Quienes conocían a Denis, nunca lo habían visto con esa actitud.

Caminaba con el mentón en alto y un dejo de sonrisa; saludaba a todos con ánimo y un ímpetu que parecía competir con su pericia al escribir.

Pero lo que más destacaba era la túnica escarlata que pendía de sus hombros; Combinaba el peso de una tela gruesa con el exquisito brillo que resplandecía a la luz del sol.

Finalmente el filósofo llegó a su casa, colgó la hermosa prenda al lado de la puerta y se recostó en su sillón favorito.

En ese momento, se dio cuenta.

La exquisita tela con decenas de tonos carmín, contrastaba con los colores lúgubres de su vivienda; los muebles viejos y gastados, la mesa del comedor corroída, las sillas de desgastado mimbre se sentirían envidiosas ante la llegada de esa prenda que parecía absorber las pupilas humanas.

Dándose cuenta de tan terrible disonancia, decidió hacer algo al respecto.

En cuestión de días, en medio de la sala yacía una hermosa alfombra de Damasco; compró esculturas de colores claros que hicieran ver su casa más luminosa; reemplazó la mesa del comedor por una de madera de roble, y el mimbre dio paso al cuero.

Por último, un gigantesco espejo hacía ver la sala mucho más grande de lo que era.

Lamentablemente, igual de grandes fueron las cuentas por pagar, producto de ese ‘Extreme Makeover, versión 1765’.

Todo comenzó escasas semanas antes.

Aún cuando Denis tenía el cheque en la mano, no podía creerlo.

1.000 libras esterlinas.

Puede parecer que no era mucho, pero estamos hablando del siglo XVIII: Eran más o menos 50.000 dólares de los actuales. Para alguien que había vivido prácticamente en la pobreza durante cinco décadas, se sintió millonario de la noche a la mañana.

El dinero lo había pagado Caterina la Grande, emperatriz de Rusia, al enterarse que su filósofo favorito estaba en aprietos económicos.

El estatus de ‘influencer’ se debía a ser el cofundador y escritor de una de las enciclopedias más completas de su época. Pero aún con esa fama, su hija estaba próxima a casarse y él no tenía ni un centavo partido por la mitad para la dote.

Así que la emperatriz le ofreció comprarle su biblioteca entera (Pero manteniendo los libros en su casa para cuando ella los necesitara, y él fuese su bibliotecario personal).

Una vez que el tema de la dote de su hija estuvo resuelto, Diderot se fue de compras.

Y lo primero que llamó su atención fue una exquisita túnica escarlata.

Afortunadamente, nuestro estimado filósofo recobró la razón antes de gastarse todo el dinero que había obtenido, no sin antes darse cuenta de que la misma situación por la que él pasó, ocurre con mucha frecuencia: Compramos un objeto, y entramos en una súbita espiral de compras que lo acompañan.

Por ejemplo…

– Compramos un traje, y automáticamente pensamos que nuestros zapatos no están ‘a la altura’ del traje nuevo,

– Ese sofá en la sala que huele a nuevo, hace ver las mesas más ‘antiguas’ de lo que realmente son,

– Adquirimos un aparato electrónico y lo acompañamos de cinco o seis accesorios ‘indispensables’.

A veces, es cuestión de tener algo que deseamos.

Ya sea porque otros lo tienen o porque consideramos que nos lo merecemos.

(Por supuesto, puede darse el caso de que en verdad lo necesitamos).

En ocasiones nuestra decisión es acertada, pero… mira a tu alrededor en este momento.

¿Cuántas de las cosas que te rodean son tan valiosas como te las imaginabas antes de tenerlas?

Ya lo dijo Chuck Palahniuk, parafraseando a otros: “Compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a personas a quienes no les importamos”.

Marie Kondo, quien saltó a la fama con su libro ‘La magia del orden’ (el cual recomiendo ampliamente), resume que en tu casa cada cosa debe tener un por qué.

Nada debería ser superfluo; incluso cada decorado debe tener una intención.

¿Sabes dónde deberíamos comportarnos exactamente de la misma manera?

Dentro de nuestra mente.

Hace escasos 25 años aún era difícil conseguir información de cualquier tipo.

¿Hoy? nos enfrentamos a una hiper-saturación. Es absurdamente fácil llenarnos la mente de información.

Un bombardeo constante, comenzando por las noticias que hacen hasta lo imposible porque les prestemos atención.

Por otra parte, estamos sometidos a una catarata de opiniones a favor y en contra de cualquier tema imaginable.

No es fácil mantener la cordura en un mundo así; pero tampoco podemos aislarnos.

Así como Buda se dio cuenta de que si te retiras a vivir solo en las montañas, es fácil pasar todo el día meditando y tratando de alcanzar la iluminación… hasta que comprendió que el verdadero mérito era alcanzar ese estado en medio de toda la locura que representa nuestra vida en este mundo.

Así que el secreto es comenzar por buscar un orden en este caos; y todo comienza por nuestra comunicación con los demás.

Comienza por quitarnos esa pésima costumbre de no prestar atención cuando nos hablan, sino dedicarnos a pensar en lo que nosotros vamos a decir.

Tenemos que prestar atención de verdad.

A lo que dicen, cómo lo dicen, y su lenguaje no verbal.

Esa comunicación que va más allá de un ‘recetario’ de posturas y gestos.

Esa comunicación que puedes aprender – y certificarte para difundir, con todo nuestro material y asociándote a nuestro Instituto – con nuestro curso ‘Lenguaje Corporal en 40 Días’.

Puedes ver toda la información en este enlace:http://lenguajecorporal40dias.com

Nos vemos en el campus virtual,

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute

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Sí, quiero desarrollar mis habilidades en lenguaje corporal y persuasión a través de emails diarios, así como promociones sobre cursos del tema.