Joel volteó los ojos.

«Papá, ¿De verdad vas a volver a tocar ese tema? Pensé que ya lo había dejado bien claro… ¿Por qué insistes?».

Joel tenía los ojos fijos en las máquinas de edición. Ajustaba el audio de uno de los sermones de su padre, quien era ministro de la Iglesia Cristiana de Lakewood fundada hace unos años en un almacén abandonado.

Su padre solo sonrió y le dijo: «Está bien. Lo entiendo». Le dio un beso y salió del estudio de producción.

Al terminar la universidad hace diecisiete años, el joven había asumido el rol de productor televisivo, encargándose de la difusión de los sermones de la iglesia.

Era feliz trabajando tras bastidores; pero de sus seis hijos, su padre siempre había notado en él algo particular.

Un día, hablándole casualmente, le hizo la propuesta.

«Joel, ¿Qué tal si das tú el sermón de esta semana? estoy seguro de que te iría genial».

Joel no lo creía así.

En realidad, estaba absolutamente seguro de que no sería así.

Había sufrido demasiado en la universidad cada vez que tenía que hacer una presentación. Quedaba totalmente empapado en sudor, casi al borde del colapso por los temblores e indignado por no entender el por qué de ese terror tan profundo a hablar en público.

«No, papá… gracias, pero me gusta ser el productor de las emisiones. Es lo que me gusta hacer… lo otro, lo de hablarle a las personas… quizá no sea lo mío.»

Su padre le sonrió, lentamente. Con todo el cariño del mundo, le puso las manos en los hombros y le dijo: «Está bien. Me gusta que ames lo que haces.»

Joel respiró aliviado, al zafarse en esa primera ocasión.

A veces, tenía que hacer anuncios en voz alta a los feligreses. El solo hecho de leer tres líneas con la cara metida en un papel y totalmente encorvado, le despertaba los síntomas del panico escénico en instantes.

De ninguna manera podría hacerlo.

No.

No lo haría.

A la semana siguiente, su padre volvió a hacerle la pregunta.

«Joel, ¿Sabes de qué va a ser mi sermón esta semana? de esa reflexión que compartimos el otro día… estaba pensando, ¿Y si lo dieras tú mismo?»

Al joven se le hizo un nudo en la garganta.

Amaba a su padre, pero acababa de darse cuenta de que no cesaría en su empeño hasta ser convencido de hablar enfrente de varios cientos de personas.

Imposible.

Su padre ni había terminado la pregunta cuando él empezó a sudar copiosamente.

«Papá, ¿No te lo dije la semana pasada…? no es lo mío, no… no me agrada. En la universidad pasé las de Caín con eso… Lo siento, pero no puedo».

Su padre volvió a sonreír, a abrazarlo y decirle: «De acuerdo. Entiendo».

Pero la misma pregunta se la haría cada semana.

Cada mes, cada año,

durante 17 años.

Con la misma paciencia, con la misma persuasión, con el mismo cariño.

Sin levantar la voz, sin forzar el tema ni discutir.

Casi 900 veces.

Un día, la respuesta de Joel no fue igual a las demás.

«De acuerdo, papá. Voy a hacerlo.»

Su padre trató de reaccionar exactamente igual que siempre, pero no pudo evitar que se le saliera una lágrima mientras lo abrazaba.

«Va a irte de maravilla, hijo. Lo sé».

Joel no dijo nada.

Estaba temblando.

Finalmente, el 17 de enero de 1999, estaba listo para dar su primer (y esperaba que último) sermón.

Quizá si lo hubiese dado poco después de terminar la universidad, habría tenido algo de práctica. Ahora llevaba 17 años oxidado.

Y con nervios renovados.

Pero el día no comenzó como lo esperaba.

Comenzó mucho peor.

Su padre tuvo que ser internado en el hospital por complicaciones renales.

Con más razón aún, tenía que ser él quien diera el sermón.

Pero estaba solo.

Durante el sermón, habló demasiado rápido.

La boca seca, la mandíbula rígida y temblorosa a la vez.

La voz se le quebraba. El pecho le dolía. Se encorvaba sin darse cuenta, y al enderezarse le dolía el espacio entre los hombros que estaba como una piedra.

Odió cada segundo de esa experiencia. La detestó.

