Chile  es un país que lucha permanentemente por  la discriminación y dictamina leyes a favor de la igualdad de género y derechos al igual que el resto del mundo. Sin embargo, a veces siento que  nos falta muchísimo por alcanzar hasta los niveles mas básicos de respeto y armonía en pos del bien común. Me refiero al estatus que viene antes de las mínimas normas, aquel que proviene del desarrollo y conocimiento más genuino del ser humano en primera instancia.

Paciente y observante de la realidad que me rodea , estoy cierta que el lenguaje corporal es uno de los síntomas más auténticos y que se convierte en un acusador directo de nuestras propias conductas que muchas veces, tratamos de disfrazar con normas  mal aprendidas, reprimidas o torpemente disociadas, tratando de aparentar ser personas que no somos realmente, para alcanzar un estatus simplemente por inseguridad.

Desde ese punto de vista, al chileno le queda mundo por recorrer, porque se ha expandido mucho, pero se ha desarrollado poco. Conjuga una imagen personal que ha trabajado con escasa metodología, versus una falta de conciencia en su lenguaje corporal que lo llevan a incorporarse a desafiantes escenarios y a veces con tristes resultados.

Como Comunicadora Social y Asesora de Imagen siempre me he relacionado con personas de diversas procedencias y costumbres. El estilo personal del chileno medio, es más bien moreno, de estatura baja y contextura media. A su vez es esquivo y tremendamente machista; en general proyecta una imagen prepotente e insegura. Bastante discriminadora, por cierto… Mi estilo caucásico, creativo y espontáneo de ser y vestirme, muchas veces me ha provocado una distancia natural simplemente por el color de piel claro, ojos “de color” y  cabello rubio. Así de simple. Siempre he sostenido que la discriminación se da para ambos lados de la moneda.

Para mi esto fue evidente cuando trabajé en mi tesis de grado como Comunicadora Social, en un Centro de Rehabilitación Conductual para Adolescentes/Delincuentes. Por tanto, mi trabajo corporal y de especial  empatía tuvo que ser muy intenso para poder acceder a los profesionales a cargo e involucrarme con los jóvenes delincuentes. Al comenzar mi trabajo de investigación, me encontré con numerosos problemas y tenía que establecer las relaciones necesarias para realizar mi estudio y ejecutar mi trabajo. Si bien cuidé de que mi imagen personal fuera austera a extremos prácticamente franciscanos, habían aspectos que no podía ocultar como lo eran “mis ojos azules y cabello rubio”. Como era de esperar, las primeras veces no fui bien recibida y como era de esperar, me trataron prácticamente de “espía”.

Pero al poco andar, fui adquiriendo la conciencia absoluta que mi sonrisa amplia y generosa era  carta ganadora siempre. Logré que vieran eso en mi y desde entonces, nunca jamás me la quité de la cara. Hace que mis facciones se suavicen,  genero la confianza y cercanía necesaria para establecer el contacto personal. Mi sonrisa verdadera fue sin duda, la herramienta que conquistó a los jóvenes y profesionales a cargo del establecimiento  y que me ayudó a obtener los resultados esperados.

En esa misma instancia, también descubrí la fuerza de “tocar al otro”. Si bien estaba trabajando con jóvenes dañados por la sociedad y habitualmente agredidos, lograr el contacto no fue fácil.  Durante muchos meses sostuve entrevistas personales con cada uno de ellos y cuando las relaciones estuvieron más establecidas tomé las precauciones y generalmente les tocaba el brazo o el hombro por algunos segundos mientras conversábamos. De esta manera pude obtener la información necesaria y contundente para desplegar mis hipótesis y plantear las soluciones que creía posibles.

Fue una experiencia muy enriquecedora  ir consolidando estos vínculos de confianza a lo largo  de seis meses, donde a través del lenguaje corporal percibí la profundidad de sus propias vivencias, lo que me permitió articular de manera brillante lo que se convertiría en mi elogiada tesis de grado.

Titulada “La potencia del Líder Positivo en la Rehabilitación Social del grupo” fue galardonada como la mejor de aquella generación de comunicadores Sociales de la Escuela de Comunicación y Publicidad, Mónica Herrera.

Paula Velasco G.

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