar de la tensión.

Todo su ser se concentró en una sola cosa: la Justicia. Demostrar que él tenía la razón. Demostrar que su causa era justa.

Demostrar que era digno de la memoria de su padre.

Finalmente, y con 20 años, se enfrentó por tercera vez a sus usurpadores.

Dio todo lo que tenía.

Absolutamente todo.

Tal fue la fuerza de su argumento, la confección de su discurso, la gallardía de su actitud y la potencia de sus palabras, que lo logró: ganó el caso.

¿Cuánto dinero le habían dejado? prácticamente nada.

Pero en ese punto ya no le importaba.

Era otro hombre; había nacido una leyenda de la oratoria.

Y ganar ese juicio había sido el primer paso; inmediatamente llamó la atención de las figuras más poderosas de Atenas por sus habilidades en oratoria.

Solo era el comienzo.

En el 354 AC, se encontraban casi 6000 hombres congregados en el Pnyx, el lugar donde se reunía la Asamblea Ateniense; estaban sedientos de responder con armas a las continuas amenazas de Persia. Si lo hacían, sería un caudal de sangre nunca antes visto.

Había que persuadirles de alguna forma.

Una figura se subió a la piedra central. Un hombre de apenas treinta años, cuya voz resonaba en el lugar como el rugido de un león. Un hombre que manejaba las palabras como quien es capaz de controlar al trueno.

Un hombre que los convenció de evitar una guerra innecesaria, solo con el poder de su oratoria y la persuasión de sus argumentos.

Fue el primer discurso de Demóstenes en la Asamblea.

Y aunque no fue una de las mejores muestras de sus habilidades, cumplió con su cometido.

Pero siguió entrenando, practicando, mejorando continuamente, día tras día.

Hoy, es considerado el orador más grande de todos los tiempos.

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El tiempo sigue corriendo. Los días pasan.

Toma una decisión,

Jesús.

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2018-08-23T07:51:35+00:00

About the autor:

Jesús Enrique Rosas
Director del Knesix Institute. Consultor en Negociación y Lenguaje Corporal. Para conferencias y consultas, contactar a través de Linkedin.