Mucho se ha escrito acerca del miedo que genera la acción de hablar en público. No es para menos. A lo largo de nuestra vida social hemos acumulado experiencias que desmotivan la participación pública de la palabra hablada. Estas secuencias han creado fantasmas que nos acechan y se alistan para salir recordándonos lo difícil que es pararse frente a las personas y expresar nuestras ideas.

Los compañeros de escuela, por ejemplo, estaban pendientes no de la información sino del mínimo error de nuestras palabras para burlarse o distraernos; hacernos sucumbir en el intento. Si al maestro no le entendían… ¡qué interés académico podían tener del tema que, a duras penas, memorizó el pobre alumno que está frente de ellos, sufriendo y no exponiendo!

Los maestros poco ayudaban; con memorizar la lección y unas láminas de fondo, se daban por bien servidos. Silencios, risas escondidas, miradas y sensaciones corporales que confirmaron desde entonces nuestro miedo al hablar: voz y manos temblorosas, sudoración, taquicardia, falta de aire, etc.

El ejercicio de la exposición escolar se convirtió en una experiencia poco alentadora que alimentó a los fantasmas de la oratoria convirtiéndolos en malos hábitos; los mismos que de adultos seguimos arrastrando porque, de una u otra forma, nos han “ayudado a sobrevivir” a este compromiso.

Ahora el escenario es diferente. Adultos, profesionales que se reúnen en una sala de juntas para exponer los balances o las propuestas, jefes que esperan nuestra participación para confirmar que seguimos siendo una buena inversión laboral, abogados que luchan contra las historias cinematográficas donde los juicios orales lucían la batalla verbal y teatral. En fin, cambiamos de monstruos pero es la misma pesadilla.

El problema es que nuestra realidad va más allá de una baja calificación escolar. Una mala imagen de nuestra habilidad oral puede generar desconfianza en nuestros clientes y colaboradores. Puede exhibirnos como elementos no aptos para representar a nuestra empresa. Lo más grave de todo es la baja autoestima que nos envuelve y orilla a alejarnos de este compromiso social: hablar frente a los demás.

He conocido adultos que inventan pretextos para ausentarse el día de su exposición. Incluso he identificado a personas que, ante la obligación de exponer sus ideas, prefieren ocultar su capacidad laboral y dejar pasar grandes oportunidades. Otros, un tanto más afortunados, ponen en práctica los consejos que han escuchado directa o indirectamente sin saber por qué o para qué.

“En la maestría me aconsejaron mirar por arriba de la cabeza de los asistentes para vencer el miedo de mirar a las personas”, me dijo un abogado. ¿Y cómo se siente usted al aplicar ese consejo? –Peor, ahora le hablo a cabezas borrosas que gesticulan y se mueven…

Una Ingeniera me compartió su angustia: “un coach en liderazgo me recomendó agarrar un bolígrafo o un papel mientras expongo, para controlar mis nervios”. ¿Y ha logrado tranquilizarse? –Un poco, siento que mis manos ya no me traicionan. Dijo, mientras yo me protegía de esa punta amenazante.

Un profesor de matemáticas me explicó que él caminaba por todo el escenario para calmar su ansiedad; fue un consejo que le dieron desde adolescente para vencer el miedo a las exposiciones. ¿Qué opina usted?, me preguntó. Pues que necesitará zapatos cómodos el resto de su vida para caminar las ideas que necesite.

Así, podemos imaginar a un abogado que le habla a nadie en sus juicios orales; a una ingeniera que refresca el aire cuando abanica con sus hojas mientras amenaza con su bolígrafo a modo de arma blanca; y a un profesor que, desde hace 12 años, mira al piso en cada recorrido para tranquilizarse ¡durante toda la clase!

Es decir, el problema no son los consejos que recibieron sino la falta de asesoría ante su verdadera necesidad.

Si nos recomiendan utilizar un descongestionador nasal, podremos respirar esa noche, pero no significa que nos quite la gripe. Y si lo usamos diario sin eliminar el virus, solo estaremos eliminando un síntoma o malestar, pero no la enfermedad.

¿Qué hacer, entonces? Simple. Ir al médico, atacar el virus con el medicamento adecuado y protegernos lo más posible. Lo mismo sucede con las necesidades de comunicación: Acudir con un asesor certificado, comprender el problema y practicar con las nuevas estrategias que nos favorecerán en cada situación.

Por fortuna existen libros, conferencias, cursos y talleres que ofrecen herramientas que mejorarán nuestra habilidad. Todas ellas dan una luz en esta ceguera comunicativa.

Mi trabajo como profesional de la comunicación me ha llevado a ofrecer estas asesorías y confirmo, con gusto, que las personas cambian y mejoran sus habilidades al momento de comprender su lenguaje corporal. De poco servirán los consejos si no identificamos las necesidades verdaderas de la gente, si no se advierte el por qué y para qué.

La lista de anécdotas es larga y favorable… pero también complicada. Comprendamos que las necesidades y habilidades de una persona pueden no funcionar igual que para otras y que, en consecuencia, nuestras asesorías no pueden ser una rutina genérica.

Esto nos confirma que la comunicación, en general, es un proceso viviente que evoluciona y cambia de persona a persona. Que fue la comunicación quien creó al hombre… y no a la inversa.

Como especialista en comunicación confirmo que para hablar en público es de vital importancia tener un mensaje claro, con estructura y objetivos bien dirigidos para evitar que nuestra ponencia tome rumbos innecesarios. Que tener un buen discurso es, apenas, un buen comienzo. Pero que de poco me serviría si no comprendiera la importancia del lenguaje no verbal para reconocernos como seres comunicativos.

Por eso siempre digo: “HABLAR en público es fácil, cualquiera puede hacerlo. El reto verdadero es hacerlo CON ÉXITO y para ello se requiere de práctica y asesoría profesional”.

Por: Carlos Contreras Santillán.