Una de mis principales tareas profesionales, como formador en oratoria, es que mis estudiantes tengan consciencia de que una presentación es un acto de comunicación.

El hecho de que el ponente no tenga un feedback verbal de la audiencia, por ejemplo, contribuye a que este olvide que ha de existir bidireccionalidad para que haya conexión. Y no tener información de qué está pasando por la mente del público es uno de los mayores desestabilizadores para cualquier ponente ya que aumenta su estrés escénico.

Por su parte, la audiencia, que está en un rol muy pasivo, tiene tiempo extra para observar, analizar y empatizar (o no) con su ponente. Además siente la necesidad de evaluar la autoridad del ponente para pasar el mensaje por ese filtro. Por lo que el texto -lo verbal- no será suficiente para la audiencia.

En este escenario, es evidente que la comunicación no verbal tiene un peso enorme y que debe tenerse en cuenta no solo en el momento de exponer, sino desde la propia preparación.

El lenguaje corporal del ponente

El ponente tiene la misión de influir estratégicamente en su audiencia para conseguir su objetivo. Ya sea vender, persuadir o despertar consciencias. Como nos cuenta ya Aristóteles en su retórica clásica, un discurso bien construido y coherente no es suficiente para conseguir el objetivo. Más allá de los recursos gramáticos, del lenguaje y de la lógica, se encuentra el impacto emocional. Y es imprescindible una coherencia de lo verbal con lo no verbal en este ámbito.

Pongamos como ejemplo un director que está explicando lo crítico de una situación en la empresa. Pretende movilizar a su plantilla adormecida para que den el máximo de energía respondiendo a la urgencia de la crisis. Utiliza palabras con fuerte carga emocional para que le ayuden a generar ese impacto: crítico, urgencia, problema, riesgo, necesidad, peligro, fuerza, remontar, sudor, reaccionar, despertar, impacto, terremoto, derrumbe…

Sin embargo, su lenguaje corporal nos cuenta otra cosa. Postura relajada, hombros descolgados, manos caídas, mirada serena, barbilla apuntado al pecho. Recostado en un taburete. Y todo ello acompañado de una voz grave, lenta, de volumen bajo.

Esta contradicción entre el lenguaje corporal y paraverbal con respecto a lo verbal por seguro va a confundir a la audiencia. Estratégicamente, no va a conseguir insuflar esa energía extra que pretende, ya que por mucho dramatismo que incluya el texto, la comunicación no verbal no le acompaña.

Querríamos ver a un ponente erguido, con cierta tensión, que levanta la cabeza y mira directamente al público. Queremos ver que se acerca y se inclina hacia su audiencia, apelándola directamente. Necesitamos ver rabia y preocupación en su expresión facial. Necesitamos ver que sus manos gesticulan enérgicamente. Y necesitamos que nos provoque con una voz más aguda, más rápida y de volumen alto. Porque de eso va el mensaje, de excitarnos para que saquemos el coraje y el esfuerzo ante una situación crítica.

Pero hay un ingrediente más en ese triángulo aristotélico que la lógica y la emoción. Uno que puede desmontar hasta el orador más entrenado: la autoridad. ¿Quién eres tú para hablar de esto? ¿Por qué tengo que creerte?

Y es cierto que en la presentación que se haga de un ponente, sus méritos, sus cargos o sus logros profesionales van a contribuir en la construcción de esa autoridad. Pero, de nuevo, las palabras no son suficientes.

La imagen es un elemento de comunicación no verbal clave: la ropa, los colores, los peinados, las gafas. Todo ello dibuja una identidad que encaja o no encaja con lo que la audiencia interprete como “persona ideal para hablar de este tema”. Nos guste o no -con mayor o menor lógica- a un representante patronal se le supone una imagen diferente que a un representante sindical.

Pero, más allá de esa primera imagen, existen elementos del propio lenguaje corporal que inciden en la autoridad de esa persona.

Cuando las personas se sienten con ganas de marcharse de escena, se encogen en un rincón. Centran su mirada en la pantalla para no afrontar la mirada del público. Mueven sus pies descontroladamente. O caen exageradamente en los gestos de autoconsuelo al frotarse manos, dedos, orejas o cabello, por ejemplo.

Una postura sumisa, defensiva, la vamos a relacionar con miedo, con inseguridad y baja autoconfianza. Todo un boicot a la autoridad. Nada peor para defender una idea.

Para que la idea cale en la audiencia, para que no se ponga en duda, es importante que la comunicación no verbal la soporte demostrando pasión, convicción y seguridad. Asumir el protagonismo desde el centro de la escena (no a un costado de la pantalla) con una postura firme que demuestre control corporal y contactando visualmente con el público.

A fin de cuentas, la influencia que tratamos de generar de forma unívoca desde la distancia de un escenario solo la conseguiremos pasando por una sólida coherencia del lenguaje corporal con la estrategia comunicativa.

El lenguaje corporal de la audiencia

¿Y mientras? Mientras el buen orador trabaja para lanzar un mensaje con impacto emocional y destilar autoridad, estará observando el feedback que le envía la audiencia.

La audiencia no habla. Pero comunica. Envía señales que hay que poder leer para redirigir el discurso si este no está produciendo el resultado esperado. Y probablemente la iluminación, la distancia, o simplemente la concentración en el discurso, no van a permitir detenerse en las referencias de los microgestos. Pero sí que se puede atender a elementos más visibles, desde su postura en la silla a la dirección de la mirada.

Aún así hay que tener cuidado con esa lectura y saber identificar qué otros elementos pueden estar ejerciendo influencia: la comodidad de las sillas, el momento del día o la temperatura de la sala sin ir más lejos.

En definitiva, si consideramos la presentación en público como un acto de comunicación, es imposible dejar de lado el lenguaje corporal. Si lo hiciéramos estaríamos renunciando al control de un gran porcentaje de la propia comunicación. Y eso implica renunciar al éxito de esa comunicación.

Por: Iván Carnicero. Puedes contactarle en Linkedin:  (http://es.linkedin.com/in/ivancarnicero/) o conocer un poco más sobre su proyecto: (http://speakerslab.es).