Lo que un día le abrió las puertas se convirtió en su peor obstáculo:

Eva trataba de disimular, forzando una sonrisa.

A su derecha estaba su marido. A su izquierda, el Líder. Al frente de ellos, el italiano y su esposa.

Todos reían como hienas, menos ella.

Ella bajó la mirada y tomó su copa, para disimular. Bebió silenciosamente. La posó de nuevo en la mesa y arrimó la silla un poco hacia atrás.

“Caballeros, ¿Me disculpan un momento? debo ir al tocador.”

“La tienes bien controlada, ¿No, Friedrich? ¡Hasta para ir al baño!”, dijo el del pequeño bigote antes de beberse de un trago el resto de su whisky.

“Tú sabes cómo debe ser”, fue la respuesta.

Ambos volvieron a reír.

Eva, ya alejada de ellos, apretó la mandíbula.

Pasó largo tiempo mirándose en el espejo antes de regresar.

Pero no estaba viéndose, realmente.

Estaba pensando.

Queriendo saber qué hacer. No sabía cómo actuar. No sabía cómo proceder. Quería una respuesta, pero no sabía a quién hacerle la pregunta.

Se sentía encerrada en ese castillo; tanto física, como mental, como espiritualmente.

Casarse con Friedrich no sería el mayor de sus errores, pero su vida era cada vez más miserable.

Ya pensaría en algo. Tenía que volver a la fiesta.

Si tardaba mucho, su marido se enfurecería considerando que sus invitados de honor eran Adolf y Benito.

Tres años y nueve mil kilómetros más tarde, Eva aún trataba de encontrar su propia identidad en Norteamérica; se cambió el nombre y trataba de hacerse una vida nueva.

Un día, en plena Segunda Guerra Mundial, leyó una noticia que le arrugó el corazón: El navío de pasajeros SS Ciudad de Benares, había sido hundido. Transportaba ciudadanos británicos que huían hacia Canadá.

Murieron 80 niños en ese ataque.

La ciencia siembre había sido su verdadera vida; pero para una mujer en esa época, desarrollar su sueño de ser inventora requería un estómago de hierro y un gran aguante para la frustración.

Aún así, decidió que tenía que poner sus conocimientos y su experiencia al servicio de los Aliados.

Unas semanas después, coincidió en una fiesta con el compositor George Antheil. Prácticamente entraron en sintonía de inmediato. Ambos tenían experiencia como inventores.

Ambos querían hacer algo por su país, pero no sabían exactamente qué.

Durante una de esas largas conversaciones que sostuvieron en los días posteriores, decidieron enfocarse en un problema que afectaba a las fuerzas marítimas: Los torpedos, una vez lanzados, no podían ser controlados. Las señales de radio podrían ser interceptadas y alteradas por los alemanes.

Se les ocurrió la solución de crear un dispositivo que transmitiría la señal cambiando de una frecuencia a otra de forma intermitente. A lo largo de 88 frecuencias, como las notas de un piano, los alemanes no sabrían cómo interferirlas.

La patente fue presentada a la Marina en 1942.

¿Sabes cuál fue el impacto que tuvo para el curso de la guerra?

Ninguno, porque fue metida en un archivo casi de inmediato.

No usaron la tecnología sino hasta mediados de los 60s.

No fue porque no fuese útil, o revolucionaria. De hecho, el principio general de su invención fue fundamental aún décadas después para las primeras versiones de la tecnología Bluetooth, CDMA y WI-FI.

Es absurdo pensar que el problema fue el aspecto de Eva.

Un par de años antes, había sido declarada la mujer más hermosa del mundo.

Y solo por eso, nadie la tomó en serio.

Hedwig Eva Kiesler siempre fue inventora.

Literalmente, todo el tiempo estaba creando y construyendo cosas.

Pero también decidió estudiar arte dramático, y era una estrella naciente en Alemania, cuando conoció a Friedrich. Él era inventor y fabricante de armas.

Ella se quedó prendada de su genialidad, pero muy pronto se dio cuenta que su intención era controlarla y tenerla solo para él. Se le presentó un conflicto terrible: por una parte disfrutaba las larguísimas horas en el taller con su marido, creando, descubriendo, construyendo, probando. Pero por otra, él la controlaba en casi todo.

Cuando se dio cuenta de que su matrimonio era una jaula, y además lo que se le venía encima a Europa, huyó a América.

Y cambió su nombre por Hedy Lamarr.

En Hollywood y gracias a su espectacular belleza, consiguió lugar rápidamente. Pero por dentro, sufría porque la consideraban una tonta más.

Durante las producciones cinematográficas, el trailer donde descansaba era literalmente un taller en donde vivía creando y desarrollando prototipos.

Imagina su frustración al crear un dispositivo tan importante, y recibir esa respuesta.

“Señorita, es mejor que venda bonos de la guerra, así nos ayuda más”, le dijeron por encima del hombro.

Su belleza fue fundamental para poder tener solvencia económica, pero al mismo tiempo fue su mayor calvario.

Una de sus citas más famosas:

“Sé por qué las personas nunca llegan a ser ricas: Ponen al dinero primero que al trabajo. Si solo piensas en el trabajo, el dinero fluirá automáticamente. Esto nunca falla”.

A veces, vemos el éxito de los demás y decimos: ¡Vaya, que suerte tiene éste!

Por una parte, es muy probable que no haya sido solo suerte. Ya sabes lo que dicen: del trabajo duro, los trasnochos y las lágrimas, no nos enteramos.

Pero por otra, no sabemos a ciencia cierta qué es lo que esa persona siente, en verdad, sobre lo que hace.

En los años cuarenta, todo el mundo habría pensado que Hedy Lamarr tenía al mundo entero en la palma de su mano.

Pero eso a ella no podía importarle menos.

Lo que realmente quería tener eran unas pinzas y un soldador.

Puede que te pase a ti: Pasas un montón de tiempo encargándote de las relaciones públicas, marketing y ventas de tu negocio.

En vez de estar trabajando en expandirlo, hacerlo crecer, lograr que vaya más rápido, más eficiente y mejor.

Hoy en día y más que nunca, es necesario contar no solo con clientes satisfechos, sino con evangelizadores; los que tan vinculados están emocionalmente con tu servicio, que lo difunden sin que lo pidas.

Pero el servicio, por sí solo, no es capaz de establecer ese lazo emocional.

El lazo emocional lo creas al cautivar al público; al hablarle directamente sintonizado con sus sentimientos. Al identificarle con tu propósito.

Eso no lo logras con imágenes de Instagram o pensamientos cortos en Twitter.

Eso lo logras a través de historias.

Historias como ésta.

Lo sé: no tienes tiempo para crearlas tú mismo; ni hablar.

Allí es donde entramos nosotros, con nuestro servicio de Escritores Fantasma.

Nosotros podemos encargarnos de escribir por tu empresa, y por ti. Con tu voz y con tu estilo; para cautivar y enganchar emocionalmente a tu público.

Así logras lo que te propones, y puedes dedicar tu tiempo a lo que mejor sabes hacer.

Escríbenos para saber más: info@knesix.com

Mucho éxito,

Jesús Enrique Rosas.

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2018-07-31T14:34:58+00:00