¿Quién era aquella española desconocida ?, ¿De qué podía hablarles en aquella calurosa tarde, cuando lo único que apetecía era tumbarse al fresco bajo los árboles, o dormitar tras los libros, dejando transcurrir la hora hasta el final del día…?

Cuando entré en aquel aula supe que tenía delante el mayor reto de mi carrera profesional. Debía ilusionar, motivar y enseñar a cada uno de los alumnos que allí estaban sentados; había venido de muy lejos para explicarles que la comunicación no verbal no era solo una forma de expresión sin palabras, sino que podía ser la diferencia entre conseguir o no conseguir el futuro trabajo deseado.

De nada valía sus currículums brillantes si no sabían ni estrechar la mano a sus evaluadores; ¡Ah, la mano, cuánto nos dice! Enérgica, blanda, sudorosa, los hay que la aprietan como si no hubiera un mañana y otros en cambio, diríase que se inspiran para estrecharla en la “Dama de las Camelias”, frágil y escurridiza…

Estaba allí también para explicarles la forma en la que podrían abrirse más puertas en su vida, que de su expresión no verbal dependía como llegar a la gente, a su gente y acertar o no acertar en su mensaje… Allí estaban ellos, móvil en mano, algunos apoyaban su cara entre sus manos, otros torcidos sobre su asiento miraban de reojo el reloj, todos, mostraban desinterés hacia la mesa donde mis ayudantes se afanaban por tenerlo todo bajo control, sonreí… estaba segura que el final todo aquello
iba a ser muy diferente.

Cuando fui invitada por la Universidad de San Pedro en República Dominicana a dar unas conferencias a los futuros docentes, alumnos de primer año, supe que el tema debía ser la Comunicación no Verbal; no solo por la importancia que iba a tener para los alumnos en el terreno personal, sino por la extraordinaria oportunidad que tendrían, en un futuro, de poner en práctica lo aprendido con sus aún desconocidos alumnos.

Por delante tenía casi dos horas intensas, había preparado para ellos una presentación en la que apoyar mis palabras, pero solo eran meras imágenes, apenas sin texto, debía ser yo quien les transmitiera el poder que tiene el lenguaje no verbal, esa fascinante forma de comunicación, que nos habla sin decir ni una sola palabra…

Les hablé de la mirada, les dije que en sus vidas nada sería igual después de aquella tarde y, les advertí, que todo tiene un contexto, que una mirada y un picor de ojos no denota en sí mismo una mentira, hay más, mucho más
y debían aprenderlo…

Vi cabecear con gesto aprobatorio a su tutora, les vi enderezarse en su silla, abandonar el móvil en algún lugar de sus mochilas, reír con las dinámicas de juegos que allí hicieron, sin que los jugadores dijeran una sola palabra. También los vi emocionarse cuando descubrían quien decía una mentira, quien decía una verdad, hasta los más reacios a escuchar, apoyados contra
el quicio de la puerta, buscaban una silla y se ofrecían voluntarios para practicar…

¿Quién era esa española que les había prometido que aprenderían un lenguaje que no tenía verbos, ni construcción gramatical, ni acentos, ni ortografía, pero que les permitiría ir al otro lado del Mundo, les abriría puertas y conseguiría sonrisas?.

Los adultos creemos tener, por nuestra larga experiencia, la fórmula del éxito para casi todo lo que un adolescente necesita, les abrumamos con la visión de un futuro que nadie puede predecir, nuestras reglas, nuestra historia, nuestros éxitos y fracasos…

Quería que el recuerdo que les quedara de mi fuera el de quien te regala un libro, sabes que en cada una de las hojas hay, de una manera u otra, parte de la vida de su autor. Ellos tenían delante de si el privilegio y la responsabilidad de ser parte del libro de vida de sus futuros alumnos y, que solo los mejores de todos ellos permanecerían en su recuerdo, les conté que para conseguirlo debían saber expresarse sin palabras, moverse en el aula, entre las sillas, acercándose o alejándose según conviniera, les
expliqué el poder de unas manos abiertas, de una mirada directa, de una sonrisa sincera.

Les pedí ilusión por su trabajo, quizás un día de entre sus manos saliera el futuro premio Nobel de Literatura de su país, quien recordaría emocionado como un profesor le hizo amar la Historia al narrarla con todo su cuerpo como si en el aula se estuviera gestando cada batalla, sin olvidar aquel timbre de voz que le hacía estremecer cada vez, cuando contaba l conquista de Granada “Llora como mujer lo que no supiste defender como un hombre”… o la delicadeza de su voz cuando declamaba poemas románticos de Gustavo Adolfo Bécquer.

Para siempre recordaría la fascinación que sintió por como una misma persona puede ser no una, sino cientos, según sea su mirada…

La tarde fue cayendo y aun sabiendo que todo tiene un final sentí marcharme, les hablé desde el corazón y mis manos así lo reflejaron, paseé mi mirada entre ellos y les despedí agradecida, de ellos recibí una lección sin que hubieran dicho nada, fue con su interés, su postura, su afable y curiosa sonrisa.

Me quedo con todos ellos puestos en pie aplaudiendo, no a mí, sino a lo aprendido, les di el poder y ellos lo tomaron gustosos, ávidos de saber, escucharon, entendieron y agradecieron.

En aquella aula del final del corredor todos hablaron sin decir ni una palabra y yo, salí de allí enmudecida y emocionada.

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