Cómo atravesar la máscara de hipocresía que te muestran los demás:

Jean-Auguste detestaba el palacio.

Su rey le había ordenado que se mudase con su familia a Versalles; era parte de su estrategia de tener a todos sus nobles cerca. París se había vuelto muy peligrosa y allí podrían estar todos a salvo.

Pero para Jean-Auguste, era una cercanía agobiante.

Los otros cientos de cortesanos que tenían que hacer una incómoda vida allí, a trece kilómetros de la capital, tampoco estaban tan contentos que digamos.

En esas interacciones diarias, todos se sentían observados. Desde que abrían los ojos por la mañana hasta que caían exhaustos por la noche.

Y no era en vano.

En los pasillos se discutían conspiraciones, estratagemas, maquiavelismos, todo con el fin de reorganizar constantemente la estructura del poder de la Francia del siglo XVII.

Era agobiante.

Imagina convivir con cientos de personas en el mismo recinto, sin poder confiar en una sola de ellas.

Se encontraba cavilando en estos pensamientos, caminando por uno de los pasillos del ala norte, creyéndose a solas cuando…

“¡Jean-Auguste! ¡Qué casualidad encontrarnos por acá… justo pensaba en ti!”.

El corazón de Jean-Auguste casi le rompe las costillas.

El Rey Sol lo saludaba, alegremente.

¿De dónde había salido?

Hasta un par de cortesanos estaban detrás de él. A pesar de tener el intrincado atuendo propio de un monarca, tenía la habilidad de moverse como un gato.

“Alteza… ¿Cómo… ¿Cómo está usted? ¡Qué gusto verlo!”. El gentil hizo una breve reverencia. “¿Qué desea conversar conmigo?”.

El otro aspiró profundo como para comenzar a hablar, y se quedó mirándolo con la boca abierta un par de segundos. Entornó los ojos y la mueca se convirtió lentamente en una sonrisa macabra.

“Sabes… Jean-Auguste, ¡Ja!, lo he olvidado. Pero ten por seguro que cuando lo recuerde, te llamaré”.

El rey siguió su camino sin esperar respuesta, tan sigilosamente como había llegado. Los cortesanos le siguieron sin hacer ruido.

Cuando Jean-Auguste ya no podía ver su rostro, la sonrisa macabra se convirtió inmediatamente en una seriedad feroz.

Y cuando estaba seguro de que nadie podía escucharle…

“Michel”.

“Sí, su alteza”.

“Ordene que expulsen a Jean-Auguste de Palacio. Inmediatamente”.

“Como usted lo ordena, así se hará”.

Luis XIV fue uno de los monarcas más sagaces de la historia.

Centralizó todo el poder del estado en sí mismo, creyéndose escogido por Dios para la tarea.

Pero a pesar de desplegar esa ilusión de grandeza construyendo el Palacio de Versalles y las innumerables fortificaciones que defendían su expansión territorial, sabía que las intrigas de palacio serían capaces de acabar con todo si las dejaba prosperar.

De allí que permanentemente ponía a prueba la reacción de nobles, cortesanos y todo aquel que tuviese contacto con él.

Todos, por supuesto, le saludaban y sonreían; él se encargaba de aparecer de improvisto, provocarles con frases absurdas o interrumpiéndoles, prestando mucha atención a la reacción que producía.

¿Había algún cambio en su tono de voz?

¿El semblante del sorprendido permanecía sereno, a pesar de la sorpresa?

¿Qué proyectaban sus ojos cuando comenzaban a adularlo?

Día tras día y durante más de 50 años de reinado, se dedicó a ‘fumigar’ su residencia realizando estos análisis una y otra vez.

Cada vez con más discreción e inclemencia.

¿Sería ese su secreto para ostentar el poder durante tantos años?

Posiblemente.

Sus análisis se centraban en dos características de la expresión no verbal humana:

Agrado y Desagrado.

Todos, a lo largo de nuestras interacciones diarias, ofrecemos al mundo una mezcla de los dos. Lo hacemos con nuestras palabras, cuerpo, tono de voz y gestos.

Y así como tú lo revelas a los demás sin poder evitarlo, lo mismo ocurre de ellos hacia ti.

Mientras ellos no sepan como detectarlo… no habrá problema.

Tus secretos estarán a salvo.

Pero hay muchos allá afuera que ya son capaces de hacerlo.

Capaces de detectar tus intenciones; quizá porque lo hayan estudiado, o porque lo hacen de forma natural.

Y no puedes saber lo que podrían hacer con esa información.

Por eso, necesitas dos cosas: Aprender a controlar tu propio lenguaje corporal, e interpretar el de ellos.

Pero no es suficiente con saber ‘leer’.

Para poder detectar el agrado o desagrado de los demás, es necesario estar atento a sus más mínimas reacciones.

Pero las máscaras que usan son muy, muy persistentes; además, las llevan puestas el 95% del tiempo.

Ese 5%, ese minúsculo instante en el que los demás muestran sus verdaderas intenciones, no es a propósito; ocurre solo por una reacción a un estímulo externo.

Por eso, no es lógico que estés viéndole la cara a los demás fijamente, esperando a ver si en algún momento surge ‘algo’ que te pueda dar una pista de sus intenciones.

Antes de observar, debes provocar.

Debes disparar una emoción; una reacción en ellos, que levante esa máscara por uno o dos segundos.

Es todo lo que necesitas.

(Solo por pocos días) Descarga gratis "100+ Tips de Comunicación No Verbal"

* es requerido

Sí, quiero desarrollar mis habilidades en lenguaje corporal y persuasión a través de emails diarios, así como promociones sobre cursos del tema.

2018-12-04T12:29:32+00:00