El sabía perfectamente que su padre le había mentido:

Nada podía superar un atardecer en las Montañas Catskill.

A medio camino entre Nueva York y Albany, la reserva totalmente verde servía de fresco refugio para las familias que escapaban del verano. Madres e hijos se quedaban durante varias semanas, pero el trabajo de los papás no conocía descanso y por eso solo podían reunirse con ellos los fines de semana.

La naturaleza alrededor era infinita; el pequeño Richy recuerda sentirse como un punto mínimo en una inmensidad cubierta de todo tipo de árboles, plantas, insectos; una inmensidad cercana al caos, si no fuese por las largas caminatas con Melville, su padre, que no paraba de explicarle, contarle y narrarle algo, por mínimo que fuese, de cada cosa nueva que veían.

Un día, Richy estaba jugando con un grupo de niños, cerca del lago que le daba nombre a las cabañas donde se quedaban.

En eso, un pájaro se posó en una barda cercana, lo suficientemente lejos como para no sentirse amenazado por los pequeños pillos.

El niño más grande del grupo, de pelo alborotado y regordetes brazos, señaló al ave y le preguntó a Richy:

“¿Sabes cómo se llama ese pájaro?”

Richy vio al ave, que justo en ese instante alzó el vuelo. Se volvió al interrogador y solo le dijo:

“No lo sé”.

“¡Ja, ja! ¡Tu padre no te enseña nada!”, y dicho esto, siguieron jugando.

Otro niño se hubiese sentido ofendido, pero Richy más bien se quedó pensando en lo extraño de la situación:

Su padre sí le había dicho qué pájaro era ése,

pero no importaba.

Días antes, en esas largas caminatas repletas de historias, vieron esa misma especie de ave cantando en una rama cercana.

Su padre hizo silencio y le hizo señas de que pisara con cuidado. Luego le susurró:

“¿Ves ese pájaro? es un Spencer Warbler. En italiano, se llama Chutto Lapittida. En Portugués, es Bom da Peida. En chino es Chung-long-tah, y en japonés es Katano Tekeda.”

Cualquier crío se habría maravillado de tal conocimiento enciclopédico, pero Richy ni se inmutó; y no lo hizo por insensible, sino porque conocía a la perfección el lenguaje corporal de su padre y estaba esperando el verdadero núcleo de lo que tenía que decir acerca del pájaro.

Efectivamente, Melville continuó:

“La cosa es que puedes saberte el nombre de ese pájaro en todos los idiomas del mundo, pero cuando termines, te darás cuenta que sigues sin saber nada sobre él. Lo único que sabrás es que hay personas en cada país que lo llaman de formas distintas… así que mejor veamos al pájaro y prestemos atención a lo que está haciendo; eso es lo que cuenta”.

De esa forma Richy aprendió, desde una muy tierna edad, la absoluta diferencia entre saber el nombre de algo, y saber algo.

Esta anécdota fue representativa de la forma como fue criado: a permanentemente observar, a hacerse la pregunta de ‘¿Por qué?’, a identificar patrones y diseños en la naturaleza y a comprender el funcionamiento de las cosas más mundanas.

En su memoria, recuerda la pregunta del otro niño.

“¿Cómo se llama ese pájaro?”.

La respuesta era casi un koan Zen:

“El nombre del pájaro no importa, lo que importa es qué hace”.

Cuando su padre le dijo el montón de nombres en todos los idiomas, Richy sabía que ninguno de ellos era verdadero.

Pero lo que su padre realmente quería enseñarle era que pensara por sí mismo.

De allí que no le importó desconocer cómo se llamaba el ave.

Si su padre se esforzó por despertarle el interés por la ciencia y la naturaleza, su madre no se quedó atrás. Ya cercano a su muerte, afirmaría:

“Mi madre me enseñó que las formas más elevadas del entendimiento, son la risa y la compasión”.

La forma como Melville educó a su hijo lo estimuló no solo a estudiar ciencias, sino a saber hacer las preguntas correctas y saber cautivar tanto a alumnos como colegas con una forma muy especial de storytelling.

La característica principal es que las historias no necesariamente tenían que ser ‘ciertas’.

Como los mil y un nombres del pájaro.

Pero lejos de confundirle, Melville elegía cuidadosamente cómo narrar cada historia. Los datos reales no aburrían, los inventos no confundían y la enseñanza propuesta surtía efecto.

Cada mensaje llegaba a su destino.

En toda historia debes considerar el factor más importante: mientras el mensaje subyacente sea el correcto, mientras despierte la emoción que buscas e impulse la acción deseada, entonces ha cumplido su cometido.

Su hermana menor, Joan, describe a la perfección como él mismo aprendió a narrar sus propias historias:

“Yo sabía que las historias de Richard no eran totalmente ciertas… pero al mismo tiempo, eran totalmente efectivas, cuando consideras que te ponían a pensar y sentir exactamente lo que él quería”.

Esa chispa se convirtió en una llama legendaria.

Richard Feynman fue uno de los científicos más importantes del siglo XX; ganó el premio Nobel de Física en 1965 y pasó toda su vida no solo trabajando incansablemente en física teórica, sino abogando porque la educación formara mentes abiertas y sobre todo, curiosas.

Cuando leí la historia de Feynman, recordé una pregunta que me hacen a menudo:

“Jesús, ¿Tus historias son 100% verdaderas? ¿De dónde las sacas?”

La respuesta rápida: Son ciertas.

Ocurrieron en la ‘vida real’, si lo quieres llamar así.

Y creo que eso es lo que las hace tan especiales; porque como ficción, quizá serían inverosímiles, en muchos casos.

Mi labor consiste en investigar la anécdota, saber qué ocurrió exactamente y qué no, y presentártelo como una narración.

Cuando me sale bien, te beneficias por partida triple: te distraes con cinco minutos de lectura, aprendes una anécdota de la historia y te regalas un minuto para reflexionar.

Por los comentarios que he recibido, ha funcionado.

Como escribí en la parte de atrás de mi libro: “Estamos hechos de historias”.

Literalmente, nuestra vida es un hermoso trenzado de ellas.

Hoy te doy la oportunidad de estudiar conmigo, en el Posgrado en Storytelling.

Y si has disfrutado con mis historias, querrás que otros disfruten de las tuyas.

Imagínate mañana con la capacidad de cautivar con una narración a un público.

La habilidad de establecer ese lazo emocional.

¿Puedes verlo?

Te digo un secreto: las historias no solo cautivan a los demás.

Tus historias son capaces de cambiarte a ti mismo.

A cambiar tu manera de pensar, sentir, actuar.

Son capaces de modelarte.

Te ofrezco mi mano para ayudarte a subir esta roca.

Una vez que lo hagas, tú dictarás el destino de tus historias… y ellas guiarán el tuyo.

Es tu oportunidad.

Te espero para comenzar,

Jesús.

P.D. ‘El Salero de Churchill’ ya está a la venta en Amazon. Si mis historias te han sido útiles, puedes devolverme el favor con una reseña: https://www.amazon.com/Salero-Churchill-historias-pensar-Spanish-ebook/dp/B07FM7P2CY/

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2018-07-31T14:44:20+00:00