Nos cautivó con una novela inspirada en un padre que nunca conoció:

El sol seguía calentando las arenas de Egipto, a pesar de ser las últimas horas del atardecer.

El grupo de beduinos se había reunido al pie del valle; tras ellos, un puñado de soldados franceses, amarrados por las muñecas y visiblemente agotados.

Allí se sentaron a esperar.

Menos de una hora después, se perfilaba un pequeño escuadrón de jinetes en la lejanía. A medida que se acercaban, los nómadas comenzaron a detallar uno de ellos, quien iba al frente y aún a esa distancia destacaba por su tamaño.

Cuando estuvieron a un tiro de piedra, los caballos se detuvieron; el que iba a la vanguardia desmontó y comenzó a caminar hacia ellos.

Nunca habían visto a un hombre tan grande.

Debía medir fácilmente dos metros y su complexión era la de un gladiador (Aunque los beduinos nunca hubiesen visto uno).

Cuando estuvo frente a ellos, la mole dio a entender que entregaba el rescate solicitado por los truhanes; los soldados captivos fueron liberados y mientras iban caminando para reunirse con sus colegas, uno de los beduinos dijo:

“No sabíamos que usted era tan… grande, Monsieur Bonaparte”. Acompañó la frase con algunos gestos toscos con las manos, dando a entender tanto su altura como su hercúleo cuerpo.

El otro se disculpó y aclaró:

“No… comete un error. Yo no soy Napoleón Bonaparte; soy solo uno de sus oficiales”.

“Pues usted tiene la pinta de ser quien manda allí”.

Todos se rieron, menos el oficial que ni se inmutó. Se despidió cortésmente y regresó con su escuadrón al campamento.

Por supuesto, la anécdota llegó a oídos del propio Bonaparte.

Y aunque el oficial era uno de sus líderes más aguerridos y destacados, desde ese día cultivó un irracional odio hacia él.

Pocos meses después y por azares del destino, el oficial fue apresado por fuerzas enemigas y aislado con apenas pan y agua durante dos años.

Cuando fue liberado, regresó a Francia; allí no entendió por qué el gobierno le negaba la pensión que le tocaba como oficial destacado.

Le escribió a Bonaparte decenas de veces, solicitándole ayuda.

Nunca obtuvo respuesta.

Fueron cinco larguísimos años desviviéndose por mantener a su familia al borde de la pobreza, hasta finalmente fallecer en 1806.

Su pequeño hijo aún no tenía uso de razón, pero algún día conocería en detalle los logros de su padre.

Alejandro creció totalmente desinteresado en los estudios; no había nadie que lograse encaminarlo por el camino recto de la educación y las buenas maneras.

Era más el tiempo que pasaba no haciendo nada, que cualquier cosa que estuviese relacionada con el colegio. Su madre lo amaba, pero a la vez lamentaba no tener el carácter suficiente para imponerle las responsabilidades que todo joven necesitaba aprender.

Eso fue hasta los 16 años, cuando Alejandro conoció al hijo de un noble parisino quien le abrió los ojos a las luces de la capital.

Hablaban hasta altas horas de la madrugada sobre la farándula de la época; los actores, actrices, eventos…

De pronto, en Alejandro se despertó una chispa.

En él nació un profundo interés por las obras teatrales; pero no tanto para sentarse a verlas, sino para crearlas. En esas largas conversaciones surgieron decenas de historias inventadas que el joven se dedicó febrilmente a plasmarlas en papel, sin saber exactamente por qué.

A los 23 años estrenaría su primera obra de teatro en París.

A partir de ese momento estuvo absolutamente seguro de que esto era lo que quería hacer; de inmediato, buscó a todo aquel que pudiese servirle de mentor, estímulo, motivador, inspiración.

Y no paró de escribir.

Fue uno de los guionistas teatrales más prolíficos de Francia.

Sin embargo, la historia de su padre seguía pulsante en lo más profundo de su alma de tantas veces que la había escuchado e incluso leído. Cómo se había convertido en uno de los líderes militares más destacados de Francia; cómo era capaz de someter ejércitos que duplicaban en hombres al suyo; cómo se había ganado toda clase de distinciones por su gallardía.

De allí que poco después de cumplir cuatro décadas, se dedicó a escribir una historia inspirada en ese guerrero que nunca conoció, y que fue apresado y oprimido injustamente.

Pocos años después, publicaría “El Conde de Montecristo”.

“El Conde de Montecristo” de Alejandro Dumas es una de mis historias favoritas; el hombre injustamente apresado que logra resistirse durante años a resignarse, cuando al fin logra ser libre.

La enseñanza más importante de esa historia es la celda donde Edmundo Dantés, el protagonista, pasa todo ese tiempo.

Él no entendía por qué se encontraba encerrado allí, injustamente.

Pero después de años de encontrarse en ese trance y a punto de perder toda esperanza, consiguió a un compañero de celda que se convirtió en su mentor.

Así, incluso sin tener muchas esperanzas de abandonar esa cárcel, se dedicó a aprender, a formarse y a superarse cada día a sí mismo; sin tener ningún tipo de aliento de nadie, pues estaba totalmente aislado del mundo.

Así nos sentimos muchos de nosotros.

Encerrados dentro de nosotros mismos, todas nuestras conexiones con los demás se vuelven tan superficiales como la mínima luz que entraba por la ventana de la celda de Edmundo.

Si caemos en esa espiral descendente, terminamos por resignarnos y asumir que nuestras circunstancias son una cárcel de la cual no podemos escapar.

Pero es en esos momentos en los que realmente se pone a prueba nuestra condición humana.

Aunque nadie nos vea, aunque nadie nos escuche, nuestra obligación es ser resilientes.

Aprender. Avanzar. Superarnos.

Poner un pie frente al otro, una y otra vez.

El problema es que hoy, todo el mundo quiere resultados ya, ya, ya.

Para ayer.

Pero las cosas que realmente valen la pena, requieren tiempo (y mucho esfuerzo).

Por eso es crucial contar con alguien que tenga la experiencia y la disposición para guiarte.

Yo puedo ser ese mentor para ti, en lenguaje corporal; una disciplina que cada vez cobra más importancia pues cada vez la tecnología nos está volviendo menos sensibles a los demás.

Así que es urgente.

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Pero tan sólo desarrollar este conocimiento te convertirá en otra persona.

Así como Edmundo se convirtió en el Conde de Montecristo, y no por las riquezas que consiguió.

Fue una transformación interna que requirió el crisol de la reflexión y el trabajo duro.

Eso es lo que te prometo: transformarte.

Llevarte al siguiente nivel de ti mismo.

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2018-12-13T13:47:23+00:00