La silueta oscura de la pareja se recortaba al contraluz de la ciudad.

Los techos, usualmente vestidos de un naranja brillante, estaban cubiertos por un grueso maquillaje de gris tierra. Las nubes de la tarde no se decidían entre el malva y el rojo, y todo el ambiente a medio camino entre el bombardeo y la reconstrucción, parecía extrañamente apacible.

Ella sacó un cigarrillo. Él le ofreció fuego antes de sacar uno para sí.

Pasaron largos minutos. Se diría que ambos estarían pensando en la Basílica de San Pedro, pues podían verla con claridad desde la maltrecha terraza.

Sus pensamientos se cruzaban, pero no sobre arquitectura.

Tampoco sobre la guerra, a breves semanas de su fin.

Meditaban sobre una batalla en particular, cuyas escaramuzas ella asomaba a veces.

– Entonces, ¿Hace apenas tres semanas estabas trabajando preparando tragos en un bar de Egipto? llamarías mucho la atención allí.

La frase no llegó a ser una exclamación. Ella no respondió de inmediato; seguía con la mirada perdida. Se quitó el cigarro de la boca y se quedó viendo la suave estela de humo varios segundos antes de sacudir la ceniza.

– Fue divertido. ¿Sabes? me aburro con facilidad. Es uno de los martirios de…

Se quedó viendo el cigarro de nuevo. Era la perfecta analogía de Roma en ese momento: la mitad casi intacta, la mitad desordenadas cenizas de un enfrentamiento salvaje.

– ¿Uno de los martirios de tus privilegios?, completó él.

– Sí Jack. Todo el mundo cree que me conoce. Todo el mundo piensa que soy solo una niña consentida. Por eso viajo, me escondo, trato de hacerme invisible.

Le dio una última aspirada antes de lanzarlo con un chasquido de los dedos. El gesto, aunado a su amplia mandíbula, le daban una apariencia masculina,

– A veces, todo ese dinero es un problema. Pasa todo el tiempo. Por ejemplo, cuando salgo con un hombre unas cuantas veces y él empieza con eso de que me ama… pero ¿Cómo puedo saber si es realmente sincero? ¿Cómo podría estar segura, realmente?

Él asintió, apretando los labios.

– Supongo que los marineros de Egipto no estaban pendientes de tu fortuna.

La mujer, quien era un poco más alta que él, le devolvió una sonrisa triste mientras se quitaba el sombrero y se sacudía los cortos cabellos.

– Vamos. Tenemos que terminar el reportaje. Sabes que nos echarán si no lo enviamos mañana.

La voz sonaba notoriamente grave, aún más viniendo de una mujer que a lo largo de toda su vida no tendría necesidad de trabajar.

En 1925 una niña y su madre heredaban una fortuna de 100 millones de dólares, gracias a las inversiones de su difunto padre en acciones de Lucky Strike, una de las marcas de cigarrillos más famosas de la época.

Instantáneamente, en todo el mundo proliferaron los titulares que rezaban:

“Doris Duke: La niña más rica del mundo”.

Por muchos años intentó llevar una vida ‘normal’, incluso para los estándares de una cuna de oro. Pero en esa situación, es realmente difícil saber a quién otorgarle tu confianza.

A los 27 años, sufrió una experiencia que cambiaría su vida para siempre. Dio a luz a una niña que murió menos de 24 horas después. Además, los médicos le dijeron que no podría volver a quedar embarazada.

Quedó devastada.

Peor aún, nadie sintió compasión por ella; suponían que una mujer rica podría superar cualquier cosa, incluso eso.

Y aunque algunas personas le ofrecieron apoyarla después de esa experiencia, ¿Cómo podría saber si sus intenciones eran legítimas?

En ese momento decidió desaparecer un tiempo, incluso aceptando trabajos como bartender en África por un dólar al mes, o corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero no dejó a un lado los negocios: terminó multiplicando su herencia decenas de veces… y finalmente la donó prácticamente toda a una fundación benéfica.

Doris Duke tuvo todo lo que pudo desear, menos lo que realmente quería:

Sinceridad.

