“¡Definitivamente, si no fuese yo, quisiera ser tú!”

Ha llegado el verano.

Este fin de semana, decidiste escapar unas horas para aclarar tu mente. Tanto empeño que te pongo en tu propósito todos los días, ¡Joder!, necesitabas despejarte un poco para mantener tu hacha afilada.

Así que de la manera más improvisada de todas, te encuentras en la playa, en esa hora de la tarde en la que el sol es perfecto. Las olas son la sinfonía ideal para tus pensamientos; el olor del mar calma tus ansiedades y te sientes, como pocas veces, en…

Entonces lo escuchas.

Un helicóptero se perfila en el cielo.

Le restas importancia; debe ser la guardia civil que está patrullando. Pero te fijas que la aeronave comienza a descender, dirigiéndose hacia la playa en la que te encuentras.

Otras personas a tu alrededor lo han notado. Algunos se ponen de pie. Otros, por supuesto, sacan sus móviles para filmarlo.

Luego de breves momentos, el helicóptero toca la arena a unos doscientos metros de donde tú te encuentras.

En el resplandor de la luz que rebota en el fuselaje, ves a varias personas bajar de él; casi todas visten de camuflaje y se les ve fuertemente armadas. Casi todas, excepto una: Un hombre con un traje de neopreno completo, con una tabla de surf a un lado.

Uno de los armados señala en dirección a ti y todos asienten, dirigiéndose a donde estás.

Dos de los militares se mantienen a la vanguardia, dos a los lados del irreconocible surfista y dos más le cubren la retaguardia. Parecen tensos, en contraste con el de la tabla que camina con una mezcla de poder y tranquilidad. Su brazo izquierdo, libre, se mueve de forma algo exagerada al ritmo de su caminar, como si en vez de una tabla de surf cargase un fusil y estuviese en pleno desfile militar.

Entonces le reconoces.

No, no puede ser. ¿Qué…?

“¡Putin! ¡Es Vladimir Putin!”, dice una joven cerca de ti, emocionada mientras se acomoda el bañador; como asegurándose de que esté todo en su sitio. Vuelves a ver al hombre y sí, es el presidente de Rusia.

Ya está a solo cuarenta metros de tí, y definitivamente no va a ninguna otra parte pues te tiene la mirada clavada con una media sonrisa.

En un diálogo interno, te preguntas si no te habrás pasado con los cocteles. Parece un cuadro surrealista.

El surfista está justo enfrente de ti.

Los seis escoltas se despliegan alrededor de ustedes, formando un perímetro. Todo el mundo en la playa tiene la vista clavada en ustedes.

No habías reparado en un hombrecito de corta estatura que venía caminando justo detrás del inquilino principal del Kremlin; rápidamente se pone a su lado y se aclara la garganta. Vladimir, viéndote ya con una sonrisa de oreja a oreja, pronuncia algunas palabras en su idioma natal, gesticulando con emoción.

Por supuesto que no entiendes ni pío.

El hombrecito te ayuda a comprender: “El Presidente dice que como no le ha respondido los emails, ha decidido venir a verle en persona. Está muy emocionado de conocerle. Quiere saber si hay algo, lo que sea, que pueda hacer por usted”.

Tu mirada se intercambia entre el solemne intérprete y el amistoso mandatario. Entonces respondes, con toda calma y seguridad:

“Por supuesto. Puede comenzar por hacerse un poco a un lado, pues me está tapando el sol”.

El hombrecillo se sorprende e indigna a partes iguales, pero de inmediato se aclara la garganta y reproduce el mensaje.

Putin suelta una carcajada. Responde breves palabras, te hace una seña con la cabeza y comienza a correr hacia las olas.

“Dice que definitivamente, si no fuese Vladimir Putin, querría ser usted”.

Te quedas viendo el mar. Putin ya está braceando, acostado sobre la tabla. Quizá buscando si hay tiburones para la cena.

Esta narración ya ocurrió una vez.

Exactamente como te pasó a ti en tu surrealista día de verano, le pasó a Diógenes El Cínico. Tal era la fama de su desparpajo ante cualquier figura de autoridad que era el perfecto ‘contrarian’ de la era antigua. Su renombre llegó a oídos del mismísimo Alejandro Magno, quien se le presentó así nada más, ofreciéndole cualquier favor.

La respuesta fue la misma: Arrímate un poco, hombre; me tapas la luz.

Te escribo esta historia porque quizá te pase igual que a mí: todos tenemos prejuicios con respecto a quienes creemos que ostentan el poder. Podemos verlos inalcanzables, sobrehumanos o con algún don especial; pero a la hora de la verdad, son humanos exactamente como tú y como yo.

Y al igual que nosotros, sin importar qué tan poderosos sean, tienen fortalezas y debilidades únicas.

Puede que en ocasiones nos sintamos intimidados por el poder, el cargo o el renombre de alguien; pero piensa por un momento que ése es un minúsculo porcentaje de su verdadero ser. Solo la imagen que proyecta.

¿Qué habrá detrás de esa imagen? no es un secreto: hay una persona como cualquier otra.

La anécdota de Diógenes y Alejandro Magno nos enseña que sin importar quién tengamos frente a nosotros, podemos ser nosotros mismos.

Esto también tiene relación con el pánico escénico y nuestra búsqueda de aceptación. Le ponemos un peso desproporcionado a cómo nos verán los demás si metemos la pata hablando en público, o llamándoles por teléfono para presentarnos directamente, o simplemente afirmando que somos los mejores en lo que hacemos.

No hay tiempo para sutilezas.

Literalmente, no hay tiempo. Todos tenemos los días contados y lo más desesperante es que no sabemos exactamente cuántos.

¿Vas a seguir esperando a que la alarma suene?

Cuando el tiempo se te haya agotado ya no podrás hacer nada.

Así que es hora de actuar.

Ahora.

Y recuerda, que si se trata de convencer a los demás de lo que tú quieres, de tu negocio, tu producto o servicio, yo soy el indicado para entrenarte.

Descubre a donde puedes llegar, escribiéndome a jrosas@knesix.com

No esperes más; hagámoslo.

Mucho éxito,

Jesús.

Suscríbete y descarga gratis nuestro ebook "100+ Tips de Comunicación No Verbal"

* es requerido
2018-11-05T06:22:56+00:00