Nunca estarás totalmente preparado para una oportunidad así:

Lunes en la mañana, junio de 1987.

Jerry Kaplan estaba sentado afuera de una sala de reuniones, esperando el turno para hablar sobre su idea: un dispositivo que fuese no más grande que la mano, con el poder de organizar contactos, teléfonos, agenda y notas, con un pequeño lápiz que reconociera la escritura.

Mitch Kapor, un amigo en común, le había conseguido la reunión con John Doerr, responsable del financiamiento de empresas legendarias como Sun, Compaq y Lotus.

Doerr le había dicho por teléfono, días antes: “¿Por qué no te pasas el lunes y hablamos con algunos colegas de la firma?”

“De acuerdo”. Jerry recuerda que la voz del ejecutivo sonaba muy cálida y amable, hasta amistosa; contrastaba con todas las veces que Mitch le había repetido, una y otra vez, “¿Estás totalmente seguro de que estás preparado para presentar tu idea?”.

“Sí, claro, ¿Por qué no iba a estarlo?”, era la respuesta siempre.

Jerry confiaba más en cómo había sonado Doerr al teléfono; seguramente sería una charla ligera, con uno o dos colegas más, barajando las posibilidades del proyecto.

Lo que Jerry no sabía, ni siquiera a pocos minutos de entrar, era que para las empresas de inversiones los lunes en la mañana son el equivalente a los domingos para el Vaticano; es el día en el que los socios de estas firmas se reúnen para revisar las propuestas de potenciales inversiones. Si no les es posible hacerlo en persona, lo hacen por videoconferencia o hasta por teléfono. Pase lo que pase, estas reuniones se respetan con el rigor de la mafia siciliana.

Una invitación para hablar un lunes en la mañana era una oportunidad realmente inusual; un honor, por decirlo así.

La puerta de la sala de reuniones se abrió, y uno de los socios salió dejándola abierta. Adentro, un hombre de mediana edad terminaba su presentación. Estaba vestido con un traje azul marino impecable, con una corbata roja sujetada por un pisacorbatas dorado. A sus espaldas se proyectaba una presentación con un diseño espectacular. Sobre la mesa, descansaba el prototipo de un tablero integrado.

A pesar de ostentar esta imagen impactante, estaba visiblemente nervioso. Respondía las preguntas de los socios a toda velocidad y tratando de mantener la compostura, pero tenía la frente perlada por el sudor.

En ese momento, Jerry sintió que se le helaba la sangre.

Se había ido con una chaqueta deportiva, con el cuello de la camisa abierto. Lo único que traía consigo era un minúsculo bolso de mensajero marrón, en el que tenía una libreta y una pluma.

No tenía plan de negocios.

No tenía diapositivas.

No tenía gráficos, ni proyecciones financieras, ni prototipos.

“Gracias. Te dejaremos saber nuestra opinión en una semana más o menos”, dijo uno de los socios. El presentador recogió sus cosas y se marchó en silencio.

El cerebro de Jerry trabajaba a toda velocidad.

Era su turno, aunque no le habían llamado aún. No tenía nada que mostrar; ni siquiera se había preparado para hablar formalmente del proyecto.

Estaba a punto de hacer el ridículo ante la firma de inversionistas de tecnología más sólida del país.

“Kaplan, sigues tú.” Doerr estaba en la puerta, haciéndole señas para que entrara.

Tenía la mente en blanco y la garganta seca. Estaba a punto de entrar en pánico.

Una vez adentro, Doerr hizo una breve introducción de Jerry, haciendo referencia al interés de Mitch Kapor en el proyecto que venía a proponer.

Entonces, la sala se quedó en silencio.

Los nueve hombres se le quedaron viendo, esperando a que abriera la boca.

Los segundos parecían horas.

Jerry esperó unos segundos para comenzar a hablar, para aparentar gravedad y autoridad. Pero lo cierto es que todavía estaba buscando en su cerebro una estrategia para hacerlo.

Entonces, se le ocurrió.

