La soledad se ha vuelto una epidemia.

(Y eso que estamos más conectados que nunca).

Quienes estudian los fenómenos psicosociales, apuntan como causas a la desintegración de los lazos familiares y comunitarios, nuestra migración a las ciudades, la televisión, los móviles y mucho más.

Pero más allá del mero aislamiento, un factor crítico que generalmente pasamos por alto es que vivimos en un mundo de creciente complejidad cultural.

Hace 200,000 años nos organizábamos en pequeñas tribus nómadas. 

Quizá existieran ligeras diferencias genéticas entre tú y tus amigos, así como los miembros de su familia; pero en general, debido a la cultura simple y uniforme en la que vivíamos, todos éramos bastante similares.

Compara eso con nuestro mundo actual.

Cada cultura del mundo es accesible en cualquier momento del día; el nivel de conectividad que tenemos significa que hay una mezcla y combinación que crea una inmensa diversidad en cada uno de nosotros.

¿Cuáles son las consecuencias?

La formación de nuestro yo, nuestra identidad, a medida que crecemos en un mundo así nos hace sentirnos muy diferentes de todos los demás.

Ya no estamos en nuestra pequeña tribu local; ahora compartimos en línea con todo el mundo.

Cuando alguien crea un clan de Fortnite y se unen miembros de cinco continentes, aunque todos compartan un interés común, cada uno de ellos tiene una cultura muy diferente a la de los demás.

Así que no solamente nos sentimos muy distintos de las personas con las que compartimos en línea, sino que además esas interacciones son muy superficiales.

Y esa superficialidad las transferimos a nuestras interacciones cara a cara.

Si bien la soledad puede ser un producto del aislamiento, el tipo de soledad que sentimos hoy tiene más que ver con el hecho de que nuestra cultura moderna nos ha separado, más que acercarnos.

En la ‘Aldea Global’ podemos pensar que es más fácil agruparnos con quienes son similares a nosotros, pero ¿Estas similitudes son en función a pasatiempos y series favoritas, o una identificación más profunda?

Lo cierto es que genéticamente seguimos siendo muy parecidos a nuestros antepasados de hace cientos de miles de años, pero cada vez nos es más difícil precisar nuestra verdadera identidad:

Saber a qué tribu pertenecemos.

Hago una pausa para citar a Fyodor Dostoievski, en su novela Los Hermanos Karamazov:

“Por encima de todo, no te mientas a ti mismo. El hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir la verdad dentro de él, o alrededor de él, y por lo tanto pierde todo respeto por sí mismo y por los demás».

Reflexiona sobre esta idea un momento.

Para poder relacionarnos con personas de otras culturas y otras latitudes – que por supuesto, puede ser una oportunidad muy fructífera – generalmente debemos poner a un lado nuestras diferencias y encontrar puntos en común.

(Por ejemplo, Fortnite).

Pero la verdadera conexión entre dos personas no se da cuando encuentras una o varias similitudes, sino cuando cada uno expone sus diferencias y el otro las acepta e incluso investiga un poco más sobre ellas.

Recuerdo una frase erróneamente atribuida a Kurt Cobain, originalmente acuñada por el escritor Elbert Hubbard:
«El verdadero amigo es quien lo sabe todo sobre ti, y aún así sigue siendo tu amigo».

Piénsalo.

El hecho de que todos seamos ‘más únicos’ hoy gracias a esta mezcla de culturas, no es malo en sí; de hecho, puede llegar a ser hasta genial.

El problema es cuando comenzamos a sufrir una hiper-fragmentación de nuestra identidad.

Explico:

Tú eres una persona diferente en el hogar, que en tu trabajo.

(O al menos, la actitud es distinta).

Eres una persona diferente en una subcultura de tu vida (por ejemplo, un club de lectura), que en otra (aficionado a una liga de fútbol amateur que juega los domingos).

Debido a las diversas normas sociales, tenemos que ocultar algunas partes de nosotros mismos frente a ciertas personas y en ciertos lugares, lo que, de nuevo, no es en sí mismo un problema.

(Posiblemente eres el único que combina lectura y fútbol).

Pero cada una de esas facetas se construyen y evolucionan independientemente unas de otras, lo que lleva a una cantidad de fragmentos que no se integran entre sí.

A la gente del trabajo les hablas en ‘modo trabajo’. Con las del club de lectura compartes tus inquietudes literarias, y con el equipo de fútbol te desahogas compitiendo sanamente.

Pero en cada uno de esos escenarios, estás mostrando solo un fragmento de tu ser.

Una verdadera conexión con alguien ocurre cuando le muestras parte de lo que ocurre detrás del escenario, así como ellos te muestran parte de lo que ocultan a todos.

Intercambian defectos y diferencias. Preocupaciones y opiniones. Puntos de vista y actitudes.

Desafortunadamente, la modernidad hace que esto sea muy difícil con sus diversas y complejas normas, a pesar del hecho de que ahora estamos conectados (superficialmente) todo el tiempo.

Si no trabajamos activamente para reconciliar nuestras diferentes partes en un todo cohesivo e integrado que exponemos al mundo, en completa verdad y honestidad, entonces seguiremos sintiéndonos solos aún estando conectados de forma perpetua.

Aquí viene la parte delicada:

Antes de aceptar la compañía y la conexión de otra persona, primero debes esforzarte para aceptarte a ti mismo.

La ironía aquí es la siguiente: necesitamos cierto aislamiento y soledad para desarrollar nuestra autoconciencia y comprender qué está ocurriendo bajo la superficie: reconocer esa parte que no le mostramos a los demás (y con frecuencia nosotros mismos olvidamos).

Hoy, todos somos producto de una combinación infinitamente compleja de culturas; añádele nuestra conexión perpetua con el mundo y entenderás por qué nuestra atención se mantiene en constante ebullición y no permite que las aguas de nuestra conciencia se tranquilicen al menos quince minutos.

Así es imposible llegar a saber quiénes somos.

En este sentido, la soledad es un regalo: Te permite verte a ti mismo cuando no estás bajo la influencia de otros, o de las circunstancias.

La soledad te brinda la oportunidad de observar objetivamente cómo las diferentes partes de tu identidad entran en conflicto entre sí.

Te das cuenta de que poco a poco, has dedicado cada vez más tiempo a cultivar tu ‘marca’ pública, sin considerar a la persona que está detrás de esas apariencias.

Tu verdadero yo, ése que te esfuerzas tanto por ocultar, a veces se queda esperándote por semanas o meses.

Y tú te preguntas el por qué de esa sensación de soledad.

Es insólito darte cuenta de que para no sentirte solo, debes aprender a ‘usar’ la soledad: en ella, comienzas a respetar y valorar lentamente a la persona real que está debajo de tus máscaras públicas, ya que la ruta más corta para vivir constantemente frustrado es ser deshonesto contigo mismo.

Por eso, nos sentimos solos cuando nos escondemos de nosotros mismos y no nos esforzamos por conocernos… y creemos que la solución es agregar conexiones superficiales a nuestras vidas.

Ya tienes algo en qué pensar:

Descubrirte a ti mismo y convertirte en quien ya eres.

Cuando gustes, podemos hablar sobre esto.

Mucho éxito,

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

P.D. Mi cruzada para cultivar una verdadera comunicación más plena e íntima entre nosotros sigue adelante; si quieres unirte para impartir nuestros talleres presenciales de lenguaje corporal y persuasión, y otorgar certificaciones en nombre del Knesix Institute, puedes aprovechar la oportunidad de un 86% de descuento en «Lenguaje Corporal en 40 Días», visitando este enlace:http://lenguajecorporal40dias.com