La primera lección que todo niño debe aprender sobre persuasión:

A nadie le gusta ir al odontólogo, por distintas razones.

El olor a flúor, las herramientas salidas de una película de Eli Roth… y ese sonido terrible que se te mete en entrañas de las neuronas, si las neuronas tuviesen entrañas.

Pero hoy no voy a hablar de eso.

Hoy voy a hablar de una visita que le hice a mi periodoncista, hace 25 años.

Que es como un odontólogo, pero de las encías. O eso creo.

Lo que no me esperaba es que ese día iba a aprender una de las lecciones de persuasión más importantes y útiles.

En pleno sufrimiento,

En pleno trance,

En pleno deseo que terminara rápido con mi efímera miseria, la doctora hizo una pregunta exquisita:

“¿Y cómo te fue en ese torneo de vieojuegos al que ibas a ir?”

Tuve un brevísimo lapsus.

Prácticamente una pausa cerebral.

El torneo al que ella se refería, había ocurrido hace algunos meses. Ocho o nueve, no recuerdo exactamente.

Fue un segundo después, cuando recordé que la última vez que había venido para una limpieza, le había comentado que estaba próximo a participar en esa contienda.

Esa impresión se me quedó grabada por años.

Esa agradable sensación de saber que te escucharon con atención (Y que recuerdan, y se preocupan por saber qué ocurrió).

Con una simple pregunta.

Y es algo que hasta un niño podría aprender. En realidad, mi recomendación siempre es que a los niños se les enseñen tres lecciones de persuasión, muy sencillas de recordar:

– Recuerda y usa el nombre de la persona: El nombre de cada uno de nosotros es una palabra mágica que despierta nuestra atención automáticamente. El acostumbrarnos a recordar el nombre de todas las personas que nos sea posible (y por supuesto, usarlo siempre que se produzca la oportunidad) es indispensable.

– Recuerda siempre algo, una sola cosa, que a la persona le guste. No importa si es Metallica o coleccionar estampillas. Relaciona su nombre a esa actividad o preferencia, y guárdalo en tu memoria; mientras más personal sea para ellos, mejor.

Puede que en tus manos caigan unas cuantas estampillas con la cara de Lars Ulrich. Ya sabes a quién llamar para saber si las quiere.

– Recuerda algo que la persona vaya a hacer, o quiera hacer en un futuro cercano. Así, la próxima vez que hables con ella, pregúntale cómo le fue.

Así como mi periodoncista, cuya pregunta me dejó un muy buen sabor de boca.

Y no por el flúor.

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2018-04-25T12:21:06+00:00