En esa calurosa noche de agosto se encontraban Wyatt, Water y Andrew en el lobby del Hotel Willard discutiendo sobre qué debería ir en el discurso de mañana.

Sin embargo, ninguno de ellos sería el elegido para darlo; esa responsabilidad caía en una figura que mantenía los dedos cruzados sobre la boca, ambos codos firmes sobre la mesa, escuchando atentamente y asintiendo a cada una de sus sugerencias.

Wyatt se destacaba por ser más pragmático en sus recomendaciones.

«Recuerda no usar esa frase que vienes usando desde Birmingham, tú sabes cuál es».

Walter se mostraba un poco más suave: «Al final, confía en tu espíritu». Confiaba en que el orador generalmente no necesitaba guiones para sus presentaciones; con un par de anotaciones en un papel le bastaba.

Pero esta vez era distinto.

La figura se puso de pie y estrechó la mano de los otros tres; se retiraría a su habitación a escribir el discurso por su cuenta.

Terminó alrededor de las cuatro de la mañana. Andrew tuvo la oportunidad de darle un vistazo al discurso. Se notaba que lo había revisado y corregido furiosamente, pues abundaban palabras y frases tachadas y agregadas tres y hasta cuatro veces.

Se dio cuenta de que la frase a la que hacía alusión Wyatt, no estaba por ningún lado.

El orador solo tuvo oportunidad de dormir unas cuantas horas. Lo despertó la descorazonadora noticia: de la multitud que esperaban, al menos un par de cientos de miles, solo habían 25.000.

No había espacio para desanimarse, así que se sacudió la desagradable sensación y se preparó.

Pero la gente no paraba de llegar al punto de encuentro, y durante toda la mañana y a medida que hablaban quienes le precedían en el evento, el público alcanzó a superar el cuarto de millón de personas.

Entonces le tocó a él.

Aún con el guión en mano, tenía la facultad de adelantarse a la lectura y corregir las frases y palabras para que fuesen espontáneas.

Incluso corrigió en tiempo real algunas que no le gustaban; tal era su destreza al hablar en público.

Pero al llegar al cierre del discurso, hizo una brevísima pausa, apenas perceptible.

Recordaba que no estaba satisfecho con lo que había escrito para el final.

No estaba seguro de cómo cerrar.

Entonces, un ángel terrenal intercedió por él.

A su lado estaba Mahalia Jackson, quizá la cantante de Gospel más grande de todos los tiempos, quien solo tuvo que decirle:

«¡Diles sobre tu sueño, Martin!».

En ese momento, Martin Luther King Jr. recordó aquella frase que Wyatt le había dicho «Que no usara», por ser demasiado ‘cursi y cliché’.

Pero en esa fracción de segundo solo tuvo que ver a la multitud y saber que era la frase que necesitaban.

Así fue como la frase «Yo tengo un sueño», y su autor, pasaron a la historia.

Definitivamente no soy Martin Luther King Jr. ni tengo su experiencia como activista y orador; pero a veces tengo esa sensación de que me repito en algunos temas.

«¿No he dicho esto antes?»

«¿No he escrito una frase así, con anterioridad?»

Si tomas en cuenta las veces que puedes repetir una presentación, o releer un texto que has escrito, puedes tú mismo saturarte de ciertas frases e ideas.

Sin embargo, eso no quiere decir que quienes te escuchan y te leen dejen de necesitar eso que les dices.

De allí que es tan importante el saber identificar cuando una idea, un concepto, una frase crean un impacto tangible en los demás.

Recuerda: Algunas ideas merecen repetirse, una y otra vez. Porque las necesitamos; las necesitas tú y las necesito yo, y todos a quienes nos dirigimos.

Es como hacer ejercicio. No basta con hacerlo una vez al mes.

Todos te lo agradeceremos.

Mucho éxito,

Jesús Enrique Rosas – Director, Knesix Institute


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