Afortunadamente, su padre pudo verlo a través de una televisión en la habitación del hospital.

Más tarde, al verlo, le sonreiría y le abrazaría como lo había hecho a lo largo de todos estos años.

«Estoy orgulloso de ti».

Joel no contestó.

No podía decir nada bueno de la experiencia. Había sido el peor día de su vida.

Pero las cosas no mejorarían esa semana.

Su padre murió seis días después.

Al cumplirse dos semanas del fallecimiento de su padre y con el alma destrozada, Joel se convirtió en el ministro de la Iglesia de Lakewood; la iglesia que inicialmente había contado con 90 feligreses, ahora era una reunión semanal de 5.000.

Sólo tenía la experiencia de ese primer y terrible sermón.

En esa segunda oportunidad, le fue exactamente igual que la anterior.

O peor, pues podía escuchar a la gente decir «Míralo. Nunca podrá ser tan bueno como su padre».

En otras palabras, estaba destinado a pasar la vida tratando de llenar unos zapatos imposiblemente grandes.

Sintiéndose menos, se repitió las mismas palabras durante meses.

«No eres lo suficientemente bueno. No tienes lo que hay que tener. Ellos tienen razón; nunca serás tan bueno como tu padre.»

Pero por honor a su memoria, lo intentó una y otra vez, cada semana, sin falta.

Desarrolló la estrategia de escribir sus sermones con antelación y practicarlos frente al espejo, grabándose y escuchándose, durante más de seis horas antes de pronunciarlo cada domingo.

La práctica le ayudó a refinar sus palabras y perfeccionar su mensaje, pero faltaba algo.

Cambiar su diálogo interno.

El cambio que hizo fue decirse a sí mismo, cada mañana al despertar:

«Puedo hacer cualquier cosa. Soy fuerte. Soy seguro. Voy a cumplir a cabalidad con mi destino. Soy un triunfador, no una víctima.»

Cada día, el mismo mantra.

Cada semana, la misma práctica minuciosa una y otra, y otra vez.

Tuvieron que pasar dos años para que Joel, justo después de dar el sermón de ese domingo, se sintiera distinto.

Se sintiera auténticamente eufórico y emocionado por lo que acababa de hacer.

Era, literalmente, otro hombre.

Éste era su destino.

Solo 10 años después de su traumático debut, Joel Osteen llenó los 50.000 asientos del Yankee Stadium.

«Lo que pensé que sería mi hora más oscura, me lanzó hacia mi destino más brillante», afirmaría en una entrevista poco después.

Porque es así.

Los seres humanos nos forjamos al igual que el metal: En una fragua, al rojo blanco, con golpes que van dándonos forma.

La fragua nos quema,

los golpes nos duelen,

pero no hay otra alternativa.

Si el camino al éxito fuese fácil, la mayoría ya estaría allí.

A veces parece que algunos tienen ‘suerte’, y quisiéramos tenerla también,

Pero al saber cuál fue el precio que tuvieron que pagar… ¿Estamos dispuestos a pagarlo nosotros también?

¿A meternos, decididamente, en la fragua?

Gran pregunta.

Es muy probable que quieras tener éxito; creo que no he conocido a una sola persona que no quiera alcanzar su propio concepto de superación.

Pero puede que no sepas cómo ir al siguiente nivel.

Quizá estás empezando, y no sabes qué camino tomar,

O ya estás bien encaminado y quieres ir más rápido, más alto, más fuerte.

Yo puedo ser tu Coach de Desempeño.

¿Qué te ofrezco? descubrir la alineación entre tus habilidades, tu propósito y tu libertad financiera.

Seguro has oído que «El que no vive para servir, no sirve para vivir».

Pues al mundo no le sirve que pienses y actúes en pequeño.

¿Vas a seguir limitándote, con esa duda que te carcome de poder alcanzar mucho más?

¿Vas a seguir quejándote de que tus talentos no son reconocidos o valorados, o vas a hacer algo al respecto?

¿Vas a seguir dándole vueltas?

Para comenzar, es imprescindible que aprendas a identificar las emociones de los demás… y las tuyas.

Ése es uno de los objetivos de ‘Lenguaje Corporal en 40 Días’.

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Éxito,

Jesús.

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