Justo allí se encuentra, a nuestra entera disposición, ese misterioso órgano considerado la obra maestra de la evolución, que con sus aproximadamente 1.400   gramos, menos del 2% de nuestro peso corporal, consume alrededor del 30% del oxígeno total disponible para nuestro cuerpo; con 100 mil millones de neuronas cada una capaz de conectarse a su vez con 50 mil otras neuronas, se calcula que hay más interacciones neuronales que estrellas en el universo, sus impulsos viajan a más de 430 kilómetros por hora, el mando central de nuestro sistema nervioso, controlando de forma autónoma gran parte de nuestras funciones vitales, como la respiración, presión sanguínea, temperatura corporal, metabolismo entre otras pasando por nuestras reacciones “instintivas”, así como la gestión de los centros emocionales, la memoria, conducta y funciones denominadas superiores como el razonamiento, capacidad de abstracción, planificación ,la creatividad y  la autoconsciencia hasta llegar a las funciones de vibración más fina como la intuición. 

Un órgano responsable de asegurar nuestra existencia biológica, reproducción, adaptación y relación con nuestro entorno, percepción de la realidad, interpretación y modificación de la misma; que nos permite ser y trascender; existir y contemplar nuestra existencia, un órgano que integra Instinto, Emoción, Consciencia y Supra conciencia, modelando nuestra conducta y generando juicios sobre ella, un órgano tan flexible que nos permite la homeostasis a la vez que descubrimos el universo.

 

Nuestro Cerebro – Un poco de historia.

Nuestro maravilloso e históricamente subestimado cerebro no siempre ha ostentado el rol protagónico y preponderante que hoy posee a los ojos de nuestra propia especie, la importancia otorgada ha sido naturalmente proporcional a nuestro nivel de comprensión sobre el mismo , y este ha ido fluctuando al ritmo de los paradigmas humanos, podría decirse que tradicionalmente la humanidad había relegado a su cerebro a funciones accesorias y complementarias, este “neuro oscurantismo” parece haber  llegado afortunadamente a su fin en nuestra era.

La mayor parte de nuestra existencia hemos tenido una visión cardio-céntrica de nuestra naturaleza, si bien es cierto que los estudios recientes se orientan hacia la existencia de cierta “sabiduría celular” diseminada en cada gen de nuestro cuerpo,  ya en la edad antigua y media nos referíamos al corazón como el centro moral, emocional y espiritual de nuestro ser, atribuyéndole incluso capacidades cognitivas, frases como “Mas Faraón endureció aún esta vez su corazón y no dejo salir al pueblo” Libro de Éxodo (1440 a.c.), asocia la soberbia, expresión básicamente de nuestro sistema límbico cerebral, al corazón ; “El sabio de corazón aceptará mandatos” Proverbios (722 a.c.) denota cierta capacidad de raciocinio causa-efecto , hoy entendida como una función neo – cortical;   “Guarda en tu corazón esta cosa que te digo ” de La Ilíada (Siglo VI a.c.) sugiere una capacidad de memorización más bien relacionada con el hipocampo Cerebral. 

El propio Aristóteles fascinado ante el dinamismo de la sístole y diástole del corazón, su funcionamiento  físico y la naturaleza llamativa y cálida de la sangre que viaja alrededor de todo el cuerpo mediante arterias y venas, asignaba al corazón una gran relevancia mientras que describía al cerebro como un simple e inerte radiador que solo se encargaba de enfriar la sangre; el más reciente término “Materia gris” se utilizó para describir lo que es tal vez el más colorido y oxigenado sistema de nuestro cuerpo,  y así a lo largo de nuestra cultura lingüística, aun en nuestro días, mantenemos una significación metafórica y sentimental en torno al corazón. Tal vez tarden décadas antes de que las neurociencias permeen nuestro imaginario colectivo y frases como “te llevo guardada en mi hipocampo” tengan una connotación romántica.

Muy afortunadamente al igual que la definición de inteligencia, limitada inicialmente al uso de herramientas y los modelos para su medición que obviaban al menos el 50% de nuestras capacidades, el conocimiento acerca de nuestro propio cerebro ha evolucionado exponencialmente en los últimos años. 

 

La “Era Dorada” de nuestro cerebro.

Curiosamente es apenas en las ultimas 4 décadas, un periodo de tiempo relativamente corto en términos de la historia humana, que este increíble órgano se vuelca al estudio de sí mismo generando la mayor parte del conocimiento acerca de su estructura, funciones y de su esencia.

Los aportes de MacLean y Sperry, marcan un punto de inflexión en la comprensión humana del cerebro, siendo este tal vez el punto de partida de la revolución cerebral, la caída del velo interpuesto entre la humanidad y su cerebro.

En 1970 Paul MacLean, neurocientífico norteamericano propone una hipótesis basada en la concepción evolutiva del cerebro, identificando tres subconjuntos, distintos entre sí en cuanto etapas de formación, estructura y química, que sumados conformarían nuestro cerebro. Es así como nace la teoría del CEREBRO TRIUNO, según la cual podríamos imaginar al cerebro como una computadora, a cuyo CPU se añadieron dos capas más de hardware; tres estructuras superpuestas: El Complejo-R, el Sistema Límbico y la Neocorteza, componentes de un todo que integrado es mucho más que la simple suma de sus partes.

 Si bien la teoría de Sperry podría ser hoy en día considerada fragmentista, constituye un modelo de aceptación general para el estudio, y un instrumento de aproximación a la comprensión del cerebro.

Por otra parte, Roger Sperry, biólogo y psicólogo estadounidense merecedor del premio nobel de medicina en 1981 por sus investigaciones sobre los hemisferios cerebrales hace aportes inmensurables a los modelos del estudio cerebral, hasta ese entonces la inteligencia humana era definida como básicamente racional, lineal y lógica, Sperry demuestra la existencia de una inteligencia intuitiva, más holística atribuida al hemisferio derecho y relacionándola con el inconsciente humano, dando así paso a la concepcion del Modelo de Inteligencias Múltiples.  

Joel Leonardo Díaz Polentino

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