Huyó toda su vida del conflicto que terminó por alcanzarle:

Las trompetas del batallón resonaron en la planicie verde, cubierta por el cielo gris.

La adrenalina que surcaba por las venas de los soldados desterraba cualquier asomo de duda.

De pronto, del suelo comenzó a resonar un murmullo sordo, que sintieron a través de las botas, por los huesos de las piernas, vibrando en sus pechos acorazados y retumbando en sus tímpanos.

El horizonte cobró vida con ese estruendo, en miles de lanzas que se movían en ritmos diabólicos, indescifrables. El temblor que agitaba la tierra eran los cascos de los caballos que se acercaban a toda velocidad.

El único que se mantenía impasible era un solo hombre a la vanguardia, sin armadura, con su sable en alto. Parecía esculpido por un maestro renacentista, pero no en mármol sino en acero.

Fue entonces cuando los escucharon, por encima del estruendo de los jinetes: Docenas de elefantes blindados, avanzando hacia ellos justo detrás de la cabalgata que se les acercaba vertiginosamente, caminaban con la gravedad de la muerte.

El hombre no se movía.

Todos esperaban la señal; la coalición más insólita de ejércitos, separados por cultura, espacio y tiempo, se habían unido por primera vez poniendo a un lado sus diferencias.

Se encontraron en la misma llanura, en una sola lengua, un solo propósito: su supervivencia.

A pesar del estruendo, a pesar de que el final estaba a solo segundos de ellos, todos escucharon claramente el grito de la figura solitaria. No era un grito civilizado, ni siquiera humano; era un grito primitivo, tribal, que llenó de lava los corazones de todos los invitados a esa última cena.

Con él, miles gritaron al mismo tiempo.

Los caballos estaban a cinco segundos de ellos. Las lanzas, a cuatro.

Y solo entonces, despertaron los rifles alemanes.

Bocanadas de balas derribaban a los caballos por docenas. Los arcos mongoles se tensaron, desencadenando una lluvia de saetas sobre los jinetes persas. Por el flanco derecho, los alfanjes musulmanes chocaban contra las claymore escocesas. La infantería norteamericana avanzaba contra las falanges romanas.

Voces en todos idiomas y acentos, unos reales y otros fingidos, unos improvisados y otros mezclados con alaridos eran la cortina de una de las batallas más épicas que cualquier ser humano podría haber presenciado jamás.

Decenas de voces distintas, provenientes de un solo ser, un semidiós cuyos designios controlaban el destino de miles.

De pronto, el campo de batalla se congeló.

Todos se quedaron inmóviles, tanto si habían muerto en el combate como si estaban en plena lucha por la victoria.

“¡Ah, ya va a empezar!”

El niño se puso de pie de repente y la madera del piso crujió. Varios de los miles de soldaditos de plomo que estaban organizados por todo el piso del ático, se cayeron por la vibración.

Encendió la televisión. Justo comenzaba el programa que esperaba. Cogió la videograbadora y la puso directamente enfrente, apuntando hacia la pantalla; la encendió y se sentó en el piso a un lado.

Así se quedó inmóvil, como los ejércitos congelados en la cruenta batalla que acababa de terminar.

El ático estaba ubicado en la parte más alta de una mansión inmensa. No sabía exactamente cuántas habitaciones tenía, pero sí sabía cuántos empleados trabajaban en ella pues pasaba con ellos la mayor parte del tiempo. Su familia gozaba de una espléndida posición económica, pero eran escasos los momentos que compartía con su padre pues siempre estaba trabajando fuera de casa.

Su madre organizaba toda clase de reuniones, banquetes y eventos relacionados con el trabajo de su marido, por lo que durante toda la semana estaba ocupada.

Él era hijo único; tenía dos medios hermanos que apenas conocía. Cambiaba de amigos prácticamente todos los años, pues se mudaban frecuentemente.

Así que sus mejores amigos, por decirlo así, eran los empleados de la casa. Pero no podía estar todo el tiempo con ellos, pues tenían cosas que hacer.

Su último refugio: El ático con los literalmente miles de soldaditos de plomo, y la televisión.

La televisión en la que veía a sus ídolos.

No eran soldados, ni vaqueros, ni superhéroes.

Eran comediantes.

Le fascinaba ver cómo esos artistas estaban solos, como él, en un escenario; pero a diferencia de las figuras a escala, el público reaccionaba a sus ocurrencias, a sus interpretaciones y a su chispa.

Quizá fue ése el germen de su propósito. Usaba la videograbadora para ver a sus inspiraciones, una y otra vez. Los imitaba, una y otra vez. Realizaba sus propias improvisaciones, una y otra vez; y cuando ya no podía más, volvía a organizar una batalla con sus ejércitos. Nazis contra Hunos, Troyanos contra Apaches. Cada soldado con un nombre, voz y acento propio.

El niño creció y a mediados de los setenta, el mundo del espectáculo conoció su nombre por primera vez: Robin Williams.

Algunos dirían que Williams tuvo una niñez privilegiada. Y sí, nunca le faltó nada, excepto todo el tiempo de sus padres.

De allí desarrolló un fuerte temor a la soledad que le persiguió por toda su vida; el humor fue el antídoto que le permitía rodearse de personas, e influir en ellas casi como con sus soldaditos de plomo (pero con menos conflictos bélicos).

Imagina cómo se sentiría en los últimos años de su vida, cuando la enfermedad neurodegenerativa que lo atacó, le robó poco a poco el humor que le permitía defenderse de esa soledad que lo acechaba en cada esquina.

Ya ves que aún en la suprema abundacia, nos pueden faltar cosas esenciales.

Pero así como Robin lo tenía todo y le hacía falta muchísimo, algunos con muy poco han logrado surgir hasta lo más alto.

Pero para eso, tuvieron que convencer a mucha gente.

Ésa es la habilidad más importante de todas: poder cautivar con tu mensaje.

No importa cuánta experiencia tengas desarrollando esta destreza, yo puedo entrenarte con todas las herramientas de persuasión que necesitas para alcanzar mucho más de lo que te propones.

No tengo reparos en decirte que simplemente soy el mejor en esto.

Así que queda de tu parte escribirme.

Espero tu mensaje – info@knesix.com

Jesús.

2018-07-06T11:10:08+00:00