André esperaba en el lobby, junto a sus cuatro colegas.

Siendo un recién llegado a la industria de los desguazaderos en el París de los años 20, era la primera vez que lo invitaban a una reunión de negocios.

Por la forma como todos miraban el lujo a su alrededor, notó que celebrarla en el Hotel de Crillon no era algo de todos los días.

Un botones los condujo a una lujosa suite, en un piso lo suficientemente alto como para ver gran parte de la ciudad.

Y al centro de la panorámica, la razón por la que todos estaban allí: La Torre Eiffel.

Venían a decidir quién se quedaría con ella.

El funcionario que los recibió era un hombre extremadamente elegante y educado. Su francés tenía un acento que André no lograba identificar; aparte de eso, lo único fuera de lugar era una cicatriz del lado izquierdo de la cara.

«Messieurs, gracias por asistir tan puntualmente a esta reunión. Supongo que han leído con detenimiento la carta que les ha enviado la junta; aún así, les resumo brevemente la situación».

En la carta que cada uno había recibido, se exponían los planes de la ciudad de desmantelar la Torre Eiffel; precisamente lo que se públicamente se había planificado cuando fue creada.  Actualmente estaba muy deteriorada por falta de mantenimiento y presupuesto.

De hecho, gran parte de los parisinos estaba harto de aquella estructura que desentonaba totalmente con el resto de la arquitectura de la ciudad.

Uno de los detalles que el gobierno tenía que decidir, era quién se encargaría de tal cantidad de metal una vez desarmada.

La reunión a la que habían asistido era alto secreto, pues la decisión de desmantelar la torre tendría grandes repercusiones en la opinión pública, así que tenían que mantener un perfil bajo.

El funcionario notó que de los cinco empresarios, André se mostraba especialmente interesado. Se frotaba las manos, se rascaba la nariz y estaba sentado en la silla inclinado hacia adelante.

Andre recibió una comunicación pocos días después. Aparentemente, se le había otorgado la licitación para hacerse cargo de los despojos metálicos de aquella mole que apuntaba al cielo.

Pero debía reunirse nuevamente con el funcionario.

Parte del proceso burocrático, se imaginó.

Durante esa reunión, en donde efectivamente se confirmaba a su desguazadero como protagonista, el funcionario le habló, con cierto tono de preocupación:

«Verá Sr. Poisson… así como no hay presupuesto para hacerle mantenimiento a la torre y está en ese estado, igualmente no nos han subido el salario en meses… y usted sabe cómo están el costo de la vida hoy… ¿Usted tiene familia?

André entendió que el hombre le estaba pidiendo un soborno.

Pero, tan educado había sido hasta ese momento y bajo la perspectiva de hacerse con un millón de francos en metal, no dudó en ‘engrasarle’ la mano como es debido.

Así que una semana después extendió dos cheques,

Uno por cien mil francos, que le aseguraría un retorno de 1000 por ciento,

Y otro por diez mil, para el funcionario.

La única que estaba preocupada y desconfiaba de todo eso, era su esposa.

«¿Cómo sabes que todo es legítimo y no es una estafa? ¡Es demasiado dinero!»

A lo que André respondió, con mucha lógica:

«Tiene que ser cierto. La ciudad ha querido deshacerse de la torre por años. Mira el estado en que está. Además, ¿Si fuese un estafador, acaso iba a pedirme un soborno? ¡Eso solo prueba que es un funcionario legítimo!».

Ella aceptó a regañadientes.

Menos de 24 horas después, el funcionario llegaba en tren a Austria.

(Y por supuesto, no era ningún funcionario).

Se trataba de Víctor Lustig, uno de los estafadores más grandes de todos los tiempos.

Lustig estuvo pendiente de los titulares de los periódicos franceses durante varias semanas. Ni asomo de denuncias o noticias al respecto.

Llegó a la conclusión de que Poisson no había levantado cargos para evitarse la vergüenza de que se supiese cómo lo habían estafado.

Así que, después de vivir algunos meses con todos los lujos que quería, Víctor hizo (lo opuesto) a cualquier hombre medianamente sensato:

Regresar a París a repetir la estafa otra vez.

Lustig tenía una asombrosa capacidad para convencer a la gente de hacer lo que él quería.

Incluso, llegó a convencer a Al Capone de invertir 50.000 dólares en un ‘negocio’.

Negocio que en realidad, no existía.

Dos meses después, fue donde el mafioso a devolverle los 50.000. No los había tocado; le dijo que lo lamentaba, pero que el negocio no había prosperado. Era un hombre de palabra y por eso le devolvía su dinero.

Capone, cautivado por la honestidad de aquel caballero, incluso le dio 1000 dólares de propina.

¿Qué ganó Lustig con eso? nada, pero la historia se regó por todos lados y le dio una reputación instantánea en los bajos fondos.

Con esa reputación recién ganada, logró hacer muchas cosas.

(Ninguna de ellas positiva, por supuesto).

Lustig tenía un ‘Decálogo del Estafador’, una serie de reglas por las que vivía, y usaba para poder encantar a sus víctimas. Tres de ellas son:

– Escucha siempre con atención, y nunca muestres aburrimiento.
– Deja que el otro exprese su opinión política y religiosa; sé cortés y no entres en polémica.
– Nunca hagas alarde de nada; deja que tu actitud refleje tu importancia.

Asombrosamente, estas ‘reglas’ parecen muy sensatas.

Hasta parecen cosas que nos enseñarían nuestros padres y abuelos.

(Y no es que quieran que nos dediquemos a urdir estafas maestras).

Esto demuestra que los principios de la persuasión, son los mismos para prácticamente cualquier ámbito. Como por ejemplo, la ingeniería social; cuando todo el sistema informático de una empresa está blindado, y las personas terminan siendo el punto débil de esa coraza.

¿Sabes cómo puedes defenderte de ese tipo de ataques sutiles? aprendiendo a detectar microexpresiones; las señales que los demás revelan con su rostro y demuestran sus verdaderas intenciones.

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