No Cometas El Error De Conformarte Con Tu Talento:

El teatro estaba totalmente vacío, salvo tres hombres sentados en la segunda fila.

Uno era Michael Shurleff; le acompañaban el director Arthur Laurents y el Productor David Merrick.

Era el último día de las audiciones para el papel de la Srta. Marlmenstein, un rol secundario en el musical ‘Puedo conseguírselo al por mayor’. Esperaban a una última cantante, recomendada por Shurleff, para hacer la prueba.

Estaban comenzando a impacientarse pues habían pasado quince minutos y no llegaba.

“¿Qué pasará con tu chica, Mike?” Merrick gruñó visiblemente incómodo, con los brazos cruzados y presto para irse en cualquier momento.

Shurleff fue cortante. “No lo sé. Esperémosle unos…”

En ese instante se abrió la puerta al fondo de la sala.

Entró una mujer que más bien parecía una niña, envuelta en un abundante abrigo de piel. El pelo estaba desordenadamente recogido. Caminaba taconeando fuertemente; no pidió disculpas ni saludó.

En realidad, no dijo ni una palabra mientras caminaba hasta el escenario; parecía estar mascando una bola de chicle que haría palidecer a un beisbolista. Cuando pasó al lado de ellos, Laurents se dio cuenta de que llevaba dos zapatos distintos.

Merrick no vio sus zapatos, pero sí su rostro. Susurró para si mismo: “¿Qué es esto? Es demasiado fea”.

Shurleff sonreía, viendo las caras de ellos.

La exageradamente delgada chica, que ni siquiera llegaba a las dos décadas, subió al escenario. Allí se quitó el pesado abrigo; cargaba el vestido de lana más soso que puedas imaginar.

Se plantó en el medio del escenario. Allí, frente a ellos, perturbaba aún más el exagerado movimiento de su mandíbula al masticar; parecía una tira cómica en la vida real.

Comenzó a cantar… y se detuvo.

Hizo un gesto de exasperación. Se dio la vuelta, y acercó un taburete que estaba al fondo del escenario.

Se sentó, y comenzó de nuevo… para volver a detenerse de inmediato.

Tan discreta como pudo, volteó y se sacó lo que Laurents aseguraría que era un chicle del tamaño de una pelota de ping-pong.

Lo pegó debajo del taburete, y por tercera vez, comenzó a cantar.

Escuchar su voz fue marcar un antes y un después.

Era como escuchar la sinfonía misma de la naturaleza, esa música que existía en el universo mucho antes de que existieran los seres humanos. Eran sonidos que llegaban al alma.

Shurleff tenía una sonrisa de oreja a oreja. Laurents y Merrick no supieron cómo reaccionar.

Ni siquiera se dieron cuenta de que tenían la boca abierta.

“Ella tiene talento… qué lástima que es terriblemente fea”.

Ésa fue la frase que más escuchó de su madre, desde que tuvo uso de razón.

Quizá su padre habría opinado distinto, pero murió antes de que ella cumpliese un año.

En el colegio no eran mucho más benévolos:

“¡Cuidado me sacas un ojo con esa nariz, judía bizca!”

Eso sin nombrar la severidad del acné que la agobiaba por fuera.

Por dentro, el tinnitus; ese sonido insoportable dentro de su cabeza que la atormentaba. Para tratar de no escucharlo, se envolvía la cabeza con bufandas.

Seguía escuchándolo, pero no tan fuerte e hiriente como las burlas de todos.

Estuvo sola la mayor parte de su niñez; su madre pasaba todo el día trabajando para poder mantenerse.

Vivieron muchos años al borde de la pobreza. La única muñeca que tuvo fue una botella de agua.

Lo único que tenía de especial en su vida, era su voz; todos en el vecindario le decían que tenía un gran talento.

Pero ella pensaba distinto.

Nadie lo sabía, pero detestaba cantar.

Con toda su alma, con todas sus fuerzas.

Lo odiaba.

Su despertar ocurrió a los catorce años, cuando vio la obra de teatro “El diario de Ana Frank”.

¿Sería identificarse con una niña judía, encerrada entre cuatro paredes que le cercenaban cualquier aspiración?

¿Sería ese deseo de verse libre?

No lo sabía.

Pero había descubierto que lo que más quería en la vida era actuar.

Así que comenzó a invertir todo su tiempo libre en investigar sobre ese mundo que tanto le apasionaba. Leía biografías de actrices de teatro como Eleanora Duse y Sarah Bernhardt; devoraba novelas y obras desde Shakespeare hasta Ibsen; estudió las teorías actorales de Stanislavski y Chéjov.