La tranquilidad de saber que quien se acercaba a ella, no lo hacía por interés.

Y la única razón era la astronómica suma de dinero que todos sabían que tenía.

Ahora, podemos hacer una analogía muy importante con esta ‘ventaja desventajosa’.

Quizá nosotros no tenemos sumas de dinero astronómicas,

ni estamos tan preocupados por el posible ‘interés’ de los demás,

Pero puede que igual que ella, tengamos un lastre que nos impide avanzar.

Te doy un ejemplo, que veo con mucha frecuencia en mis consultas: profesionales que han desarrollado una carrera a lo largo de varios años de estudios y experiencia, y cuando se acercan a los 40 sienten que están exhaustos.

De hecho, puede ocurrir mucho antes.

En ese momento, les asalta el estigma de que ‘es demasiado tarde como para volver a empezar, o aprender algo nuevo’

El caso es que su carrera y su experiencia debería ser un peldaño para subir al siguiente; pero por el contrario, sienten que le han dedicado tanto tiempo que sería una locura cambiar de rumbo.

Es como un gran peso que casi los ahoga.

Lo que debería ser una ventaja, se siente como una desventaja.

El historiador Yuval Noah Harari, en su reciente libro ’21 lecciones para el siglo XXI’, expone un fenómeno al cual ya nos estamos enfrentando:

Tenemos que reinventarnos cada cierto número de años.

Personalmente, ya cometí el error una vez de no estar atento a estos ciclos de renovación.

(¡No salió nada bien!)

Doris Duke buscaba siempre reinventarse a sí misma.

Nosotros deberíamos hacer lo mismo, aunque nuestra motivación sea distinta.

Nuestro bagaje profesional, nuestros conocimientos y nuestra experiencia es una fuerte riqueza que hemos acumulado a lo largo de muchos años.

Pero así como Doris se aventuró en más de un mundo en el que su dinero no tuviese ningún significado, nosotros debemos seguir progresando hacia nuevas áreas en las que nuestro conocimiento actual sea insuficiente.

En pocas palabras, obligarnos a nosotros mismos a aprender.

Por supuesto, no hablo de estudiar una nueva carrera pues muy pocos tienen la oportunidad de hacer una pausa de cuatro años en su vida, así nada más.

(Seguramente Doris podría haberlo hecho).

Quizá en tu experiencia profesional, hayas notado que existe un gran vacío en lo que se refiere a comunicación interpersonal, inteligencia emocional y otras habilidades mal llamadas ‘blandas’.

Mientras más pasaban los años, más te preguntabas “¿Cómo la gente no se da cuenta de que comunicándose un poco mejor, pueden resolver sus problemas más fácilmente?”.

Seguramente lo pensarías en tu trabajo, o con tu familia.

De hecho, esa pregunta es aplicable a cualquier escenario.

¿Sabes qué es lo peligroso? que mientras más conectados estamos digitalmente, más nos separamos unos de otros, solo porque la inmediatez de nuestros enlaces los ha vuelto cada vez más superficiales.

Esto tiene un impacto directo en nuestra salud mental.

Por eso, tantos profesionales al acercarse a los 40 comienzan a interesarse por desarrollar estas habilidades; no solo para sí mismos, sino para compartirlas con quienes les rodean.

Es una tendencia marcada y de allí el auge del Coaching y la PNL.

Desafortunadamente esta tendencia no ha surgido lo suficientemente rápido, y existe mucha desinformación al respecto.

Por mi parte, ésta es una de las razones por las que desarrollé ‘Lenguaje Corporal en 40 Días’, mi programa online para desarrollar tu lenguaje corporal y certificarte para impartir nuestros talleres presenciales en este tema.

Es el primer paso para acceder a nuestra suite completa de herramientas de comportamiento y comunicación humana, tan importantes hoy.

Tú eres testigo presencial de esa necesidad.

Y de su urgencia.

Puedes acceder a toda la información en este enlace: http://lenguajecorporal40dias.com

Y cualquier pregunta que tengas, solo tienes que escribirme.

Reflexiona sobre esto, y hablemos.

Mucho éxito,

Jesús Enrique Rosas
Director – Knesix Institute