Recordó que durante la defensa de su doctorado, se había dirigido a un público similar: Tenía enfrente a quienes ostentaban el poder de evaluarle y decidir, pero Jerry tenía el conocimiento; lo mismo ocurría aquí. Había investigado y tenía mucha más experiencia que cualquiera de los presentes, así que la idea era enfocar la discusión en las áreas que dominaba.

Por fin comenzó a hablar:

“Caballeros, probablemente piensen que ya no existen más formas de hacer dinero con las computadoras. La competición es brutal. Pero estoy aquí para sugerirles la posibilidad de que las computadoras tal y como las conocemos hoy, no sean la forma ideal ni más útil de todas. Creo que un nuevo tipo de computador, más parecido a una libreta que a una máquina de escribir, ayudará a profesionales como nosotros cuando no estemos en nuestros escritorios”.

Continuó describiendo las características de su proyecto, hasta que llegó a la frase central de su improvisado discurso:

“Si tuviese conmigo una laptop, lo sabrían de inmediato. Pero quizá no se hayan dado cuenta de que estoy sosteniendo un modelo del futuro de las computadoras, aquí mismo”.

Entonces tomó el pequeño bolso marrón y lo lanzó en el medio de la mesa.

“Caballeros, éste es un modelo del próximo paso en la revolución de las computadoras”.

La sala estaba en silencio.

Todos veían el pequeño estuche marrón en el medio de la mesa.

Jerry estaba seguro de que estaban a punto de echarle de allí.

Uno de los socios alcanzó lentamente el objeto e hizo la primera pregunta:

“¿Cuánta información podrías almacenar en una cosa tan pequeña?”

Doerr no dejó que Jerry respondiera: “Eso es lo de menos. Los chips de memoria se hacen cada vez más pequeños todos los años”.

Otro socio añadió: “Pero ten en cuenta que el reconocimiento de escritura podría requerir mucho más espacio”. recibiendo una respuesta desde el otro lado de la mesa: “Eso no le preocupa a John. Total, ¡Nadie entiende lo que escribe!”

Todos se echaron a reír.

Continuaron aportando observaciones e ideas sobre el proyecto. Jerry nunca se habría imaginado que lograría convertir esa reunión tensa en un intercambio amistoso y optimista. En eso, uno de los socios pidió orden y se dirigió a Jerry:

“Una última pregunta: ¿Cuáles son tus objetivos personales con este proyecto?”

Jerry se aseguró de hablar lentamente: “No estoy en esto para probar que soy listo o que puedo llevar una gran compañía. Creo que tengo cuatro objetivos: Primero, crear un producto de verdadero valor para las personas. Segundo, proveer un retorno de inversión por encima del promedio. Tercero, crear un ambiente de trabajo estimulante para mis empleados.”

“¿Y cuál es el cuarto?”

No se le ocurría cómo cerrar todo lo que había dicho hasta ese momento. En eso, vio a un lado de la sala una mesa con refrigerios. “Cuarto, no tener que preocuparme por comida durante los próximos cuatro años”.

La ocurrencia le sacó una sana carcajada a la mayoría.

Finalmente, Jerry Kaplan obtuvo el capital necesario para iniciar su startup. A pesar de no haberse preparado para una presentación crítica.

¿Cuál es la moraleja de esta historia? que siempre tienes mucho más que ofrecer de lo que te imaginas.

Puede que te sientas intimidado en ocasiones. O que creas que no tienes la preparación suficiente.

Pero quienes han hecho grandes cosas, han confiado en lo que tenían en ese instante en el que tuvieron que brillar, sí o sí.

¿Asumieron retos que les obligaron a crecer? Sí.

Ésa es la idea.

Por eso te digo: no te frenes porque no te sientes ‘totalmente preparado’ para hacer algo.

Porque esa inseguridad carcome y te hace perder mucho tiempo y oportunidades, esperando hasta ‘asegurarte’ de que tienes todo lo que crees que necesitas.

Y mientras el tiempo pasa, otros ya se te han adelantado.

Mi recomendación es: no esperes más.

Y recuerda que yo puedo ayudarte a convencer a tus clientes, a tus empleados y a tus inversionistas.

Solo tienes que escribirme.

Espero tu mensaje; mucho éxito,

Jesús.

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2018-07-07T20:03:51+00:00