¿Con respecto al bullying que sufría?

Decidió no esconderse.

Es más, hizo todo lo contrario: se dedicó a llamar la atención a toda costa. Se pintaba los labios de color púrpura, usaba una vibrante sombra azul para sus ojos y se decoloraba el pelo hasta verse rubia platino.

Llegó a desarrollar una coraza impenetrable, para defenderse de absolutamente cualquier crítica. Mientras tanto, su plan de ser actriz tenía un pequeño obstáculo: la feroz competencia del medio.

Tendría que abrirse paso con su voz.

A pesar por su aversión por cantar, entrenaba a diario en los pasillos del edificio donde vivía, tratando de llenar con el sonido cada rincón, cada apartamento, cada alma.

Y en esos rincones con olor a húmedo y pintura descascarada, en los balcones oxidados donde se presentaba a todo pulmón, en las calles grises del vecindario que la vio crecer, nació una convicción, mitad descabellada, mitad en serio:

“Ya que no puedo ser bella… solo me queda ser rica”.

Imaginaba su nombre en las marquesinas de Broadway; las noches de estreno, el público, los aplausos, todos eufóricos con esta chica llamada…

Bárbara.

Pero su nombre le parecía un lugar común.

Nada especial.

Perfectamente olvidable.

Así que le hizo una pequeña modificación para diferenciarlo, que era lo único que le faltaba por hacer para resaltar.

Le arrancó una letra, con premeditación y alevosía.

Cuando su nombre se materializó en los escenarios, nadie podía quitarle la mirada de encima pensando que se trataba de un error.

Hasta ese punto quería llamar la atención.

Barbra Streisand estaba lista para comerse al mundo.

Las reseñas de “Puedo conseguírselo al por mayor” fueron espectaculares; al punto que su interpretación fue grabada y distribuida masivamente.

Menos de un año después, sería la cantante número uno en ventas en los Estados Unidos.

Hoy, es una de las pocas artistas que ostenta el mítico EGOT: Ha ganado al menos un Emmy, un Grammy, un Óscar y un Tony.

Menuda hazaña.

Barbra demostró que uno no ‘triunfa’.

Uno aprende a triunfar. Algo muy distinto.

Ella aprendió a triunfar a pesar de sus dudas, sus miedos, sus limitaciones y la peor lluvia de críticas hirientes.

Al terminar aquella legendaria audición, Barbra se puso de pie, recogió su abrigo y se marchó tan seca como llegó.

Laurents subió al escenario pues tenía curiosidad por ver el tamaño del chicle que la chica había pegado debajo del taburete. Sabía que seguía allí, pues no la había visto recogerlo.

Se sorprendió al voltearlo y mirar debajo.

No había nada.

No había tal chicle.

Todo era una actuación: una actuación encarnando perfectamente el espíritu de la Señorita Marlmenstein.

Recordaría años después esa primera impresión: “Aquí tenías una chica que venía recomendada y tenía una voz extraordinaria; pero no se conformó con tener esas dos tremendas ventajas. Se aseguró de que toda su presencia, desde el momento que entró hasta que se fue, estuviese empapada del papel al cual aspiraba. Eso nos impresionó mucho”.

Ya ves que no se conformó con su talento y sus referencias.

Fue a por más, a por todo; y así mismo dedicó su alma en cada proyecto que se le presentó.

¿Lo das tú absolutamente todo, en cada proyecto que te propones?

¿Te conformas con tu talento o las oportunidades, o vas más allá?

Ésa es la diferencia de quienes marcan la diferencia.

Entiendo que puede ser frustrante el día a día; no poder concentrarte ni siquiera en lo que verdaderamente quieres hacer.

Puede que las urgencias diarias hasta te hagan olvidar lo verdaderamente importante para ti.

Eso que hace que tu alma vibre en una melodía capaz de sonrojar a los ángeles.

Mi pregunta es: ¿Qué es lo que quieres alcanzar?

¿Cómo es esa versión plena de ti mismo?

Y lo más importante,

¿Por qué sigues actuando como si tuvieses todo el tiempo del mundo para materializar ese anhelo?

Mientras has leído la historia de Barbra, has recordado algo: tu verdadera esencia.

Ésa para la cual pones decenas de excusas:

“No tengo tiempo, es estúpido, voy a tardar demasiado, no tengo esto ni aquello.”

Todo empieza por tu mente.

¿Sabes? tu voluntad es la única fuerza que puede darse el lujo de ir a toda velocidad, sin riesgo de sufrir un accidente.

Entonces, ¿Vas a seguir frenándola?

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2018-10-31T14:41:26+00:00