“Mamá, quiero ser un perdedor como ese señor de allí”

Al muchacho le sonaban las tripas del hambre, mientras rasgueaba las cuerdas de metal versionando una vieja canción de blues.

La mayoría de las medias luces del recinto le apuntaban. Trataba de animar a su público, quienes no le prestaban atención en lo más mínimo.

Tragó saliva con el estómago vacío y cantó la siguiente estrofa.

Le dolía la cabeza. Seguramente era el azúcar. Pero la cena dependía del espectáculo.

Más allá del dolor físico, le indignaba que nadie del público le tomase en cuenta. ¿De qué servía tener la oportunidad de tocar cada seis o siete días, si no le escuchaban?

Así que en medio de los desvaríos de la baja de glucosa, el muchacho flaquísimo y desgreñado comenzó a improvisar.

“Pon tu cabeza cuadrada de policía,
arriba con las carteras pensadas bajo el río,
llama a tu madre y cántale a la encía,
no salgas leyendo una pizza por el frío”

No tenía sentido. Era un garabato hecho versos.

Pero no había terminado ese compás cuando ya habían dos o tres rostros, confundidos, viéndole. Uno sonreía con extrañeza.

‘Vaya, al menos funciona.’

Lamentablemente, los dueños de los locales no pagaban por ‘extrañezas’, así que después de varios años viviendo en las calles de Nueva York y trabajando por tres o cuatro dólares la hora, el aspirante a músico tuvo que regresar a su ciudad natal, Los Ángeles.

Allí pasó algún tiempo trabajando en cualquier cosa y ofreciéndose a cantar en cuanto local conseguía, así fuese gratis.

Entre su empeño y su testarudez, conoció a Tom Rothrock, quien era dueño de una pequeña disquera independiente.

“Quiero que conozcas a Karl Stephenson. Estoy seguro de que va a llamarle la atención tu estilo”.

Días después, el veinteañero visitaba a Stephenson en su casa, quien le escuchó cantar algunas de sus canciones.

El productor trataba de disimular su lenguaje corporal; pero aunque tenía la boca cerrada, no podía dejar de expresar que su música no le parecía nada del otro mundo.

Sin embargo, decidió sentarse en la sala de mezclas y samplear una de las melodías que el aspirante tocaba con su guitarra; grabó sobre la marcha una pista de batería y la puso en bucle.

“Anda, entra ahí e improvisa algo. No esa porquería que has cantado hasta ahora.”

El músico ni se ofendió. Entró a la cabina, se puso los audífonos y recordó esos momentos en los que había llamado la atención con algo fuera de lo común.

Algo que la gente no se esperaba.

De todas esas improvisaciones a lo largo de años, había estado recopilando las estrofas que más le habían gustado; así que cuando abrió la boca, esto fue lo que salió de ella:

“En la época de los chimpancés, yo era un mono
Butano en mis venas y una boca para ignorar al yonqui
Con los ojos de plástico, pinta con spray los vegetales
Cubículos de frutas de perro con las medias panty de pastel de carne…”

Del otro lado del cristal, Stephenson arrugó la cara pero tenía la boca abierta.

Le hizo señas como “¿Qué rayos es eso?”.

El otro no lo vio. Continuó, medio recordando, medio improvisando, casi en un trance:

“Apaga las luces y ponlo en neutro
Auto tuneado en llamas, con un perdedor en piloto automático
Mi nena está en Reno con la vitamina D
Tengo un par de sofás, duerme en el asiento del amor…”

A Stephenson le causó gracia que no tuviese ningún sentido lo que el muchacho decía, y que al mismo tiempo estuviese tan bien ensamblado con el ritmo de la pista.

Así pasaron un par de horas.

Ambos estaban escuchando las grabaciones, y el chico estaba paralizado de la vergüenza.

“Es horrible. Es literalmente lo peor que he hecho”, decía riéndose nerviosamente. “Lo único que falta es el coro, que diga una y otra vez lo perdedor que soy”.

Dicho esto, comenzó a cantar-tararear un coro en espanglish:

“Soy un perdedor… I’m a loser baby, so why don’t you kill me?” (“Soy un perdedor nena, así que ¿Por qué no me matas?”)

Stephenson solo aguantaba la risa y ensamblaba todo en la mezcla.

Poco más de seis horas después de que cantase la primera estrofa absurda, la canción “Loser” (Perdedor) estaba lista.

“No irás a publicar eso, ¿Verdad?”

La canción vio la luz del día como un sencillo en vinil, con solo 500 copias.

Primero sonaba en las radios de Los Ángeles.

Luego la solicitaron en Seattle.

Luego, en Nueva York.

Un año después, el sencillo había vendido 600.000 copias en Estados Unidos. Llegó a estar en la posición 10 del Billoard top 100 y puso al músico en el mapa, quien era conocido por su primer nombre: Beck.

En una época tan marcada por canciones sobre el amor (“I will always love you” de Whitney Houston, “I’d do anything for love”, de Meatloaf, “What is Love” de Haddaway y pare usted de contar), ‘Loser’ era la mancha de tinta azul oscuro en la camisa blanca, que es imposible dejar de notar.

Lo único que lamenta Beck de la canción es: “Si hubiese sabido que iba a ser escuchada por tanta gente, le hubiese puesto un poco más de empeño”.

Todas las letras que escuchas en el sencillo, son la primera toma. El primer intento.

Sin preparación, sin anestesia.

¿Sería eso lo que disparó su popularidad?

Posiblemente.

Lo que sí podemos aprender con certeza de su experiencia, son dos lecciones:

– No te lamentes porque todo el mundo está haciendo lo mismo, o hay mucha competencia; arriesgarte a hacer lo opuesto a lo que hacen todos es una excelente forma de hacerte escuchar entre la marea de ruido.

– Nunca, nunca, nunca esperes a que las cosas estén ‘perfectas’.

Actúa. Hazlo hoy.

Bastante hemos leído la frase ‘Baila como si nadie te estuviese viendo’.

Pues Beck cantó como si nadie fuese a escucharlo.

¿Contradictorio? tal vez.

Pero la prueba de la persuasión está allí.

El escritor y filósofo inglés G.K. Chesterton dijo una vez: “Le debo mi éxito a haber escuchado con respeto los mejores consejos, para luego hacer exactamente lo contrario”.

Así que si nos vamos por esa lógica, yo te aconsejaría que no te inscribieses en nuestra Certificación en Lenguaje Corporal y Persuasión.

Porque de nada va a valer que aprendas a persuadir, si sigues intentando hacer lo que hace todo el mundo.

Por supuesto, no basta solo con ir contra la corriente; también tienes que tener un plan. Un objetivo. Un propósito.

Si sientes que no avanzas, que los días son todos iguales y tienes un plan que no has materializado, éste es el paso que necesitas.

No lo dudes más. Te espero en el campus virtual,

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

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2018-10-05T06:22:00+00:00

About the autor:

Jesús Enrique Rosas
Director del Knesix Institute. Consultor en Negociación y Lenguaje Corporal. Para conferencias y consultas, contactar a través de Linkedin.