Ella nunca imaginó que la solución sería convertirse en otra persona:

James corregía los exámenes de historia, uno a uno.

La clase realizaba una actividad en grupo. Hablaban, discutían, se gastaban bromas para distraerse, reían tan silenciosamente como podían.

Estaba acostumbrado a ese matiz grupal, cuando todo el salón habla al unísono y tienes una mezcla homogénea de voces.

Ahora le tocaba corregir el examen de…

“Mírame, mírame, soy la gallina colorada que pasea por la granja”.

Creía conocer todas las voces de sus alumnas.

Pero ésta era la primera vez que la escuchaba.

¿Cómo era posible? ya les había dado clases por varios meses.

La frase había venido de su derecha, al lado de la ventana. ¿Se asomaría alguien en ese momento a gastar una broma?

Solo veía a Janet, Helen, Emily y Maria, y ninguna de ellas hablaba así.

“Mírame, mírame, soy la gallinita colorada”.

Esa voz otra vez.

En esta oportunidad sí logró ver quién era; era Emily, quien estaba haciendo algún tipo de burla.

Pero no podría ser ella, pues nunca la había escuchado hablar sin tartamudear terriblemente en cada sílaba.

¿Cómo era posible?

Joanna y Oliver no sabían qué pasaba con su hija; hasta los siete años, había hablado perfectamente.

A partir de ese momento, comenzó a presentar un tartamudeo ocasional. Cada dos días. Luego, a diario. Después, cada pocas horas.

A los ocho años prácticamente no podía hablar; una parte porque tartamudeaba en todo momento, y otra porque no quería abrir la boca para no hacer el ridículo.

Imagina su vida en el colegio.

El acoso y burla constante.

Detestaba las vocales; era imposible pronunciarlas sin quedarse atorada en todas y cada una.

Considera el dolor que le producía pronunciar su propio nombre:

“Emily”.

Recibió toda clase de diagnósticos y terapias; todos errados.

“Es una niña demasiado tensa”, afirmaban los especialistas.

Pero se equivocaban.

Ni era tensa, ni ansiosa.

Solo añoraba poder hablar normalmente.

Un día, todo cambió.

O algo así.

“Emily, ¿Puedo hablar contigo un momento?”

Ella no respondió. Solo agitó la cabeza; estaba acostumbrada a no abrir la boca a menos que fuese absolutamente necesario.

“El otro día te escuché en clase bromear con una voz cómica. ¿Lo recuerdas?”

Puso cara como si estaba en problemas.

“No te preocupes. No pasa nada, solo me sorprendió escucharte sin que tartamudearas”.

La niña respiró profundo. Los ojos se le humedecieron.

“A-aa-vece-es, cu-cuand… cuando brom-meo, n-no tartam-mudeo”.

Una sola frase y quedaba exhausta.

“¿Puedes bromear ahora?”

Se secó las lágrimas, respiró profundo y dudando, comenzó a hablar con el acento que usaban sus primos lejanos del norte, haciendo las muecas y gestos que acostumbraban hacer.

Habló casi treinta segundos.

Sin tartamudear.

El profesor sacudió la cabeza. “¡Eso es insólito! cuando bromeas, hablas perfectamente… ¿No te alegra eso?”.

Emily negó en silencio. No creía que ‘hablar bromeando’ fuese ninguna ventaja.

Entonces, a él se le ocurrió una idea descabellada.

“¿Por qué no te apuntas a la obra de teatro del colegio? vamos a interpretar una historia de ciencia ficción y tengo un personaje para ti, con un acento norteño”.

Emily lo vio como si fuese un extraterrestre. Volvió a negar rotundamente con la cabeza.

Pero algo dentro de ella, sepultado bajo el terror y la frustración, le decía que no era una idea tan mala después de todo.

Las lágrimas de Joanna corrían como cataratas sobre su sonrisa.

En el escenario, su hija actuando, Desenvolviéndose como si hubiese nacido para el teatro. Sus gestos, sus palabras, todo fluía espectacularmente.

Nunca tartamudeó.

¿Cómo era posible?

Nadie lo supo entonces, y hasta el sol de hoy, a Emily sigue sin importarle.

Lo cierto es que ese día, a los doce años, ya era otra persona.

Y no porque estuviese actuando.

Emily Blunt ha logrado surgir en un entorno hiper-competitivo con papeles en películas como El Diablo Viste a la Moda y Al Filo del Mañana.

Ella misma se ha hecho la pregunta una y otra vez,

¿Si no hubiese sido tartamuda, habría descubierto mi pasión por la actuación?

Porque la actuación fue la única terapia que funcionó con su tartamudez; de vez en cuando la afección regresa a ‘visitarla’, pero ya no la agobia en absoluto.

Tampoco puede guardarle rencor, pues le ayudó a descubrir su propósito.

El catalizador fue la recomendación más insólita de todas:

“Haz como si fueses otra persona, con otra voz”.

Inexplicablemente, funcionó.

A veces, nuestras circunstancias nos agobian al punto de paralizarnos.

“Soy de esta o cual manera, no tengo esto o aquello”.

¿Pudiese ser que esas dificultades fuesen más bien una bendición?

¿Te lo has preguntado alguna vez?

A veces, es solo cuestión de darle la vuelta a la situación.

De ‘persuadirte’ a ti misma.

De hacerte las preguntas correctas.

Pero para eso, se requiere de una gran sensibilidad, tanto hacia los propios sentimientos, como a las señales que nos envían los demás.

Si te aíslas de ti y de tu entorno, caerás en una espiral difícil de abandonar.

Ni lograrás evaluar tu situación de forma racional, ni lograrás identificar cuando los demás quieren ayudarte sinceramente.

Por ejemplo: una de las características que más influye en tu actitud, es tu postura.

Desde Tony Robbins hasta Mario Alonso Puig, pasando por Amy Cuddy y Jocko Willink, todos están de acuerdo con que tu postura es fundamental para tu ánimo.

Pero no se trata de tener en todo momento una ‘pose heroica’.

No puedes andar todo el día así.

Se trata de ser consciente de tu propio cuerpo.

Ser consciente cuando te encoges de hombros, cuando respiras superficialmente, cuando das la mano sin ánimo.

Hacerte consciente de tu propio cuerpo no es fácil; mucho menos vigilarlo en todo momento.

Pero es la única manera de poder saber qué es exactamente lo que le estás proyectando a los demás, y a ti misma.

Por eso, necesitas un método paso a paso para desarrollar ese autoconocimiento.

Que vaya desde lo más general, hasta tus sentimientos más sutiles y casi invisibles.

“Lenguaje Corporal en 40 Días” es el método que he desarrollado para ti.

Aplicando los ejercicios en cada uno de sus pasos y bajo mi supervisión, lograrás fluir en tu expresión corporal.

Te conocerás por partida triple:

En cuerpo, mente y espíritu.

El proceso dura cuarenta días, el dominio de ti misma, toda una vida.

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Eso sí, tienes que aprovechar la oportunidad.

Yo te guiaré.

Demos este paso; mucho éxito,

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

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2018-11-07T10:53:58+00:00